Opinión

Cada quien su informe

   
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ME. ¿Qué nos dice el dato del PIB?

Los informes suelen estar plagados de promedios, pero hablar de promedios se ha vuelto cada vez más riesgoso. Recuerdo a uno de mis profesores al platicar una anécdota sobre un hombre que al pretender cruzar un río preguntó si estaba profundo, pues no sabía nadar; la respuesta de los oriundos fue que la profundidad “promedio” era de aproximadamente un metro con 10 centímetros, así que el hombre decidió cruzar; el resultado fue fatal, pues murió ahogado justo en la zona donde el río tenía una profundidad mayor a su altura. Recuerdo también lo que comentan mis amigos de Mexicali sobre el clima de allá: en verano la temperatura asciende hasta los 50 grados y en invierno baja a cero grados, de tal suerte que en “promedio” es un paraíso.

El indicador del PIB per cápita por ejemplo, es un promedio, y la cifra para México rondó en 2015 los nueve mil 445 dólares al año, pero cuando nos vamos a los detalles encontramos que la desigualdad es dramática: 10 por ciento de la población de mayores ingresos percibe 21 veces más que el 10 por ciento de las población más pobre. Este es el tipo de cosas que los promedios no permiten distinguir.

Otro ejemplo es el del crecimiento del país. El Producto Interno Bruto creció 2.5 por ciento en 2015, pero si lo desagregamos por estados, vemos que Querétaro y Baja California crecieron a 8.0 por ciento y 6.0 por ciento, respectivamente, mientras Campeche y Chiapas no sólo no crecieron sino que sufrieron una contracción de 7.0 por ciento y 3.0 por ciento, en cada caso.

Una de las transiciones más importantes y hasta ahora oculta es que en México cada día lo local pesa y cuenta más. Hechos recientes demuestran la diversidad y complejidad de los ‘Méxicos’ distintos y distantes, y también la creciente imposibilidad para dictar políticas homogéneas o implementar decisiones desde una lógica centralista.

La jornada electoral del pasado 5 de junio evidenció también el peso de lo local. Tuvimos entidades donde la indignación y el hartazgo de los ciudadanos frente a gobiernos con altos niveles de corrupción e impunidad jugaron de manera decisiva a favor de la alternancia, y tuvimos otras donde iniciativas de otro orden jugaron como un fiel de la balanza o incluso generaron movilización en amplios grupos de la población. En otras entidades donde incluso quienes gobernaban registraban calificaciones positivas enfrentaron también la alternancia.

Estamos transitando –afortunadamente– de un México donde el poder del centro era decisivo, a un México donde la participación ciudadana, la capacidad para gobernar, los incentivos, los niveles educativos y de ingresos, así como el grado en que se ejerce la cultura de legalidad, resultan cada día más determinantes.

El Sistema Nacional de Información Estadística Educativa comprueba que también en esta materia el contraste entre los estados es muy marcado; mientras en la Ciudad de México el promedio de años de escolaridad es de 10.8, en estados como Oaxaca es de apenas de 6.6.

En Oaxaca y diversas regiones de Chiapas se enfrentan bloqueos en las carreteras y sus ciudadanos viven condiciones muy adversas y padecen la orfandad de legalidad y Estado de derecho, mientras en otras latitudes del país se anuncian nuevas inversiones y oportunidades.

Así, con promedios, la toma de decisiones conlleva altos y múltiples riesgos. Sin duda tenemos que recurrir a ellos como un punto de partida y de comparación respecto a otros países, pero claramente la complejidad es mayor y pretender políticas homogéneas o imposiciones desde el centro, como antaño, sólo provocará mayor desigualdad y tensiones para la gobernabilidad.

Es obligado preguntarnos ¿qué incentivos se viven en los estados donde las tasas de crecimiento anual superan por mucho a la media nacional y son diametralmente opuestos a los que ocupan los últimos lugares? ¿Podemos replicar estos incentivos en el resto del país? Ya no basta con afirmar que los rezagos son históricos.

La buena noticia es justamente el peso que día con día adquiere lo local y uno de los grandes retos y desafíos radica en la capacidad para transformar un andamiaje institucional y una cultura política, económica y social que por siglos ha sido centralista. La complejidad para gobernar es ahora mayor en la forma y en el fondo.

Twitter: @JosefinaVM

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