Opinión

Bresan y González-Rubio: perforando

I. LA CONFESIÓN REBOTADA. En Los niños del cura (Svecenikova djeca, Croacia, 2013), tragicómico opus 5 del egregio satirista croata de 49 años Vinko Bresan (Mariscal 99, Aquí no termina 08), con base en una exitosa pieza de Mate Matisec también compositor de la coruscante música balcánica del filme, el atribulado aunque todavía ingenuo curita debutante Don Fabián (Kresemir Misic cual lelo Adrian Brody exyugoslavo) aparece presuntamente embarazado en un cunero y es convencido por un colega para que le relate de rebote en confesión las heteróclitas circunstancias que lo condujeron a ese estado, desde su prometedora llegada a una diminuta isla dálmata, su acomplejadísima relación con el veterano párroco deportista demasiado jocundo Don Jacobo (Zdenko Botic) y su obsedente preocupación por la nula natalidad que reporta el lugar, e incluyendo su piadosa decisión de favorecerla, aliándose con sumiso dueño del kiosco de periódicos Petar (Niksa Butijer) y con el traumatizado farmacéutico maniático antislamista Marin (Drazoen Kühn) para perforar sistemáticamente los preservativos de pecaminoso consumo masivo entre los lugareños y sustituir las píldoras anticonceptivas por vitaminas, provocando como por arte de magia que la tasa de nacimientos no deseados supere la de mortalidad y que la pequeña isla se atasque de extranjeros en busca de un edén de la fertilidad, hasta que la situación se le salga de control a todos, empezando por el devoto curita novato.

La confesión rebotada se sitúa entre el hilarante sainete superenredado y la prodigiosa comedia de humor punzante, entre la hiriente farsa popular o el prolongado cuento verde, porque desea arremeter tanto frontal como sinuosa e inflamablemente sobre las contradicciones del uso del condón por Benedicto XVI y contra todo control natal oscurantista, a raíz de viles “efectos secundarios” como la boda de una chava promiscua con un esposo elegido a la brava, la aparición de un lindo bebé en una caja de cartón a las puertas del templo que de inmediato adopta el voceador con su beata esposa estéril Marta (Marija Skaric) fingiéndose públicamente preñada al irrumpir en la iglesia, el escándalo nocturno de un falso padre enloquecidamente trepado a un poste y la aparición del cadáver flotante de una infeliz muchacha secuestrada por el padre brutal para disfrazar su embarazo.

La confesión rebotada concatena absurdo lógico tras absurdo luminoso tras absurdo siniestro, sin miedo a la belleza deslumbrante de la isla microcósmica en la fotografía de Mirko Pivcecic, o a la bobería socarrona muy bien valorada por la ventajosa edición de la montajista esposa del realizador Sandra Botica Bresan, a los apartes del héroe hablando teatralmente hacia la cámara, a los desquiciados insertos imaginarios con fondo en blanco, al estallido de gags delirantes de torpeza o malicia como el bolo del torpe curita noqueando por la espalda a una peatona devota o la perforación mecánica de nuestros profilácticos a dúo mediante las agujas de dos máquinas de coser, al voyeurista asco eclesiástico que levanta con una delicada varita distanciante especímenes preservativos de 9 a 25 cms o con estrías, al pizarrón que registra invasoramente la vida privada de la mínima población hipersexualizadamente hipócrita, a la investigación de los fieles realizada a conciencia con binoculares desde la profundidad del púlpito, a la visita urgente de un señorial Obispo (el coproductor factótum Lazar Ristovski) de antemano cómplice cuantos crímenes genitales se le presenten (para él desternillantes), a una corretiza acezante hacia el cementerio para oficiar en un solemne funeral, o a la abandonadora perturbada operática que bautiza a su hijo expósito con el nombre de pila de José Carreras sin dejar de cumplir su autopenitencia de andar de rodillas por todo el pueblo e incluso en su casa.

Y la confesión rebotada pasa de confesionario a confesionario, para echarle encima culpas y secretos inconfesables a quien se deje (incluyendo los cínicos entuertos del provecto cura arribista vaticano y verdadero embarazador de la quinceañera sacrificial), y para que, a contragolpe, un añorante tono melancólico se apodere tanto de la sátira acerba como de sus insólitos tentáculos presuntamente sonrientes y sonrosados.

II. LA PLEGARIA PROLONGADA. En Inori (Japón, 2012), venturoso tercer largometraje pero primero por encargo del docuficcionista belga-mexicano en Inglaterra formado de 36 años Pedro González-Rubio (luego de la limítrofe obra maestra yucateca del género Toro negro 04, dirigida en colaboración con Carlos Armella, y del poema narrativo marítimo Alamar 10), con guión, fotografía y edición suyos, se sumerge respetuosa y devotamente en los remanentes de vida de varios ancianos que permanecen como últimos habitantes-reliquia en el pequeño poblado montañés de Kannogawa y en los bosques circundantes, cerca de la ciudad provincial japonesa de Nara, donde la mayoría de los jóvenes y adultos han emigrado hacia zonas más habitadas en busca de mejores oportunidades, dejando en el abandono absoluto ese lugar, hoy desolado y triste, pues todo quehacer cotidiano, ahora lentísimo, diríase que se ha vuelto terminal, o recuerdo degradado de sí mismo, a modo de un conjunto de íntimos rituales al desnudo y sumidos en el intenso anticlímax de una plegaria prolongada, hecha de preparados de comida y engullido de ésta, rezos shintoístas, deambulaciones constantes y nadaístas esperas de nada.

La plegaria prolongada confronta de manera implícita y explícita tres formas fundamentales de asumir la relación con la naturaleza y con la propia muerte esperada (y quizá deseada o ansiada), la manera de estar en el mundo en tiempo presente y la integración con el término-culminación de la temporalidad: la relación melancólica del viejo Tetsuo, volcado por completo al pasado y apoyando casi a perpetuidad la barbilla sobre su bastón al filo de la carretera para ver pasar todo el ritmo de la vida que se le escapa, sedente mas no presente, doblado, doblegado, sin dejar de pensar en la desaparición de su madre ni en el asalto de sus difusas culpas con respecto a ella, rememorada por siempre contemplando desde su ventana un cerezo florecido, cuyas ramas secas él todavía poda con esmero, para quemarlas en una rústica hornilla del patio; la relación sacrificial de la mujer muy madura aunque aún enérgica Sakae, dedicada al bienestar de su marido Ryo en alma y cuerpo, esa alma doblegada que por sentido del honor ha renunciado voluntariamente a toda forma de felicidad presente y ese cuerpo que recibe severos tratamientos de fisioterapia regenerativa a base de sobadas y calor para procurarse nuevas fuerzas sobre una plancha en un hospital improvisado en el ámbito vacío de una escuela abandonada, y la relación armónica de la ancianísima pasita-pasita Shigefumi, todavía andariega a paso veloz y rezandera impenitente, para habitar ya en un eterno presente, acorde, glotón, colmado y final.

La plegaria prolongada establece un extraño pero iluminador paralelo con el filme docuficcional canadiense Fogo de la también mexicana Yulene Olaizola (12), formando casi un díptico con él, pues en ambas se rinden cuentas de las coincidencias de aislados caracteres extranjeros extremos y nuestro supuesto recóndito carácter nacional, su bien plásticamente allá en la Península del Labrador todo era rigor polar en gélidos paisajes lunares, y aquí en el cercano sol naciente todo son variaciones tonales y ambientales sobre la fotogenia magnífica de la prodigiosa adorada nipona narense Naomi Kawase (Shara 03, El bosque de Mogari 07) que le encargó personalmente el filme a González-Rubio (y se lo asesoró), una fotogenia hecha de leves toques cerrados sobre sí mismos y evanescentes, donde dominan procelosos el dios humo, la neblina, las transformaciones, la fugaz brevedad de la vida y la permanencia de la agreste naturaleza forestal, pero diseminando por todas partes numerosas imágenes de puentes, puentes que disminuyen a lo ínfimo (y al infinito) la figura humana, primitivos puentes colgantes vistos en top shot como simples líneas tendidas interminablemente, puentes de rojas estructuras modernas aunque esqueléticas, pero sin variación puentes que ejercen una reconocida influencia y atracción sobre las criaturas para que se jueguen la vida cruzándolos, puentes-vínculo que se enorgullecen en separar metafórica y concretamente la vida y la muerte.

Y la plegaria prolongada podría empezar con las imágenes contemplativas y abstractas en que culmina, las de un frondoso y solitario árbol de cerezo en medio de un bosque de duros cedros impenetrables, el árbol-templo milenario, el árbol simbólico con 400 años inamovibles, el árbol revelador de los seres aislados y acaso el único leal compañero a su altura, el milagro del cerezo de archiefímeras flores blancas jamás en presente e invisibles para mejor evocar esa temporalidad también concedida como un milagro.