Opinión

Casa blanca, casa negra

Gil leyó con los ojos de plato la noticia de la “Casa Blanca”, la edificación que mandó construir en las Lomas de Chapultepec Angélica Rivera, esposa del presidente Peña Nieto. Según la investigación de Carmen Aristegui y la noticia de su periódico Reforma, la casa tiene un valor de 86 millones de pesos. La dueña del inmueble es una empresa del grupo Higa, una de las principales contratistas del Estado de México y parte del grupo que había ganado la licitación del tren México-Querétaro.

La lectora y el lector lo saben, Gil siempre consideró que su amplísimo estudio tenía dimensiones muy respetables. Pues bien, el amplísimo estudio es una molécula puesta en alguna de las estancias de la “Casa Blanca”. Caracho. Si el lobby del Hotel Presidente fuera la estancia de su casa de usted y el bar central de ese lugar su sala de la casa de usted, apenas obtendría usted algo similar a las amplísimas estancias de aquel bastimento.

La idea de los techos altos es muy baja para las alturas de esta casa de muros tan blancos como el mantel de los viernes, cuando Gil se reúne con amigos verdaderos. Ah, para cambiarle de color a los muros de la “Casa Blanca” no se necesita la vulgar y anticuada pintura, basta con cambiar la iluminación. ¿Un morado relajante?, ahí lo tiene usted; ¿un naranja alegre y optimista?, cierre los ojos, ábralos. ¿Qué le parece? Beautiful.

Presidencia de la República emitió un comunicado en el cual informa que la “Casa Blanca” no sólo pertenece a Angélica Rivera sino que la obtuvo pagando el treinta por ciento de adelanto; el resto, en cómodas mensualidades, o algo así. Gamés no quiere ponerse roñoso, pero unas horas antes México había visto imágenes de brechas infames de tristeza, caminos sin ley que terminan en un basurero municipal de Cocula, Guerrero, en el cual se impone el crimen, pero también la pobreza. Pssss.

Fatiga

Gamés también está cansado. En serio. Gil caminó sobre la duela de cedro blanco y se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y meditó, no sin ingenuidad: ¿hay violencia buena y violencia mala?

En la calle y las sobremesas y los comedores no falta quien sugiera que apedrear el edificio de un partido político, desahogar la cólera contra vidrieras, bloquear una autopista, cerrar un aeropuerto son formas legítimas de violencia porque se desprenden de la indignación o de la ofensa. Es como si usted está enojadísimo porque le robaron su coche y le prende fuego a la casa de su vecino. Pa que no me vuelvan a chingar el coche, le quemo su casa.

La violencia mala, la que permite la muerte ominosa de los jóvenes normalistas proviene del gobierno federal. Así como lo oyen, ni más ni menos. A Gamés no deja de asombrarle que por donde pasa oye dicterios al gobierno y ningún comentario de ira contra el crimen organizado, sus sicarios desalmados y sus cómplices políticos. Todo es muy raro. Gamés no quisiera ponerse sentencioso, pero la violencia gana naturalidad en la vida mexicana. Queman el palacio de gobierno de Chilpancingo: qué mal, pero la verdad el gobierno ha reaccionado muy lento; incendian la presidencia municipal de Iguala: ¿dónde pueden poner su indignación estas personas ofendidas?; cierran el aeropuerto de Acapulco: hacen mal, pero es que el tejido social se ha descompuesto; unos güeyes (la poesía siempre sirve en estos casos) queman la puerta mariana del Palacio Nacional: qué horror, expresión de la degradación social.

Carencia de responsables

No hay responsables de ningún acto vandálico y, ya entrados en gastos, no sólo cuando son vandálicos. En la calle es común toparse con defraudadores en libertad (Gilga está a punto de dar el salto y convertirse en un combatiente de la lucha por un mundo más mejor, pssss), desgobernadores felices de la vida después de incendiar (casi literalmente) un estado de la República, empresarios libres después de robarse contratos de millones de dólares. En fon. En México hay una tremenda ausencia de responsables, en parte porque la autoridad no pide cuentas, deja pasar y deja hacer, en buena medida porque ellos también son responsables. Un lío. Gil pierde los escrúpulos y no los encuentra por ninguna parte: merde! Siempre tenemos una justificación para la violencia.

Gamés imagina por un momento lo que ocurriría si un grupo violento intentara quemar la puerta del Palais de l’Elysée, la sede de la presidencia de la República Francesa. Resulta inimaginable, salvo que se piense en un zafarrancho de guerra civil, con bazucas y tropas de asalto. Aquí no hace falta tanto, unos güeyes (more poetry) gritan: rocíala bien, cabrón, ora aviéntale la madrola. Y listo, la puerta mariana, la puerta del Palacio Nacional, sede del Poder Ejecutivo, arde. Aigoeeei.

El gobernador de Guerrero, Rogelio Ortega, descartó utilizar la fuerza pública para contener las protestas por la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa: “Voy bien. Vamos bien y no vamos a necesitar usar la fuerza pública ni la violencia. Vamos a movilizar a la sociedad para encapsularlos y detener la violencia. Confíen en mí, denme una oportunidad”. No está mal ser optimista y echarse porras: Gilga va bien, avanza, un-dos, un-dos, boxeo de sombra, cardio, fuerza, entrenamiento: confíen en Gamés. Habrá que ver cómo encapsula el gobernador Ortega a los trogloditas de la CNTE de Guerrero y cómo moviliza a la sociedad. El movimiento implica una aleación ferrosa de componentes inauditos. Buena suerte.

Todavía no vuelve la luz al ático de las frases célebres.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX