Opinión

Blomkamp y Los Vega Vidal: reprogramando

I. LA CONCIENCIA ROBÓTICA. En Chappie (EU-México, 2014), ultratrepidante filme 3 del sudafricano de 36 años líder de la ciencia-ficción fílmica contemporánea Neill Blomkamp (Sector 9 09, Elysium 13), con guión suyo y de su imprescindible esposa Teri Tatchell, el brillante inventor supernerd Deon (Dev Patel) ha diseñado para la compañía de armas Tetravaal el sistema de robots policiales que en un futuro demasiado cercano se encarga con sorprendente eficacia de la seguridad de una Johannesburgo infestada de pandillas delincuenciales, pero su roñosa jefa decrépita (Sigourney Weaver como mitológico guiño de la saga Alien) se opone a que prosiga con sus experimentos idealistas, por lo que debe apropiarse el robot de deshecho ya desactivable Chappie (Sharlto Copley otra vez sensacional) para insertarle un dispositivo reprogramador que lo dota de inteligencia artificial, vida y conciencia propias (el llamado momento de la singularidad), el cual sin embargo pronto es robado en plena fase de crecimiento individual y reeducado por diversos grupos de pillos, entre ellos por el atropellado nihilista Amerika (José Pablo Cantillo) y por los pintorescos esposos ladrones endeudados Yo-Land y Ninja (la albina infantiloide Yolandi Visser y el torvo hipertatuado Watkin Tudor Jones miembros de popular pareja rapera sudafricana Die Antwoord/La Respuesta) a quienes aprende a llamar Mami y Papi respectivamente, en contraste con el dominio que también sobre él ejercerá su Creador al recuperarlo en flagrancia de un robo cuantioso y en arduo combate contra la caótica insurrección criminal que ha provocado el envidioso inventor corrupto Vincent (Hugh Jackman) tras desactivar desde su laptop a todos los robots vigilantes de la ciudad e incluso atreviéndose a soltar al feroz robot volador Moose, con el propósito de enfrentarlo a un Chappie cuya conciencia deberá vencer ahora a sus resistencias programadas para restablecer el orden urbano e incluso sortear de insólita manera su sobrevivencia, y la de su Creador y la de su adorada Mami putativa.

La conciencia robótica se vuelca ante todo al trazo de un irresistible robot Chappie que sintetiza acendradas cualidades de su especie supuestamente única e intransferible, a saber: la ingenuidad de un E.T.-El Extraterreste de Spielberg 82 pero vuelto bebé repitetodo e imitatodo pero olvidanada prometido a la destreza pictórica y a la manipulación despiadada por los demás, la prístina ternura a contracorriente de un Frankenstein de Whale 31 que acaricia a un perrito en vez de ahogar a una chicuela en el arroyo, la fuerza arrasante de un RoboCop de Verhoven 87 monstruosamente edipizable a voluntad, el empeño afectuoso propenso a cualquier hazaña de un afanoso incasable Wall*E de Stanton 08, la voracidad hip-hopera de un desatado Johnny Depp sobrecargado de fetiches/emblemas/inscripciones/colguijes cual cadenas juvenil-lumpenosas en cualquier nueva Alicia en el país de las mamadillas de Carroll-Burton 10, y last but not least la precoz melancolía crepuscular de una meditativa gárgola medieval.

La conciencia robótica identifica abusivamente conciencia con autoconciencia, a la manera de los muñecos con problemas metafísicos del Toy Story de Lesseter 95, y con el concepto de alma, filosóficamente planteada como angustia naciente-póstuma, pregunta sin respuesta sobre el origen y la finitud intercambiables entre sí, asunción de la desaparición (siempre) temprana, acosado espíritu sentiente o voraz ánima experimentadora, al unísono o alternativamente, pero además como consecuencia lógica de una Inteligencia Artificial del mencionado Spielberg 01 anegada por un ya erizante narcisismo archicontaminado (“Soy un descubrimiento, soy una maravilla, soy Chappie”) e incipientes prepotencias fálicas.

Y la conciencia robótica ha logrado combinar de manera tan original cuan sugestiva las aventuras de ciencia-ficción y del thriller futurista con la alegoría sociopolítica más radical, al igual que las anteriores cintas de Bloomkamp, pues tanto Sector 9 y Elysium eran distopias enfocadas a la miseria esclavista provocada de manera lógica por la estratificación social extrema, aunque ahora su estridente metáfora prolongada y desbordante de la tiránica seguridad precaria e injusta y burlable e imposible se ha expresado en clave fresca, entrañable, de divertimento casi pueril y humorístico sin amarga ironía alguna, para culminar en ese formidable enfrentamiento de nuestro delicioso disminuido Chappie–David derrotando al flotante Moose-Goliat-Terminator a golpes literalmente bombásticos bombazos de honda bíblica armamentista, antes de la feérica secuencia de esa doble reencarnación-envío de Chappie y Deon a sus flamantes cuerpos robóticos, llevando a la Mommie/Yo-Land amorosamente guardada en un USB en itinerante búsqueda de otra envoltura carnal o metálica que sea digna de alojarla.

II. LA JUSTICIA SILENCIADA. En El mudo (Perú-Francia-México, 2013), demostrativo concertante opus 2 conjunto de los hermanos autores totales limeños en Madrid y Cuba formados de 39 y 38 años respectivamente Daniel y Diego Vega Vidal (corto previo: Interior bajo izquierda 08, meritorio largo anterior: Octubre 10), el feote juez provinciano recto hasta la severidad Constantino Zegarra (Fernando Bacilio grimoso) se crece desoyendo ruegos de misericordia al conceder con saña justiciera las penas más altas a los acusados por delitos menores que caen en sus manos y cuyos parientes lo maldicen en el distrito de Mala (bajo la jurisdicción regional de Lima), desatiende las necesidades afectivas domesticas tanto de su esposa cuarentona Otilia (Julia Ruiz) como de su estudiosísima hija adolescente presa de humillaciones románticas ya en trance de elegir carrera y destino Sheryl (Ana Lucía Pérez), sufre con jeta estoica vandalismos cotidianos contra su automóvil en el estacionamiento y, adoptando una irritante dignidad vista con sorna, se niega a cualquier tráfico de influencias o besamanos a los que pretende orillarlo su viejo padre coludido con su compadre Sánchez (Ismael Contreras) incrustados en la alta burocracia, hasta que es destituido de su puesto y baleado por un francotirador al detenerse en una avenida, pero no muere, pronto logra recuperarse, aunque queda mudo, a las órdenes de un nuevo turbio juez que ni siquiera se molestará en ejercer dentro del despacho y, respecto a la averiguación de su atentado, a merced de un cínico detective policial que sólo funciona mediante sobornos, por lo que deberá investigar él mismo en solitario, cebándose en uno sólo de los 800 sospechosos que lo odiaban a muerte, el escurridizo sicario fabril de baja monta Escalante (José Luis Maldonado) que acabará saltando desesperado al vacío desde una ventana.

La justicia silenciada pasa de lo particular individual de aquel prestamista misantrópico de súbito con bebé y asistenta edipizadora de Octubre, a la amplitud generalizadora de ese aborrecible juez incaico de banderita y crucifijo sobre el escritorio que navega a sus anchas entre mares de expedientes burocráticos y espacios mezquinos, en planos cerrados o abiertos a la pobreza dominante (gracias a la desglamourizada fotografía del polémico documentalista mexicano Lorenzo Hagerman de 0.56% ¿Qué le pasó a México? 10), ávido de ratificar el viejo dictum de Voltaire “Quien sólo es justo, es duro; quien sólo es sensato, es triste”, a quien de pronto le es kafkianamente imposible irrumpir en las antesalas virreinales de las autoridades basura a las que con implacable verticalidad servía y ya no le queda sino comprobar que los cristales quebrados de su portezuela eran su única aureola zarandeada y que sólo le resta el llanto a escondidas y practicar los ejercicios para hablar con el esófago a través de un micrófono en un erial abandonado.

La justicia silenciada enfila toda la carga pesada de su fábula psicosociológica, típica de cierto cine andino adulto y culto pero sordo y gris, contra el poder judicial, cuya corrupción parece garantizar hoy en día el progreso de un Perú bien asentado en ella, con cualquier tópica, pintoresca, pícara y abyecta cantidad de arreglos y “cojudeces por el estilo”, una mega e hiper y metacorrupción adoptada de manera global y consciente, esa corrupción-ámbito contra la que más temprano que tarde acabará estrellándose la antigua rectitud más acendrada, cuantimás ahora debilitada y disminuida por una adúltera esposa rechazante tras la cortina de la ducha desnuda, a quien no le “importa de dónde llegue el dinero siempre y cuando llegue”, y por una hija que renuncia a estudiar derecho para dedicarse a reflexionar y ponerse a trabajar ocultándole a su padre un embarazo no deseado.

Y la justicia silenciada acaba orillando al pinche mudo, esa infeliz aunque privilegiada criatura de inmoralista parábola moral o episódico teatro del absurdo urbano, a que se refugie, cual daño colateral o producto vil de una posbuñueliana justicia poética, en el delirio esquizoparanoico y en un mundo onírico, que culminará en una monumental y ya perpetua fiesta doméstica a modo de danza macabra, con el vejete pariente corrupto bailando orgiásticamente con la chava en vías de serlo, mientras el angustioso mudo se encierra en la alcoba matrimonial para bailar a su vez, con la madre difunta recién descolgada de una pintura desde empoderada grotesca en la cabecera, reinante, acuciante a morir y acariciante como la corrupción misma.