El origen del racismo y la grandeza mexicana
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

El origen del racismo y la grandeza mexicana

COMPARTIR

···

El origen del racismo y la grandeza mexicana

22/05/2018
Actualización 22/05/2018 - 14:14

La semana pasada se hizo viral en redes sociales un video en el que el abogado estadounidense Aaron Schlossberg acosa y amenaza a trabajadores hispanos de un restaurante de comida rápida por hablar español en horas laborales. En el video, Schlossberg (apellido alemán que significa 'cerro del castillo') dice que dado que se encuentran en el centro de Manhattan (palabra indígena que significa 'isla con muchos cerros'), están obligados a hablar en inglés. Schlossberg reclama a una persona que parece ser el gerente del local de comida rápida que sus empleados están hablando español y amenaza con alertar de su presencia a las autoridades migratorias para que sean deportados. Sus desplantes agresivos y ridículos, y sus frases típicas del racismo encubierto, generaron la indignación general y llevaron el video a la categoría de viral en redes sociales. Un dato curioso poco conocido es que Estados Unidos no tiene idioma oficial. Hablar español –o cualquier otro idioma– no es ilegal en ese país. No había materia normativa, pues, para hacer un reclamo, y como abogado, Schlossberg seguramente lo sabía. En el fondo no era más que una protesta motivada por prejuicios racistas.

El racismo es un fenómeno humano que además de ser despreciable tiene muchas formas de manifestarse. Es raro, por ejemplo, que el racismo se dirija a personas que tienen el fenotipo con el que se identifica la élite de una sociedad. Sería muy extraño, por ejemplo, que un hombre blanco sea discriminado en Estados Unidos por su aspecto. El racismo generalmente va dirigido a las minorías débiles y pobres en una sociedad, en este caso específico a hispanos, probablemente mexicanos, que son quienes integran algunas de las comunidades más pobres y menos organizadas en Estados Unidos.

Una arista de este caso que resulta especialmente triste es que el señor Schlossberg pertenece a la comunidad judía de Nueva York. Como sabemos, el pueblo judío ha sido, y sigue siendo en muchos lugares, víctima de graves actos de discriminación, y que en distintos episodios de la historia sufrieron persecución e intentos de exterminio. Nadie, y mucho menos quienes pertenecemos –me sumo como mexicano– a comunidades que son discriminadas o acosadas, deberíamos hacer lo mismo con otros. Pero sucede que en el contexto del racismo norteamericano de hoy, Schlossberg es y actúa como un hombre blanco majadero y lleno de prejuicios contra los hispanos, que son una minoría con piel morena, pobre, y en el caso de los migrantes sin papeles, casi sin derechos y por tanto expuestos a cualquier tipo de abusos.

Crecí cerca de la frontera con Estados Unidos. En una ocasión acompañé a un tío en un viaje a Phoenix, Arizona. Mi tío, que para ese momento era un hombre de edad, tenía un aspecto bastante llamativo, seguramente heredado de uno de sus abuelos, que era alemán. Medía la friolera de 1.90 metros, tenía la cabeza cubierta con un espeso pelo completamente blanco, además de unos enormes ojos azules y mejillas rosadas por el contacto con el sol del desierto sonorense. Se mezclaba perfectamente con los hombres blancos nativos de Arizona, y tal vez por eso un grupo de personas en la calle se le acercó para pedir su firma en una petición que promovía una ley que, de ser aprobada, haría del inglés el idioma oficial en ese estado. En términos prácticos, esta petición afectaría directamente a la comunidad mexicana de Arizona, pues prohibiría la educación pública en español, la traducción al español de documentos oficiales y –como Schlossberg hubiera querido– hablar español en lugares de trabajo, entre otras cosas. En suma, una propuesta nativista, dirigida de forma directa a perjudicar a la comunidad mexicana, y que bajo un argumento de defensa nacionalista a la cultura era, en el fondo, racismo encubierto. Después de una larga explicación sobre los motivos de la petición de la firma, durante la cual mi tío se mantuvo imperturbable, tuve que acercarme y explicar a los promotores que mi tío era mexicano y que no hablaba una sola palabra de inglés. Ese incidente me ha llevado a hacer muchas reflexiones sobre las distintas formas que puede adoptar el racismo. Era evidente que los promotores de la ley se acercaron a mi tío porque tenía el empaque del hombre blanco de cultura racista que apoyaría una ley como esa. Por lo mismo, no se acercaban con su petición a personas con sabor latino como yo, por ejemplo. No la hubiera firmado de cualquier manera.

Otra reflexión que me provocó ese episodio es mucho más sombría y tiene que ver con el lugar que ocupa México en el entorno internacional. A nadie se le ocurriría que se prohibiera hablar francés en un restaurante de comida francesa. Al contrario, la práctica de ese idioma en un restaurante elegante es algo sumamente chic. Nadie vería mal que en un restaurante italiano los empleados hablaran ese idioma con los comensales o entre ellos. Sin embargo, hablar español en un restaurante es algo que de acuerdo con muchas personas en Estados Unidos está mal y debe prohibirse. Nuestro fracaso para convertirnos en un país próspero y poderoso ha limitado nuestra capacidad para tener estatura, pisar fuerte y gozar de pleno respeto ante los demás. Nos discriminan porque el racismo conlleva prejuicios culturales e ignorancia que hay que combatir con educación, pero debemos tomar en cuenta que esos prejuicios se alimentan del hecho de que somos un país débil y que no hemos logrado ocupar el lugar en el mundo que realmente le corresponde a la grandeza mexicana. Mientras no resolvamos las claves de nuestro subdesarrollo no podremos liberar a nuestros paisanos de episodios de discriminación y acoso. Eso es nuestra culpa colectiva y tenemos que trabajar en ello.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.