Opinión

Cárdenas, espantarse de la criatura

La carta abierta del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas del 17 de noviembre plantea mucho más que la renuncia del actual Comité Ejecutivo Nacional, tema que ha concentrado la atención mediática pero que no es, ni remotamente, el centro de la misiva. El documento del llamado líder moral del PRD es un diagnóstico que, de probarse correcto, quedará como la llamada de atención que la principal organización de la izquierda mexicana de principios del siglo XXI no supo atender antes de sucumbir.

Los males del Partido de la Revolución Democrática son, a juicio del tres veces excandidato presidencial, los siguientes:

Pérdida de autoridad moral tanto de la institución como de sus dirigentes; disminución creciente de militancia; pérdida de presencia y credibilidad en la opinión pública; pérdida de credibilidad de sus representaciones.

Cárdenas enfatiza que “la puntilla” de los problemas del partido son las “desafortunadas y cuestionables decisiones tomadas por la dirección nacional a partir de la desaparición de 43 estudiantes”.

Esta crisis perredista, que no surgió en septiembre, se debe fundamentalmente, según el documento, a “la arbitrariedad que ha significado la sustitución de los cuerpos colegiados por acuerdos de cúpulas en la toma de decisiones, ha cancelado la vigencia de las normas estatutarias y anulado la capacidad de acción de las minorías, así como la posibilidad de ejercer contrapesos”. Es decir, la raíz del problema es la añeja y profunda cultura perredista de los acuerdos cupulares entre sus famosas tribus.

Lo que Cárdenas plantea no es sólo la dimisión de la dirigencia, cosa que ha hecho pegar el grito en el cielo del Chucho en turno, sino refundar el partido mismo, transformarlo en una organización donde “las prácticas clientelares deben ser totalmente erradicadas, así como deben combatirse con toda energía las conductas sectarias”. Algo parecido, por cierto, a lo que pregona (a lo que pregona, insisto, no sabemos si tal cosa es cierta) López Obrador sobre Morena.

Para resistirse a la propuesta cardenista, Carlos Navarrete ha elegido la fuga hacia adelante. El guanajuatense ha querido centrar su respuesta en la legitimidad de su elección y en que el ingeniero tiene mal diagnosticada la crisis generada por la noche de Iguala (Navarrete decía ayer en la radio que según un estudio que le acaban de dar, sólo 1.0 por ciento de los consultados culpan al PRD por la desaparición de los alumnos de Ayotzinapa).

Hace poco un expresidente de un partido mexicano me confesaba cuál había sido su mayor miedo mientras dirigía esa organización. No temía a la derrota en los procesos electorales. Lo que en verdad le desvelaba era que el partido se le desintegrara en las manos, que no pudiera entregar a su sucesor ni siquiera lo que había recibido.

No es cierto, como han propalado algunos compañeros de filas de Navarrete, que el nuevo presidente haya empeorado los problemas del PRD. Es verdad que sus declaraciones iniciales ante la tragedia de Iguala fueron un desastre, pero la crisis del PRD, coincidiendo con Cárdenas, constituye sólo el más reciente de los desafíos, uno muy delicado, pero uno que no sería tan riesgoso de no ser porque la casa ya mostraba grietas.

Navarrete peleará por la vigencia del statu quo que le ha premiado. Es lo normal para alguien cuyo liderazgo no surgió autónomamente, sino por la membresía de una tribu. La gran incógnita es si la carta de Cárdenas será atendida por jóvenes perredistas, por cuadros que comprendan que en la ruta actual el partido no da para más. ¿Habrá jóvenes en la izquierda perredista que atiendan el llamado del viejo líder?

Twitter: @SalCamarena