Opinión

Bo y Daranas Serrano: imitando

I. EL MIMETISMO CORDIAL. En El último Elvis (Argentina-EU, 2013), maduro debut del heredero fílmico porteño de 35 años Armando Bo (tras dos décadas en la producción de cine y publicidad), con guión suyo y de Nicolás Giacobone, el cuarentón regordete obrero de línea de producción Carlos Gutiérrez (John McInerny sensacional) se siente de manera obsesiva compulsiva no la reencarnación, sino el verdadero Elvis Presley, porque lo imita cantando cotidianamente con perfección absoluta durante su alter office en centros nocturnos y asilos, aunque su patinadora hijita también con buena voz Lisa Marie (Margarita López) ni siquiera lo pela y su modesta esposa empleadilla Alejandra (Griselda Siciliani), a quien él llama Priscilla, lo repele visceralmente por desobligado y por sus excentricidades, pero al cumplir los 42 años, la edad en que murió al parecer por sobredosis de pastillas el primitivo Elvis auténtico (1935-77), el hombre entra en conflicto existencial y renuncia a su trabajo para tomar una decisión radical, si bien primero debe ocuparse del cuidado de su chavita por una temporada, en tanto se restablece su mami hospitalizada por un accidente.

El mimetismo cordial lleva hasta sus últimas consecuencias fenomenológicas, poéticas y humanas, lo que técnicamente y en rigor no sería más que la contemplación solidaria y cariñosa, de un caso de trastorno de identidad disociativa, al que nunca podría reducirse el sentido del relato, rico en matices observacionales y contradicciones psicológicas, en anotaciones ambientales y en detalles familia-sociales, y hasta en significativos rasgos de humor delirante (a lo Tony Manero del chileno Larraín 08, aunque sin dimensión política virulenta), como ese desfile por aquí y por allá sin énfasis alguno, verdadero carnaval deambulatorio, de dobles de legendarias celebridades musicales pop (de Mick Jagger, John Lennon, Iggy Pop, Los Kiss y Nina Hagen, a Pablo el Roquero y Charly García), cual si tácita, lírica e irónicamente quisiera mostrarse y demostrarse que nadie puede ser original por completo hoy en día, sino una mezcolanza, o una triste o alegre imitación, de configuraciones y desfiguros de figuras famosas, arquetípicas, prototípicas, típicas o estereotipadas, al infinito y más allá, sin salir del camerino, el cruce ocasional o la vuelta de la esquina.

El mimetismo cordial revive el gusto por lo popular y lo extravagante de que hacían gala sin pudor alguno los abuelos del realizador (¿alguien recuerda los excelsos churrazos excesivos del picaresco-pintoresco-orolesco binomio integrado en los 50-70s por el originario actor-director Armando Bo y su esposa la megaprotuberante desnudista Isabel Sarli?), al diseminar escenas tan conscientemente desbordadas y parcamente conmovedoras como el crucial soliloquio viril durante el two-shot encamado ante una infeliz prostituta contrahecha (Lucrecia Carrillo) que no sabe qué hacer ante ese imparable desahogo tanguero (“¿Querés que te la...?”), la inmostrable TV con Elvis, el peso de la acre soledad ocre ante el piano en un local de bingo, la colosal rabieta en top-shot del imitador perfeccionista increpando-enmierdando al público desatento, la difícil comunicación antiDerbez lograda con la hijita, la esporádica dislocación/disociación/desquiciamiento de sonidos desplazados, la mítica balada presleyana de nuevo a solas cual arrebato-aullido de máxima intimidad, la partida-quema de mundo artificial, o la velita con número 42 que enciende y apaga el héroe/antihéroe sobre una rebanada de pastel de cafetería gringa (“Happy birthday!”).

Y el mimetismo cordial empieza en el ascenso por las estrechas escaleras con cámara subjetiva hacia las habitaciones del monstruo sagrado en su santuario-casa-museo de Graceland en Memphis (jocosamente reproducida en un suburbio de Buenos Aires), y culmina en ese mismo lugar, adonde se ha escondido el indeseado visitante clandestino para vestir por única vez postrera los intocables atuendos de su ídolo-alter ego, retacarse de pastillas de muy distintas clases y esfumarse del mundo en un lamentable desenfoque terminal en una profundidad de campo previamente desvanecida.

II. EL APÓLOGO DESCARRIADO. En Conducta (Cuba, 2014), acongojado filme ficcional 2 como autor completo del exdocumentalista musical habanero de 53 años Ernesto Daranas Serrano (documental largo: ¿La vida en rosa? 03, primera cinta de ficción: Los dioses rotos 08), la estoica profesora de sexto grado ya responsable de infinidad de generaciones de buenos ciudadanos cubanos responsables bien adaptados a los bajos fondos habaneros Carmen (Alina Rodríguez) se manifiesta, incluso declarativamente en la banda sonora, envejeciendo con enorme dignidad, padeciendo un infarto que la aleja momentáneamente de su grupo, sufriendo el deceso de un nietecito-alumno y sobre todo luchando por no ser derrotada en la redención laica de su edipizable discípulo favorito, el desmadroso pero colombófilo niño-problema de 11 años Chala (Armando Valdés Freire con aquel sobrio aplomo del migrante charrúa de La jaula de oro) que debe entrenar a los perros de pelea del acaso padre biológico para mantener a su fichita madre drogadicta-alcohólica-prostituida Sonia (Yuliet Cruz), enamorado de la linda inmigrantita afroprovinciana ilegalmente matriculada Yeni (Amaly Junco) y confrontándose valerosamente contra la hostilidad que provoca su condición delictuosolaboral y familiar, por lo que será encerrado en una escuela de conducta (eufemismo hipócrita con que se denomina a las correccionales: por supuesto colegios de maleantes), de donde la bondadosa solidaria Carmen, desafiando al establishment educativo en su conjunto y con ayuda de su exalumno Ignacio (Armando Miguel Gómez) vuelto funcionario correctivo buenaonda, logrará sacar al muchacho, aunque sólo sea para afrontar un juicio político seudoeducativo, por haber permitido una estampa de la Virgen de Caridad del Cobre en el periódico mural de su aula, y su retiro-expulsión oficial, disfrazado de jubilación forzosa por su avanzada edad.

El apólogo descarriado funde en una sola pieza didáctica la parábola protocristina caritativa de la buena pastora en busca de la oveja descarriada, el cine edificante de alto octanaje neohollywoodiano que va de Adiós Mr. Chips (Wood 39) a Matar un ruiseñor (Mulligan 62), la figura inspiracional vagamente feminista de una admirable heroína hiperpositivamente transgresora-hipotética-emblemática esa maestra milagrosa Carmen cual fusión de Robert Donat con Bing Crosby y Gregory Peck en trufada-truffautiana versión posrealistasocialista), la ejemplar violencia decadente de Amores perros (G. Iñárritu 00) y la compasión hacia Las pobres gentes dostoievskianas forzadamente propensas al Crimen y castigo (por algo la visceral progenitora emputecida se llama Sonia), el tardío elogio al Rebelde sin causa (Ray 55) hasta con suicida prueba de hombría (a primera boya natatoria del malecón de La Habana) y la intencional polémica temeraria a nivel retrógrada-cubano marcada por hábiles exabruptos verbales como el retiro de la protagonista alegando haber ejercido su noble ministerio por demasiado rato (“No tanto tiempo como los que dirigen este país”).

El apólogo descarriado utiliza a una miríada de bien observados personajes secundarios, como la inspectora escolar obligada a la severidad Raquel (Silvia Águila), la directora tembeleque Mercedes (Idalmis García) que todo lo desequilibra por pretender jugar un doble o triple juego, la profesora sustituta representante de las nuevas generaciones en trance de abrir su horizonte durante medio siglo cerrado Marta (Miriel Cejas) o los infelices padres marginales (el bárbaro por amargado y resentido regenteador de perros de pelea, el ultrahostilizado pepenador de carretilla callejera, el satanizado delincuente presidiario pronto fuera de la cárcel), a modo de pretextos para entreabrir con gran sigilo la Caja de Pandora de los endémicos males oficiales de sociedad cubana en una Habana destruida (cual recién graduada en La Habana: el arte nuevo de hacer ruinas de Florian Borchmeyer 06) y su ya inocultable atraso moral, como la absurda prohibición de movilidad territorial sin tener casa donde quedarse a radicar, la drogadicción y el alcoholismo, el fanatismo religioso ancestral (tan nefasto como el ateísmo por decreto y tan irradicable como el profundo espíritu sagrado), la delincuencia, las desesperadas actividades interdictas, la extorsión policial a los habitantes clandestinamente asentados en la periferia (bautizados como “palestinos”) entre las vías férreas, la delación cómplice a la vuelta de la esquina a cualquier nivel y el envejecimiento del conjunto de los estamentos posibles de la sociedad global, en suma, la Intolerancia, el Dogmatismo y sus gloriosas consecuencias inextirpables, instaladas en todos los órdenes de la Descomposición Social, gracias a una invivible (por ende subversiva) vida cotidiana rebosante de sometimientos indignos para poder subsistir.

Y el apólogo descarriado gusta de narrar y construir significados malportadamente, pero a la antigüita, en consonancia con la heterodoxa redacción ecuánime de la protagonista tecleando sobre una añosa máquina de escribir mecánica (porque “Me gusta oír el sonido de las palabras”), aunque en contraste con la modernosa fotografía de Alejandro Pérez, sumergida en desenfoques-escudo, al unísono de la disolución de los ideales, irreciclables por los jóvenes domesticados, y a semejanza de un sermón al revés manipulador sentimentalista y su disolución de lo real en sí, la misma disolución que en su momento asediaba a la obra maestra del cine castrista aún hoy escamoteada: el mediometraje Madagascar de Fernando Pérez (94), allá a través de una resistente relación madre zozobrante-hija rebelde, aquí sustituida por un desgarrado vínculo hijo redimido-supermadre putativa, tan conmovedor como victorioso pese a todo, contra viento y marea.