Opinión

Casas y gobernantes, lección no aprendida

En el gobierno de Enrique Peña Nieto están a tiempo de releer Mis Tiempos, de José López Portillo. Si así lo hacen, el presidente y su secretario de Hacienda entenderán, quizá, que aunque fuera legal, no está bien; que aunque surja de una cultura priista, el aceptar favores despierta sospechas e indignación. Si leen esas memorias entenderán, quizá, que no son los primeros con desprendidos amigos en la iniciativa privada. Entenderán, quizá, que dejarse ir con la tentación se paga con hondo y añoso desprestigio.

Aquí extractos de lo escrito por Jolopo:
“21 de diciembre de 1981: El sindicato de petroleros empeñados en regalarme el rancho de Tenancingo y, como no lo quise, ahora me quieren regalar una casa en Acapulco. Preciosa, por cierto. Sería una sangronada negarme”.

“27 de febrero de 1982: Todo lo que viene de aquí a mayo será el manejo difícil de la crisis, sin quedar bien con nadie y con la conciencia de que he caído en tentaciones (casa en Acapulco, casa para mis hijos y para mí), ¿tengo o no derecho a ello? Esa es mi pregunta para sentirme con autoridad moral o sin ella. (…) Creo que me he aprovechado de las ventajas, pero no he sinvergüenceado. Ni contratos, concesiones, licencias, privilegios, beneficios, especulaciones. He admitido regalos sin que se asocien con algo que tenga o no que hacer. Pero es malo. No me siento con autoridad moral...”.

Sobre este apunte, al editar sus memorias, López Portillo explicaría las facilidades que aceptó para la adquisición y construcción de lo que él mismo llama “las casas, famosas casas”, las que edificaría para él y su prole, las que habitarían tras su paso por Los Pinos.

“Sólo se trata del derecho a tener casas en una sociedad en donde todos los que pueden, las tienen, lo que, claro, entraña un cargo de injusticia para esa sociedad en la que muchos viven en casas miserables. Pero como la ley y el sistema lo permiten, no hay ilegalidad sino injusticia social, que no se remedia si uno renuncia a su casa…

“Se buscó un terreno de dimensiones y características adecuadas y, después de buscar cierto tiempo, se encontró en Cuajimalpa, en una loma (…) propiedad del fraccionamiento Bosques de las Lomas, cuyo principal accionista es el señor Manuel Senderos. Se le fue a ver y ofreció el terreno, suficientemente grande (…) 110 mil metros cuadrados. (…) El señor Senderos no quiso hacer negocio con la familia del presidente. Eso suele ocurrir y no es extraño. Nos dio el terreno a precio de adquisición, 17 millones de pesos, que el fraccionamiento hizo, a su vez, de propietarios particulares. (…) Barato. Pagamos el precio. (…) Se trataba, simplemente, de construir una casa para cada familia. Cada una con sus recursos y su crédito.

“El profesor Hank, que como jefe del Departamento del Distrito Federal se había enterado del proyecto, generosamente nos ofreció el crédito en las condiciones planteadas. (…) El profesor no aceptó que formalizáramos el préstamo ni la garantía. Se lo debemos.

“El escándalo se dio por eso, por el escándalo (…) porque, aunque inicié las obras en la época de auge para todos, se terminó cuando la economía estaba deteriorada y la sociedad muy irritada con quien consideraba responsable de los males, mientras éste gozaba de bienes. Eso se llama escándalo.

“Era, aquí y en el extranjero, como la prueba objetiva de la corrupción: ‘Las casas del presidente. ¡Míralas, ahí están!’”.

Las casas, famosas casas. ¿Cualquier parecido con la actualidad, es mera coincidencia?

Todas las citas provienen de Mis Tiempos, José López Portillo, Fernández Editores. 1988.

Twitter: @SalCamarena