Opinión

Berghe y Soderbergh: surtiendo


 
I. EL IMAGINARIO AZUL. En Pájaro azul (Bélgica-Francia, 2011), segundo filme del esteta experimentalista belga de 26 años Gust van den Berghe (cortos Mi papá y yo 06 y En la superficie 07, largo El Niño Dios en Flandes10), con guión suyo basado en la feérica fábula teatral (1909) del Nobel belga Maurice Maeterlink si bien ahora aclimatada en Togo y filmada en colores por completo virados al azul, la encantadora niña negra de 9 años Téné (Téné Potey) y su hermanito reacio al baño 3 años menor Bakiokadé (Bakiokadé Potey) liberan impremeditadamente a un raro y muy apreciado pájaro azul que después irán a buscar en los confines de la aldea hasta que lleguen al mar y deban retornar a su punto de partida al final de la jornada.
 
El imaginario azul surte su gran belleza simbólico-sensorial de película-objeto entre páramos y llanos de la sabana occidental africana, al ir trazando el itinerario humano de un fantástico viaje iniciático en busca de la Felicidad, concepto que va definiendo y redefiniendo y depurando, al tiempo que acomete la educación sentimental de sus tiernos niñitos.
 
El imaginario azul se desenvuelve a modo de una novela de crecimiento o un stationendrama, topándose los chavitos primero con los cuentacadáveres abuelos muertos que sólo reviven cuando alguien piensa en ellos y a quienes despojan de una paloma desafortunadamente blanca en jaula, luego con el padre leñador-carpintero de muebles que carga en su motocicleta un ataúd, con unos pobladores que emigran en trailers, con el jefe del Jardín del Placer que quisiera promover sólo placeres terrenales, con una turbamulta que quisieran vengarse del padre por depredador vegetal, con festejantes tribales que les enseñan danzas y cánticos, y con un monarca del Futuro en cuyo reino los niños aún aguardan en fila obligatoria el turno para su nacimiento, en una travesía donde cada encuentro estará en el origen de un primordial planeta ejemplar-didáctico de El principito de St-Ex y donde aquellos pequeñines aún sin nacer remiten forzosamente al célebre gag de los espermatozoides en tropel encabezados por Woody Allen (en Todo lo que usted siempre quise saber sobre el sexo, pero temía preguntar 72), sobre todo por el gorrito de condón que deben portar sobre sus cabezas.
 
El imaginario azul se plantea a años-luz de las versiones hollywoodenses del mismo tema (la muda de Maurice Tourneur 18, la sonora de Walter Lang 40 con Shirley Temple y la de Cukor 76 coproducida con Mosfilm) porque en todas sus instancias estilísticas tiene mucho más que ver con el cine mítico popular africano que con la siempre apagada pero obsesiva cinematografía europea a la que pertenece, al grado de que todas sus imágenes morigeradamente visionarias parecen haberse inspirado en cintas a la altura de Yeelen / La luz, la flamígera obra maestra sigue siendo del maliense Souleymane Cissé (87), tanto como en esa disponibilidad espiritual de los más jóvenes para desafiar los abusos del poder adulto, absoluto.
 
Y el imaginario azul deslinda el repertorio de las 1,000 y una posibilidades de la imagen en azul, desde el tornasolado hasta el casi bugambilia, desde el azul sosegado hasta un azul demente, por así decirlo, para determinar sistemáticos planos abiertísimos en el viejo formato cinemascope donde la acción ocurre siempre a lo lejos, lejísimos, sin escala de acercamientos, o planos medios donde los padres aparecen de continuo decapitados, y sólo permite cercanía a los rostros de los niños, pues únicamente ellos podrán darse cuenta de que la verdadera felicidad-pájaro azul siempre estuvo en casa y nunca salió de ella.
 
II. LA CADENA ANTI- DEPRESIVA. En Terapia de riesgo (Side Effects, EU, 2013), filme 24 del estilista de apenas 50 años Steven Soderbergh dando bandazos entre la sociopolítica radical (Traffic 00, Che el argentino 08, Contagio 11) y el divertimento brillante (Ahora son 13 07), con guión de Scott Z. Burns, la linda pero infeliz joven casada neoyorquina Emily (Rooney Mara cautivante) ha debido recurrir a medicamentos antidepresivos a raíz de que su amoroso marido Martin (Channing Tatum) ha sido encerrado en una prisión por tráfico de influencias, pero al ser éste excarcelado nada parece mejorar en su salud debido a los efectos secundarios que las pastas cada vez más severas le provocan, hasta que en estado de sonambulismo choca su auto contra una pared y es asignada a fortiori por los jueces al avanzado psiquiatra Banks (Jude Law) que le va modificando sus fármacos por prueba y error, dando con un producto medio milagro medio desconfiable llamado Ablix que primero parece probarle y acaba trastornándola y orillándola a ultimar a cu- chilladas a su esposo en rehabilitación, sin embar- go ella pronto será exonerada gracias a la ambiguamente malévola intervención de la arribista doctora provinciana Siebert (Catherine Zeta-Jones grotesca) que la inició en los fármacos, si bien poniendo en riesgo la carrera y el bienestar del doctor Banks, quien no tardará en descubrir una subtrama perversa y criminal por debajo de la más aparente.
 
La cadena antidepresiva aborda impredeciblemente su tema, en una acezante parte inicial, desde al menos tres agresivos y estridentes enfoques distintos: la antidepresión como fenomenología sorprendente, la única y verdadera cultura-epidemia globalizada que devasta a la sociedad consumista en el mundo posindustrial; la antidepresión como repertorio del terror y las miserias civilizadas, al hacer una tajante vivisección de los pacientes víctimas del estrés inhumano cuya consecuencia la depresión devasta y hunde sin remedio posible en puerta, y la antidepresión como vía expedita hacia el sometimiento degradante de los médicos a meros recetadores autorizados y agentes mercenarios al servicio de los intereses farmacéuticos transnacionales, tan viles como desalmados éstos como se pueda, para lograr prestigiar, por propaganda positiva o negativa (lo mismo da) sus nuevos productos, nocivos o inocuos (también da lo mismo) en el mercado escandaloso, candente, voraz.
 
La cadena antidepresiva fatiga sorpresivamente su tema, en una retorcida segunda parte, a modo de un psicothriller perturbado sobre perturbaciones mentales, con giros truculentos no demasiado lejanos a los modelos impuestos por Las diabólicas (Clouzot 55) y su remake Diabolique (Chechik 96), ahora con retrógrados subtextos sobre la malignidad innata de las pasiones lésbicas o así.
 
Y la cadena antidepresiva viaja del vértigo al tremebundismo, y de ahí al abismo de la conciencia y el deseo, que termina produciendo una impresión de caos e inane retorcimiento ficcional, de mucho ruido para nada, no muy lejana a la eroparadoja-boomerang del hombre-objeto que quería ser sujeto en Magic Mike (Soderberh 12), hasta culminar en la captura por engaños pueriles de la docta maquiavélica, la victoria de la maldad femenina traidora y el irónico restañamiento de la dicha doméstica del acosado doctorcito.