Opinión

Buen Fin

El pasado fue uno de los fines de semana largos que se instituyeron para reducir los costos de celebraciones cívicas que con frecuencia provocaban “puentes”, y que a cambio han tenido un cierto impacto en el turismo nacional. La Constitución, Benito Juárez y la Revolución perdieron su fecha fija para convertirse en estos fines de semana. Coincidentemente, desde hace unos años se realiza en México un evento parecido al Black Friday, el fin de semana del Día de Acción de Gracias en Estados Unidos, que abre la temporada navideña con grandes ofertas. Le llamamos acá Buen Fin.

Estos dos cambios: el fin de semana largo y el evento comercial, han tenido como resultado el buen fin de la Revolución. De por sí la celebración de este hecho histórico perdió mucho lustre cuando se convirtió en un desfile deportivo, y peor desde 1982, cuando se hizo evidente el fracaso del régimen de la Revolución. Las transformaciones vividas en el último cuarto de siglo, que nos han dado una Constitución profundamente distinta de la que se promulgó en 1917, confirman que la Revolución ha desaparecido.

Dicho de otra manera, el experimento del siglo XX mexicano, que dio como resultado un fracaso rotundo, ha sido abandonado. Para que no haya duda al respecto, conviene recordar que México se mantuvo totalmente estancado de 1910 a 1939, y de entonces a la fecha ha crecido 2.0 por ciento anual, durante 75 años. Es decir que nuestro problema económico no se debe al actual gobierno, ni a los sexenios panistas, ni al manido neoliberalismo. De 1940 a 2014 el crecimiento promedio es de 2.0 por ciento anual, por debajo de lo que este año les parece deprimente. Los pocos años en que parecía que crecíamos más era porque endeudamos al país. Y luego, cuando pagamos, regresamos a lo de siempre.

Eso fue lo que obtuvimos durante el régimen de la Revolución: crecimiento mediocre, que nunca permitió reducir significativamente la pobreza, y menos con programas sociales que, en realidad, benefician a los más ricos (como Procampo, el IMSS y el ISSSTE, la educación superior gratuita o muy subsidiada, etcétera). No sólo no crecimos suficiente, sino que mantuvimos todo el siglo estructuras profundamente desiguales, para beneficiar a los políticos y sus amigos: capitalismo de compadrazgo.

Más allá de la discusión acerca de la Revolución en sí misma, del fracaso del régimen no debería haber duda alguna. Y por lo mismo, de la urgencia e importancia de las reformas que en estos 25 años han borrado la herencia de ese fallido experimento. Sin embargo, tanto en el primer momento reformador (1994) como en el actual, hemos tenido brotes de violencia e incertidumbre. Y también, en ambos casos, las reformas no han querido acabar con el Estado patrimonialista.

Digamos que hay dos grupos: uno que quiere detener las reformas porque está formado por beneficiarios del viejo régimen, en términos ideológicos y por mecanismos clientelares, y el otro impulsa las reformas, pero sin tocar sus propios beneficios, patrimonialismo y corrupción. Esos grupos atraen “compañeros de viaje”, y fuerzan al resto de la sociedad a involucrarse. Ahí se encuentra el origen de la polarización, las tensiones, y la incertidumbre.

Se trata de terminar con el pasado y enterrar el viejo régimen. Y si se puede, que sea un Buen Fin.

Twitter: @macariomx