Opinión

Bendjelloul y Castaing: docufantasmeando


 
I. LA ROCKIDOLATRÍA INCÓGNITA. En Buscando a Sugar Man (Suecia-RU, 2012), primer largometraje docuficcional del prominente TVdocumentalista sueco de 35 años Mark Bendjelloul (más de una década elaborando cortos musicales sobre Rod Stewart, Madonna, Sting, Bjork, U2, Mariah Carey, Elthon John, Kylie Minogue, o en torno a los pioneros electrocústicos-pop germanos Kraftwerk y gruesísimos grupos de heavy metal, además de la serie hebdomadaria escandinava de periodismo cultural, Kobra), se basa en un habilísimo guión suyo para lograr, a la vez, una puntual evocación, un retrato post mortem (acaso víctima de un pavoroso suicidio, quizá fallecido al areder cual Juana de Arco en el escenario - hoguera mismo a causa de un incendio seguramente provocado por él mismo)... 
 
... y una crónica puesta al día del roquero mexicano-estadounidense pronto septuagenario (Sixto) Rodríguez, y así generar un filme de culto instantáneo, archipremiado en festivales ultraexquisitos y oscareado, ya cargando con una reputación planetaria de “el mejor documental sobre rock jamás filmado”. La rockidolatría incógnita se vale en lo fundamental de una astucia narrativa, una argucia majestuosa, un intempestivo truco de prestidigitación reporteril, producto de la investigación contra viento y marea del equipo de rodaje de la película que estamos viendo fascinados por ciertas baladas de increíble originalidad que se grabaron hace demasiados lustros, para ocultar al principio y hacer aparecer a media película, cual prodigioso resurgimiento, como verdadera Resurrección sacra, a su hasta ahora ignorado pero sorprendente personaje, tanto por la arrolladora virtud magnética de su música y la secreta calidad profética de sus letras como por su paso meteórico y carente de éxito alguno por el firmamento roquero sin apenas rozarlo, la leyenda en ruinas mórbidas que lo rodeaba en Estados Unidos, el delirante contraste con la increíble popularidad de que gozaba en un lejano país tan gigantesco y poderoso como Sudáfrica (sólo comparable con la de Elvis Presley o Bob Dylan: sus “pálidos” coetáneos) y las secuelas (también maravillosas, discretas como una recaída en el ostracismo) de su redescubrimiento, hasta en su país natal, involucrando a toda la familia del ídolo juvenil apenas grabado y difndido. La rockidolatría incógnita pone en ridículo y trastoca, con humor y agudeza, más una multidimensional y plurindagadora estructura de rompecabezas, toda idea de la celebridad y el éxito, la fama y su relatividad, al apoyarse en la paradoja del Misterio, porque sí algo por definición carece de cualquier forma misterio sería precisamente hoy la espectacularidad del rock, estallada o no, incluso convocando los ya rutinarios ocultismos o satanismos de antes, o las transgresiones genito-transexuales de moda (tipo el archiprovocador filme-show Peaches se conquista a sí misma de Peaches 13, por ejemplo).
 
Y la rockidolatría incógnita hace un elogio de la probidad que raya en el amor loco a la honradez y la consecuencia consigo mismo, exacto en el mundo efímero del rock caracterizado por la mayor frivolidad, instantaneidad, fatuidad, corrupción y banalidad concebibles: todo ello a partir de una criatura inasible y complejísima, que nunca deja de ser una simple silueta vagabunda, una figura distante, un habitante de los baldíos de la urbe y del universo roquero, marginal a la fuerza y luego por decisión propia, flotando como un meteorito o una entidad abstracta y etérea, una línea de fuerza pasando por encima y por debajo del edificio de la Kultura hipercomercial establecida pero también atravesándolo, aunque sólo sea por el espacio de una película mágica si las hay, dotada de un carisma entregado y vencido de antemano, por completo genuino e irrepetible.
 
II. EL FAUVISMO NÁUTICO. En Leviatán (RU-Francia-EU, 2012), docufantasía infernal con dirección-fotografía-producción-sonido-edición conjuntas del profesor de artes visuales londinense-harvartiano de 46 años Lucien Castaing-Taylor (primer documental largo: Dulcehierba 09, codirigido con Ilisa Barbash) y de la antropóloga suiza cuarentona Verena Paravel (galardonado debut: Partes foráneas 10, en correalización con J. P. Sniadecki), premio Fipresci en Locarno 12 y controversial triunfadora del III FICIUNAMlos arduos trabajos y los atroces días en altamar de un raquítico buque pesquero y su inmisericorde ámbito marítimo en el Atlántico del Norte son visualizados como esculturas de Donatello a mil por hora en medio de las fieras, o cual pinturas artificiosas con feroces y salvajes colores restallantes, doblemente fauvistas, pues al surcar las raudas aguas desde la antigua capital ballenera de New Bedford, bajo pretextos cívico-laborales, a lo John Grierson: he aquí la brutal pesca de arrastre arrasando y destrozando todo lo atrapado en las modernas redes metálicas, pero al mismo tiempo lírico-literarios, ya que se trata de los mismos mares que atravesaba el Pequod de Melville en pos de la mítico cetáceo blanco Moby Dick, ese nuevo monstruo marino semejante al Leviatán descrito en el hebreo Libro de Job, interpretado por la tradición sacra en el sentido del demonio.
 
El fauvismo náutico hace retornar la época dorada del cine de la fotogenia vanguardista de finales de los veinte, haciendo accesible lo que entonces parecía inasequible para generar en este caso un verdadero ensayo pictórico en movimiento, volcado hacia un delirio plasticista un poco en el vacío, alucinante/alucinado y posexperimental, arrobado en la contemplación atónita y paralizante de su propio ombligo abismal, apocalíptico e insondable. El fauvismo náutico lleva muy deliberada y propositivamente hasta sus últimas consecuencias las posibilidades expresivo-estéticas actuales, perentorias aunque ultraespectaculares, de la llamada técnica de la “cámara ciega”, las diminutas cámaras abandonadas, de hecho 12 prodigiosas GoPro que filman en altos contrastes y con precisión, bajo las condiciones más insólitas o extremas posibles, tan salpicadas como se quiera, puesto que las camaritas se han adherido o ensartado en cosas y personas, mástiles de proa, fornidos brazos tatuados, cuerpos de ave entrando y saliendo del mar, salas de máquinas, planchas transportadoras de pescados o estelas de mierda, al darles un uso y un abuso inéditos, inmersas a lo bestia y en abundancia, a veces ad nauseam, obteniendo puntos de vista considerados imposibles, cual desorbitamiento vertiginoso de pescados a punto de ser destazados. Y el fauvismo náutico jamás se atreve a confesar se abiertamente como designio impresionista de sí mismo, haciéndose oscuramente sospechoso bajo su deslumbrante luminosidad, protegiéndose tras el señuelo de la antropología, de la simbólica poética de fin del mundo y una instintiva visceralidad fílmica al fin victoriosa, mareadora, hartante y admirable, por ello dedicada a la memoria de los navíos perdidos en las costas de Nueva Inglaterra.