Opinión

Castillo, ¿campeón sin corona?

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2 de 8 cuerpos presentan impacto de bala policial

Alfredo Castillo estaba cansado desde hace tiempo. Su capacidad de maniobra se había erosionado. Los violentos hechos de Apatzingán del 6 de enero resumen su gestión como comisionado para la seguridad de Michoacán: aunque se hizo mucho y ya no había enfrentamientos como el de ese Día de Reyes, mucho resta aún por hacerse para dar a ese estado una paz duradera.

El logro mayor del comisionado Castillo es, hay que repetirlo, el de un policía-bombero. Pudo evitar que el polvorín michoacano estallara por los cielos, desactivó una bomba que hace 11 meses parecía destina inevitablemente a explotar.

Su decisión más cuestionable fue ceder a la tentación de ir por Servando Gómez La Tuta a toda costa, incluso si para ello tenía que aliarse con el grupo llamado Los Viagras. Los nueve muertos de principios de año desvelaron el telón de una pésima idea: los consentidos no dudaron en atacar la mano que antes les consintió.

Pero en el drama michoacano no hay ángeles ni demonios puros. No se podrá hacer un balance de lo realizado por Castillo en un año y una semana que duró su gestión, sin tomar en cuenta que llegó a un territorio donde la vida se había torcido desde más de una década.

Castillo sobrevivirá políticamente a su paso por Michoacán. Quizá con el correr del tiempo se ponderen mejor sus aciertos, y se limen los filos de sus errores. O quizá luego surjan cadáveres en ese clóset que fueron las operaciones de Los Viagras. ¿Cómo saberlo?

Lo que es cierto es que la salida de Castillo supone un reto mayor para los michoacanos. Les toca decidir su futuro, acordar la ruta inmediata. Tendrán que demostrar que son una sociedad lista para enfrentar los retos sin necesidad de utilizar muletas, sin comisionados, sin tutelajes.

El rector que un día amaneció ungido como gobernador debe demostrar que es algo más que un buen hombre. Le toca mandar y obedecer el mandato popular. Su curva de aprendizaje fue patrocinada, literalmente, por el gobierno federal. Ahora es su turno.

Y junto con Salvador Jara deben dar un paso al frente los empresarios y otros líderes de Michoacán. Porque el riesgo inmediato es que Alfredo Castillo llegó con los suyos, hombres y mujeres que lo han seguido en varias aventuras. Ese escuadrón llegó en cuestión de días a sumarse a la causa de su líder. Suyo era el procurador, suyo el secretario de Seguridad. Suyos casi un centenar de funcionarios más. Ese castillo provisional, indefectiblemente, se comenzará a venir abajo en las próximas semanas.

Ahora los michoacanos, que visitaron a protagonistas de la Mesa de Ciudad Juárez para tomar apuntes sobre cómo hicieron los juarenses para tomar en sus manos parte de la pacificación de su comunidad, deben mostrar que están dispuestos a pagar los costos. Costos en todos los sentidos. Económicos y humanos.

Por su parte, toca a los partidos políticos no interferir con sus mezquindades y ambiciones en la agenda de la paz. Ojalá puedan evitarlo a pesar del proceso electoral.

Un tanto triunfalista, Castillo dijo adiós con un informe de gobierno. No haber detenido a La Tuta resultará irrelevante si se comprueba, en el tiempo, que la red de ese criminal está desarticulada y que nadie puede retomar la estructura de ese asesino.

Alfredo Castillo cree en las metáforas deportivas. Él quería, se lo dijo a Nexos hace poco, que su adiós michoacano fuera cobijado con la frase “Sí se pudo”. Es demasiado pronto para sacar una conclusión como esa. Hoy ni siquiera sabemos si es al menos un campeón sin corona.

Twitter: @SalCamarena

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