Opinión

Blomkamp y Abud: sojuzgando


 
 
I. LA DESIGUALDAD TRIVALENTE. En Elysium (EU, 2013), trepidante segundo filme cienciaficcional del autor total sudafricano aún especialista en efectos visuales de 34 años Neill Blomkamp (tras su asimismo original Sector 9 09), el religiosamente amansado operario manual de la compuerta de una central nuclear futura, Max (Matt Damon pavorosamente pelón), inicia su día decisivo recibiendo tremenda paliza rompehuesos por querer bromear con un robot vigía y contaminándose con radiación letal en su trabajo, a causa de lo cual, para curarse, intentará penetrar en el planeta artificial Elysium, exclusivo para los amos privilegiados, si bien auxiliado por su leal amigo sacrificable Julio (Diego Luna), vuelto cyborg por el mafioso Spider (Wagner Moura), injertado cerebralmente al azar con reprogramadora información subversiva y enfrentándose, tanto a la golpista archisádica secretaria de guerra Delacourt (Jodie Foster), como al desalmado mercenario Kruger (Sharlto Copley), hasta alcanzar su objetivo, salvando de paso a la hijita leucémica de su exenamorada infantil Frey (Alice Braga) y muriendo en el combate liberador de su especie.
 
 
La desigualdad trivalente se autopropone y propulsa, de acuerdo con una primera valencia/reconversión, como una acerba metáfora de la sociedad contemporánea cada vez más polarizada y apenas encubierta como futurista, donde ya sólo existen los seres opulentos que habitan en un Eliseo paradisíaco y los infraseres jodidos que moran en un submundo cual esclavos de postApapartheid sudafricano a nivel mundial (Blomkamp sabe de qué está hablando) que difícilmente pueden sobrevivir en el polvo, la sobrepoblación y el desempleo, haciendo gozosa y fotogénica, aunque erizada, realidad las peores distopias pesadillescas del siglo XX que iban del Un mundo feliz de Huxley a la visionaria prehitleriana, no obstante a la vez profética y esquemáticamente reconciliadora imposible de los polos, Metrópolis (Lang 26), pero de modo subrepticio nuestro filme situado en Los Angeles 2154 también se plantea como una sucia alegoría shocking/mind-fucking sobre la actual relación de servidumbre-neoesclavitud entre EU y México (lugar donde se filmó parte de la cinta), o por extensión, entre el Primer Mundo y el Tercer Inmundo, en general, con tan sólo una mágica salida trasnochada para su conflictivo nexo.
 
 
La desigualdad trivalente se desarrolla, de acuerdo con una segunda valencia/reconversión, como una vertiginosa cinta épica de poshistorietísticas aventuras interplanetarias, en la línea de la vieja serie del Hombre Biónico, vuelta atávico inconsciente colectivo y en la añoranza del subgénero fílmico de los cyborgs y robocops, con fuerte dosis de manipulación genética, con aerodinámicas naves espaciales de las que les sobraron a Ridley Scott (Prometeo 12) y a J.J. Abrams (En la oscuridad: Star Trek 13), al mismo nivel de churrazos tipo Titanes del Pacífico (Del Toro 13), más algunos platillos voladores/drones, maquinaria bélica glorificadora del hierro ascendida a efectóptica chatarra estilo Terminator/Avatar (Cameron 84/09), barroca profusión diferencial de armas fulminantes e inacabables duelos mortales a puño limpio.
 
 
Y la desigualdad trivalente se resuelve, culmina y se degrada/sublima, de acuerdo con una tercera valencia/reconversión, como una fábula sobre el derecho sin distingos a la salud pública y como calvario suprarredentorista, con un celestial Starman mesiánico (Carpenter 84) por cierto pacto pueril en flashback reblandecidamente predestinado.
 
 
II. LA JUSTICIA INALCANZABLE. En La lucha de Ana (República Dominicana-México, 2012), internacionalmente multipremiada opera prima del joven dominicano Bladimir Abud (entre su corto patriótico Un joven llamado Juan Bosch 10 y el largo satírico sobre superhéroes Los súper 13), con guión suyo y de Alfonso Rodríguez y Jorge Núñez, la humildísima pero esperanzada vendedora de flores en el mercado nuevo, Ana (Cheddy García), sufre el homicidio de su hijo modelo estudiante de pintura a manos del opulento júnior drogadicto mitad mexicano Esteban (Antonio Zamudio), a quien consiguió grabar con su celular en el confuso momento del tiroteo, ante la impotencia del amigo narcomenudista Raúl (Esmaylin Morel), por lo que la desesperada mujer, aconsejada por una coma(dre) y contando con esa prueba y el testigo oculto, recurre a un insumiso viejo abogado de la tele para enfrentarse al intocable padre político omnipotente, Joaquín (Mario Lebrón), y a su atrabiliario matón uniformado Capitán García (Miguel Ángel Martínez), creyendo poder vencerlos, estrellándose con pavor y provocando una mortandad, aunque sin sucumbir del todo en el intento.
 
 
La justicia inalcanzable retrabaja el melodrama latinoamericano de manera desconcertante y contradictoria, a conciencia y abrupta, finísima y burdota alternativamente: por un lado, ese uso del hiperrealista plano fijo muy abierto con certera interacciones al off en el más revolucionado estilo del portugués Joao Canijo (Sangre de mi sangre 11), esa sobriedad límite en la heroína madura por completo desglamourizada, esas expeditas muertes a granel de salvaje modo indirecto sin complacencia alguna. Y por el otro, esas ineptas hiperfragmentaciones tremebundistas amorperrunas, esos abalances en cámara lenta hacia el difunto querido, esa chafísima musiquilla telenovelera con atronadores tamborazos y dolientes intermezzi cursilíricos, esos demasiados personajes esquemáticos para escenificar explicaciones obviables, esa caída del celular del brassier a un agua de carcajeante pena ajena y así.
 
 
La justicia inalcanzable magnifica con discreción, y sin sublimarlo, el sufrimiento central de la madre en lucha y la ostentación de su vida destrozada. Radical y temerario en su desafío contra los representantes más feroces del establishment; un sufrimiento más corporal que otra cosa: mi cuerpo contra el mundo, hasta pagar con sexo la adquisición de un arma al expresidiario pretendiente frutero aprovechado, hasta la patiza inmisericorde o la bárbara quema de la vagina para el hospitalizable escarmiento.
 
 
Y la justicia inalcanzable culmina en un inusitado elogio al linchamiento, macroajusticiador del heredero de la clase política y del sádico secuaz mayor, gracias a una fuenteovejuna barrial medio sacada de la manga solidaria por dramática sorpresa; un linchamiento anómalo incluso en aquel violentísimo país supermachista donde es perfectamente legal andar armado hasta los dientes y se considera corriente el abuso institucional, un linchamiento que rompe en tumulto de uno con la zarandeada resignación de las cintas del mismo tipo (hindús y demás) sobre la necesidad de hacerse justicia por la propia mano en vista de la corrupción clasista de la Justicia, un linchamiento que procurará el sabroso final feliz de un distinto amanecer libertario a base de sombríos cadáveres sanguinolentos en la vía pública miserable para contrarrestar aquella alucinante iconografía de velas y veladoras al infinito en una pintoresquista calle entera.