Opinión

'Beauty and the Beast', un refrito injustificable


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Beauty and the Beast. (https://www.google.com.mx/search?q=film+Beauty+and+the+Beast&tbm=isch&imgil=pxjyPi1P88aKrM%253A%253BDvRRKDmaM-VUoM%253Bhttps%25253A%25252F%25252Fen.wikipedia.org%25252Fwiki%25252FBeauty_and_the_Beast_(2009_film)&source=iu&pf=m&fir=p

Si el refrito de Beauty and the Beast básicamente repite a la original, ¿por qué deja tan mal sabor de boca? Para entender lo que no cuaja basta ver al monstruo.

La bestia de la original es una de las grandes creaciones animadas, inspirada cruza entre oso, bisonte y carnero, cuya gran virtud era la ductilidad. Temible en un principio y adorable al final, podía ser horrorosa, enternecedora y, por supuesto, cómica. Esta nueva bestia, interpretada por Dan Stevens, es un fisicoculturista peludo, con trompa al estilo Zoolander, ni humano ni animal. Con una depilada y una visita al odontólogo, la bella podría ahorrarse la transformación a príncipe.

Dirigida por Bill Condon, con Emma Watson en el papel de Belle, la adaptación malentiende el encanto de la caricatura, obra maestra de la animación a la antigüita, reemplazando la sensibilidad y el auténtico tono romántico con empalagosos espectáculos.

No es que Beauty and the Beast de 1991 sea intocable. Los clásicos están ahí para readaptarse, retomarse y hasta destruirse. Este remake, sin embargo, no se despega lo suficiente del material original como para ameritar su producción, y cuando innova es un fiasco. Las nuevas tramas, fabricadas para explicar innecesariamente el pasado de los personajes, frenan la acción en seco, en parte porque el esqueleto de la película sigue siendo el mismo. Algo similar ocurre con las canciones: cada adición se siente como un parche o un desvío. Y los escenarios, escenas e instantes repetidos no siempre funcionan por serle leales a la caricatura. Un candelabro francés llamado Lumiere es una creación evidentemente concebida para dibujos animados. Su traducción al mundo digital (que imita al mundo real) resulta en un lamentable punto medio, que no es ni caricatura ni candelabro. Así es la adaptación de Condon, como su bestia y sus criaturas: lamentables puntos medios.

Los mejores momentos, claro, vienen de la original. Salvo por una nueva canción que pasará por nuestros tímpanos sin pena ni gloria, la música de Howard Ashman y Alan Menken aún entusiasma, y sus letras, así estén coreografiadas con poco ingenio, siguen calando (¿hay mejor letra de Disney que cuando Belle canta I want adventure in the great wide somewhere?). No importa en qué formato ocurra: es muy simpático ver a la bestia emperifollada para impresionar a la chica.

Lo demás parece producto de laboratorio, calculado para no caerle mal a los fans de la original, no cambiar mucho la fórmula y apelar a quienes exigen cine comercial incluyente, creando una historia desorientada: Beauty and the Beast nos sitúa en el mundo real, donde se castiga a las mujeres cultas, pero no tiene bronca en presentarnos a dos parejas interraciales en la Francia del siglo XIX. Ese horrible punto medio, otra vez: la película no sabe si ocurre en la realidad o la fábula. Los números musicales también están varados entre la sicodelia de Fantasía y las limitaciones de filmar con actores de carne y hueso que no pueden, por ejemplo, levantar un banco con tres personas encima, como hace Gastón en su (genial) canción.

Disney ya ha demostrado que los remakes funcionan. Pete’s Dragon, en particular, reinterpretó la versión original y nos dio la mejor película de su tipo del año pasado. Con Beauty and the Beast Disney da un paso atrás, entregando un refrito que está a un pelo de ser un robo. Un remake injustificable.

Twitter: @dkrauze156

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