Opinión

Cambiar es un proceso

 
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Facciones. Desesperación. Rostros. Preocupación. (Reuters)

Antonio es un hombre de 42 años, estatura media, sobrepeso moderado y arreglo impecable. Llega al consultorio buscando hacer el duelo por un amor que duró más de 20 años, que incluyó un largo noviazgo, un matrimonio fugaz y desdichado, y un divorcio reciente.

Este hombre se siente culpable, se acusa de egoísmo e intolerancia; sabe que el exceso de protección de sus padres afectaron su capacidad para ser autosuficiente y para dar amor y comprensión. Ante cualquier problema, Antonio cuenta con la ayuda del padre, quien aunque refunfuña, le presta dinero, paga sus deudas y le entrega la administración de alguno de sus negocios para que se ocupe en algo.

La madre, por su parte, lo adora. Lo mima, le cocina, le compra ropa y critica a todas las mujeres que le gustan.

Atrapado en la identidad de un niño consentido, es incapaz de relacionarse solidariamente con nadie. Dice que le urge cambiar.

Viene semana a semana, con buena disposición. Es puntual con su asistencia y pagos, pero pasa 40 de los 45 minutos de la sesión haciendo chistes respecto de su falta de valentía, sus obsesiones con la limpieza y el orden, la flojera que parece insuperable. Hay que interrumpirlo para que se detenga y se escuche reír de cosas importantes y dolorosas. El trabajo con él se ha centrado, por ahora, en que deje de defenderse de lo que siente, minimizando sus fracasos y en ayudarle a expresar emociones congruentes con el duelo por la pérdida de su relación amorosa y de oportunidades laborales que dejó pasar por negligencia. Por no haberse convertido en un adulto en el tiempo en el que la mayoría logra la independencia financiera, por no haberse atrevido a ser padre por miedo a ser un mal ejemplo.

Han pasado 20 semanas desde que Antonio llegó al consultorio. Sus chistes no han desaparecido, pero ahora no ocupan más allá de unos minutos al inicio de la sesión. Se ha vuelto capaz de sentir y expresar tristeza y sus frustraciones de un modo más profundo, de entender su huida sistemática de los compromisos de la vida adulta y, más recientemente, ha hablado del deseo de aceptar que tiene 42 años, está aprendiendo a trabajar, a ganar dinero y a dejar de desear una pareja que lo cuide como si fuera un niño indefenso. Su urgencia de cambiar sigue presente.

En un intento por convertirse en un hombre “más decidido”, Antonio asiste a un taller de fin de semana, organizado por una de tantas franquicias que ofrecen cambios de personalidad en unos cuantos días (que por cierto, utilizan el chantaje y la manipulación como método de trabajo). Me cuenta emocionado que gracias a los talleres es un hombre nuevo. Le sugiero que sea cauteloso y le pido que no deje de venir a terapia. Inmerso en algo parecido a un delirio de grandeza que el grupo detona en él, decide casarse con una antigua pareja a la que nunca amó, pero está convencido de que es momento de comprometerse. Se vuelve esposo nuevamente y padre adoptivo del hijo de 10 años de su mujer. Un año más tarde, Antonio se arrepiente de su decisión y comienza a maltratar a su esposa y al niño. Ha dejado la terapia durante casi seis meses y en una crisis de angustia, regresa.

Después de algunas semanas concluimos que el efecto emocional del grupo lo llevó a creer que era una persona distinta de la que es y reconoce que los cambios espectaculares han desaparecido, y que sus necesidades de vivir solo y en total control de su espacio, regresaron por él.

Antonio se ha divorciado por segunda vez. Sigue viniendo a terapia. El reto, después de los últimos sucesos, es que logre una vida más significativa y más productiva, congruente con su forma de ser.

Finalmente, ha aceptado que es un solitario que no desea compartir la vida cotidiana con nadie, mientras no logre convertirse en un adulto capaz de dar.

Twitter: @valevillag

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