Opinión

Calígula vive en México

Las imágenes han cambiado la forma como se hace la política. En México las imágenes son tangibles –videos– o intangibles –audios–, y han servido para incubar una idea siempre negativa de quienes son sus protagonistas. Hace unos días cayeron los coordinadores del PAN en el Congreso tras la difusión del video de una fiesta. Poco antes, un audio de la diputada Purificación Carpinteyro la anuló de la discusión de la Ley de Telecomunicaciones. Fotografías sin contexto han convertido a políticos en delincuentes, y audios de vagas pláticas a otros en criminales. Invenciones que difunden medios sin escrúpulos, han acortado carreras públicas.

Esos materiales siempre fueron obtenidos de manera subrepticia. Quienes han hecho uso faccioso de ellos aprovechan una prensa proclive al escándalo, por ratings, circulación, audiencia, y en muchos casos, por un poder como en los tiempos no tan lejanos del régimen autoritario. En aquel periodo, ser megáfono del poder era el medio para sobrevivir y de sus dueños para ganar acceso y dinero. No ha cambiado mucho en el fondo. El ciclo se repite.

La diferencia en la actualidad es que los escándalos tienen como característica indivisible que son casi siempre imágenes de vida privada, o descontextualizadas, donde no existe el derecho a la réplica, que buscan un daño particular más allá que haya delito o no, y que para logarlas se violaron normas de convivencia y leyes. Es decir, no es la transmisión de propaganda para fabricar el consenso para gobernar como antaño, sino de una imagen para denostar y alterar el rumbo de la política.

Hay una variable adicional: las redes sociales, como un vehículo de comunicación, que aprovecha la docilidad de una opinión pública dispuesta a creer acríticamente lo que se da, sin importar sus orígenes –legales o ilegales–, motivaciones ulteriores, transgresiones éticas, o finalidad política. No pregunta a quién beneficia, sino contempla a quien perjudica. Es una sociedad muy activa, mucho más informada que aquella que vivió los regímenes autoritarios y, sin embargo, mucho más confiada ante cualquier platillo que le pongan en la boca.

El manejo de las imágenes ha sido una herramienta muy poderosa de los políticos y los grupos de presión en los últimos años, que han comprobado que se puede manipular a la opinión pública fácilmente y sembrarle ideas que se convierten en percepción y luego en realidad. Últimamente también ha sido utilizada como un brazo de los órganos que procuran y administran la justicia. Michoacán es el mejor caso de estudio, por lo exitoso que ha sido en instaurar un sistema paralegal bajo un marco ilegal.

Las autoridades federales han encontrado una decena de videos en casas de seguridad de Los Caballeros Templarios en Michoacán donde aparece uno de sus jefes, Servando Martínez, La Tuta, con políticos y empresarios michoacanos. Las autoridades federales han ido administrando su difusión. El patrón es darlo a conocer a través de las redes sociales, la patria de la impunidad absoluta, de donde lo toman los medios convencionales, que a su vez elevan la presión pública contra las autoridades para que tomen medidas al respecto, con lo que el círculo se cierra. En otras palabras, se plantan los videos, se deja que se procese en la opinión pública y entonces la autoridad retoma su semilla envenenada y judicializa las grabaciones. La inducción disfrazada de investigación.

La política se ha desvirtuado, y aquellos actores que no participan de estas dinámicas, se asombran, pero se divierten y regocijan cuando ven las tribulaciones en cabeza ajena. Para los medios, son tiempos de gloria, pensando que el 'Cuarto Poder' es supremo, sin entender que hace mucho tiempo ese Cuarto Poder no comía tanto de la mano del Primer Poder. Decir que este fenómeno tiene consecuencias ominosas para todos es obsoleto. Esta práctica tolerada y avalada por todos, ya escaló a otros niveles.

El caso más brutal, por agresivo e impune, es la campaña desde hace un mes en contra del conductor de radio y televisión Pedro Ferriz de Con, que inició con la publicación de fotografías en un periódico de baja circulación, retomadas por una revista de enorme audiencia que publica escándalos del espectáculo. Luego vino la difusión de grabaciones telefónicas. En todos ellos, no hay nada de interés público o que afecte a la sociedad. Todo es un asunto de vida privada donde lo único público es el morbo al ver cómo se destrozan vidas privadas. Lo más grave, por la inconsciencia, es que medios convencionales, con periodistas reconocidos, han dado cabida a la campaña movida anónimamente contra Ferriz de Con.

Su caso demuestra a dónde hemos llegado sin darnos cuenta. No hay controles que impidan la intromisión salvaje en la vida privada, ni una distinción entre la vida pública y la vida privada. Esta discusión lleva años en otros países, pero en México es un no tema. Lo que vivimos es un frenesí y lleno de excesos de quienes construyen la vida pública, donde la sangre es la bebida de los dioses. Lo gozamos, lo celebramos, la festinamos, y nos burlamos mientras aniquilamos. Así es todos los días y así será, hasta que a cada uno de nosotros nos toque nuestro turno y preguntemos qué hicimos y en qué nos convertimos.

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