Opinión

Brasil, lo que no se
debe hacer

 
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Dilma Rousseff (AP)

El juicio político en contra de Dilma Rousseff está muy lejos de ser el ejemplo de lo que debe ser el combate a la corrupción.

Aun para observadores distantes, fue evidente que la acusación de violar leyes fiscales para hacer una reasignación de las partidas del gasto público, en realidad se trató de un artilugio jurídico para echarla de la presidencia, que se hizo viable al romperse la coalición que la encumbró, pues perdió la mayoría en el Congreso.

Los vaivenes que se sucedieron en los días previos muestran que lo que presenciábamos eran episodios de una contienda política y no una revisión jurídica minuciosa del caso.

Si de eso se tratara el combate a la corrupción, va a resultar peor el remedio que la enfermedad.

La exclusión de 180 días de Rousseff como titular del Ejecutivo está lejos de resolver la crisis política del país más grande de América Latina.

Más bien vamos a entrar a otra fase de inestabilidad política e incertidumbre.

Además, no se ve ningún arreglo en el corto plazo a la crisis económica brasileña.

El consenso de Bloomberg indica que para este año el PIB de Brasil caería en 3.7 por ciento, que se sumaría a la caída de 3.8 por ciento del año pasado. En conjunto, el retroceso acumulado de los dos años es de 7.4 por ciento.

Sin embargo, hay pesimistas que piensan en una caída de hasta 4.3 por ciento para 2016.

Pero además, se estima que el consumo doméstico siga con una tendencia negativa incluso hasta 2017.

Las cuentas públicas tampoco tienen un buen pronóstico. Los expertos anticipan que el déficit público alcance 8.5 por ciento del PIB este año, luego baje a 7.5 por ciento en 2017 y suba a 9.4 por ciento en 2018.

No se ve viable que el gobierno de Temer, con incertidumbre respecto al tiempo que estará como jefe del Ejecutivo, y en medio de las luchas políticas que vaya a afrontar, tenga la fuerza para acometer un recorte importante del gasto público o aumentos de impuestos.

Para que la economía brasileña se recuperara sería necesario que cambiara de manera importante su estructura económica y se hiciera menos dependiente de los precios de las materias primas y modificara su vocación proteccionista.

Para que tenga idea del impacto, los pronósticos del consenso de Bloomberg indican que el valor de su PIB de 2018, es decir cuando termine el actual periodo presidencial, sea quien sea quien lo termine, estaría 2.4 por abajo del que registró en 2012.

También resultó interesante que los acontecimientos de estos días no provocaron ni pánico ni euforia en los mercados financieros. La bolsa de Brasil subió 0.5 por ciento y el real brasileño se depreció en sólo 0.9 por ciento. Prácticamente ignoraron la crisis política.

A propósito de lo sucedido en Brasil, conviene tener claro que así como las reformas estructurales no fueron la pócima mágica que algunos creían para asegurar el crecimiento económico, tampoco el combate a la corrupción va a ser el remedio de todos los males.

Igual que las reformas, un sistema para combatir la corrupción puede ayudar mucho en el largo plazo.

Lo que necesitamos aquí y ahora es más consumo y más inversión para que la economía se vaya para arriba.

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