Opinión

'Bellas de Noche', el tiempo es inclemente

 
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Bellas de noche.

Bellas de Noche, de María José Cuevas, debe resultar atractiva sólo por los personajes y el mundo que aborda: las vidas, dentro y fuera del escenario, de las más célebres vedettes de los 70 y 80 en México. La profesión misma arrastra connotaciones distintas, y Cuevas lo registra así desde las primeras escenas, cuando una cámara de televisión de aquellas décadas entrevista a un grupo de personas antes de entrar a un show. ¿Qué es una vedette? ¿Una artista en sentido estricto o sólo una mujer que exhibe su cuerpo?

Tras ver Bellas de Noche, cualquier definición se queda corta. Las vedettes que conocemos –Olga Breeskin, la Princesa Yamal, Lyn May, Rossy Mendoza, Wanda Seux– se asemejan sólo en apariencia, en sus labios henchidos de bótox, sus rostros cincelados por el bisturí y sus curvas de silicón. No obstante, a medida que la cámara y las preguntas de Cuevas calan más hondo, las mujeres se revelan como personas muy diversas entre sí. Algunas aceptan el paso de los años; otras se refugian en la religión para salvarse. Algunas se miran con humor; otras hablan de sí mismas en tercera persona. El colorido de sus casas, sus camerinos y escenarios, y el pathos con el que muchas platican sus penas, supera a cualquier ficción almodovariana. Ya quisiera el gran director manchego tener a Wanda Seux en una de sus películas.

Como personajes complejos y tridimensionales, no todas las vedettes dan el ancho. Conforme los retratos se amplían, Cuevas poco a poco se aleja de Lyn May, que nunca parece hablarle a la cámara sin su disfraz puesto. Eso no ocurre con la Princesa Yamal o con Seux, quienes se apoderan de la película, y con toda razón. Hacia la segunda mitad se revela que esta última sufre de cáncer y teme perder su gran melena rubia. La vemos rodeada de french poodles, su única compañía, en una casa donde cada objeto parece recogido de la calle, al azar. No hay patetismo ni morbo en su retrato. A través de ella, Cuevas presenta una meditación sobre la soledad de la vejez, la inclemencia del tiempo y el negocio del espectáculo, el capricho de la juventud y la belleza. Dos momentos de Seux –cuando durante un show se quita la peluca y un monólogo a cámara– son de lo más conmovedor que he visto éste o cualquier otro año. Así consistiera únicamente de esos instantes, Bellas de Noche valdría el boleto.

La honestidad absoluta de esta vedette contrasta con la artificialidad de algunas de sus compañeras a cuadro.

Bellas de Noche podría utilizar los bretes de salud y de trabajo por los que atraviesan las vedettes para provocar suspenso, pero más bien prefiere indagar lentamente hasta llegar (o no) al meollo detrás del maquillaje, las plumas y las lentejuelas. La mirada no es exotista, ni recalca la peculiaridad de sus mujeres. Las ve con compasión, cariño y, finalmente, esperanza. Es un milagro que nos arranque una sonrisa. Al final, sin embargo, Cuevas lo logra.

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