Opinión

Barnard y DeMonaco: inadaptando

I. LA INFANCIA EXPLOSIVA. En El gigante egoísta (The Selfish Giant, RU, 2013), austero debut ficcional de la artista visual californiano-británica de 48 años Clio Barnard (cortos Actos rescatadores de la intimidad 02 y Diluvio 03, documental biográfico-femiliterario La enramada/The Arbor 10), con guión suyo y de Lila Rawlins basado en el relato homónimo de Oscar Wilde, el explosivo niño hiperkinético espástico de 13 años Arbor (Conner Chapman) y su tierno amigo gordito por él malinfluenciado Swifty (Shaun Thomas) se hacen accidentalmente de cables eléctricos partidos en las vías férreas por una gavilla delincuencial y se los venden al hosco chatarrero atrincherado en su redil Kitten (Sean Gilder), quien pronto concebirá como una mina muy redituable a esos providentes chavos propensos a la definitiva expulsión escolar, decide explotarlos y les presta un carrito tirado por un caballo para sus recolecciones cotidianas, pero suscita una violenta escisión entre ellos por querer complacerlo, pues mientras el problemático Arbor saquea cables de donde sea por mera codicia, incluso al propio Kitten, para vendérselos a chatarreros malvados de un pueblo cercano que lo defraudan, el amoroso Swiftty se clava en su afición por los caballos y logra ser nombrado por el patrón chatarrero como su jockey para las próximas carreras comunitarias sulky, hasta que el celoso Arbor orilla al ingenuo Swifty a acompañarlo en un robo de cables de alta tensión en una torre eléctrica donde fallecerá electrocutado, provocando que el conmovido Kitten se haga aprehender al echarse toda la culpa y dejando al otro chavo solo y remordido.

La infancia explosiva duplica el número de los chicuelos, así como las naturalezas que anteponen dialécticamente sus comportamientos (el colérico incontrolable, el blando de corazón), al operar al interior del victoriano cuento de hadas wildeano supuestamente infantil, sobre la secreta herida del amor, para enseñarle a los niños la virtud de la generosidad, ganándose así el paraíso, y transformarlo en una contemporánea narración filosófica, una dura fábula moral sin moraleja, dándole vueltas de tuerca tanto al agresivo desamparo de El chico de la bicicleta de los implacables impecables Hermanos Dardenne (11), como al entorno miserable/antimiserabilista de los cartoneros en carromato de la docuficción argentina Yatasto (Paralluelo Fernández 11), ahora con chavos víctimas de sus problemáticas relaciones familiares, pero también de su codicia y de sus necesidades de contacto afectivo desviado hacia la amistad competitiva, el atropello y la urgencia de triunfo social desde cualquier edad. La infancia explosiva se afinca en la sofocante periferia de Bradford al norte de Inglaterra para hacer predominar grises atmósferas fuliginosas que sustituyen irónicamente al Jardín del Gigante original, remitiendo más a las añoranzas autobiográficas de Terence Davies (Voces distantes aún vivas 88) que a las ficciones proletarias ejemplares de Ken Loach (Kes 69 ya sobre un chavito mercurial), dosificando con sabiduría la nocturna fotogenia invernal de los silos y las torres esqueléctricas (fotografía de Mike Eley), recurriendo mínimamente a una vaga música electroacústica de Harry Escote, que más bien parece diseño sonoro estreñido, y cediendo sólo al pintoresquismo folclórico en esa especie de espectacular carrera de cuadrigas a la Ben-Hur (Wyler 59), custodiada por acezantes autos y a nivel lumpen. Y la infancia explosiva inocula con sus arrebatos al ritmo nervioso de la película como un tinte agobiante y mortecino, como si lo envolviera en cierta impenetrable niebla espesa, generando una emoción de difuminada cortina densa y raída, para que el devastado pequeño Arbor comience y acabe enterrándose manoteante debajo de su litera-féretro, y apenas lograr salir de ahí, al cabo de mucho tiempo, para ser apapachado por la resignada madre de Swifty (Siobahan Finneran) y poder encargarse del caballo adorado de su amiguito, quizá sólo deseoso de ser perdonado por ese tremendo ojo equino de su inextirpable culpa.

II. EL ESCAPE ANTIDEPURADOR. En 12 horas para sobrevivir (The Purge: Anarchy, EU, 2014), trepidantemente violento aunque bastante controlado tercer largometraje como autor completo del guionista brooklyniano de 45 años James DeMonaco (primer filme: Isla Straten/El estado de la mafia 09) y mejoradísima segunda parte de la original saga cienciaficcional iniciada por él mismo con una irregular La noche de la expiación (13), la desavenida parejita juvenil de Liz (Kiele Sánchez) y Shane (Zach Gilford) ya separándose civilizadamente pero hoy dejada a su suerte por el automóvil descompuesto, un anónimo Sargento policial (Frank Grillo) obsedido por la venganza en busca de llegar a la casa del feliz asesino de su hijo para liquidarlo de inmediato y la sufrida madre mesera afroamericana Eva (Carmen Ejogo) acompañada en su fuga por su hija adolescente Cali (Zoë Soul) tras haber visto su casa destruida por un rencoroso vecino asaltante, son cinco personajes comunes que inopinadamente se reúnen para luchar por sus vidas en contra de las homicidas turbamultas armadas hasta los dientes, durante otra noche anual de Purga exterminadora en Los Angeles de 2023 donde todo crimen está autorizado y promovido por el régimen gubernamental estadounidense de los Nuevos Padres Fundadores, a modo de catártica medida depuradora clasista e instrumento que garantiza la seguridad y cual ansiada y necesaria válvula de escape ciudadana, hasta que los cinco sean atrapados y ofrecidos como lote en un show exterminador de cabaret, logren sobrevivir in extremis y el Sargento pueda irrumpir en la alcoba de su presa para llevar a caso su venganza.

El escape antidepurador lleva a sus perentorias consecuencias extremas y callejeras el salvajismo cruel, la enfermedad anárquica y la dañadez de la acerba fábula futurista que comenzó en La noche de la expiación (donde una familia veía amenazada su archisegura mansión por un sospechoso vagabundo admitido en su seno), de una manera sociopolíticamente muy exacerbada (más que facilona o ejemplarmente contraarmamentista), allí donde las criaturas corrientes ya asumen por instinto depredador un comportamiento brutal límite gracias a la ignominiosa fuerza de las circunstancias o por simple mercenarismo al servicio del engañoso poder establecido (más que por una vocación de Perros de paja de Peckinpah 71), donde el criminal desfogue catártico ya infesta sin cuartel ni freno las siniestras calles angelinas en pos del mero placer (más que por el espectáculo ritual de Los juegos del hambre de Ross 11 o por obligada selección natural de los hiperjerarquizados estratos sociales del Divergente de Burger 14), y donde, sintiéndose demoniaco DeMonaco, los envidiables multimillonarios voyeuristas dominantes ya pueden participar sin cortapisas en una placentera cacería humana cabaretera con renovados lotes de cristianos casi inermes en medio de un circo romano de buscadoras luces encandilantes, privilegiadas gafas de visión nocturna y discrecional uso entusiasta de armas altamente sofisticadas.

El escape antidepurador impone el régimen desmañado e irónico de un ritmo acezante y un clásico acoso implacable (tipo La noche de los muertos vivientes de Romero 68), esta vez dictado por la burla a lo que se desprecia tanto como a lo que se ama, arrojada como un lanzallamas más, de los que avanzan andando o en camión blindado, sobre la miserable mortandad mortífera de otra parábola ultrarreaccionaria y paranoica al grotesco-goyesco estilo exacerbado del Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, donde ahora un maldito con máscara de calaca ha irrumpido en el encuadre para averiar los cables del automóvil indispensable cerca de la hora crucial en pleno peligrosísimo centro de la ciudad, donde las humildes mujeres se han visto desertadas por el senecto abuelo que se vendió como carroña a los ricos, donde una zombi tumefacta en vano clama por auxilio en un recodo del camino, donde el tenebroso laberinto urbano sustituye con creces a la fotogenia de cualquier road picture enclaustrada (tipo Los guerreros de Hill 79), donde pisar un periódico significa la captura del pie en una deslizante trampa de acero, donde la mustia hermana descarga a tiros sus fogosos resentimientos hogareños en medio de la desquiciada sala intempestivamente fractal, o donde el histeroiluminado afroactivista rebelde Carmelo Johns con emblemática boina de Ché Guevara (Michael K. Willliams) que subversivamente hackeaba las TVtransmisiones aparecerá como milagroso refuerzo a la mitad de la acción más apremiante.

Y el escape antidepurador se afirma al final como una fantasía burdamente alegórica nacional e inevitablemente discursiva acerca de la Salvación impedida en el futuro, inscrita alrededor a ese Sargento (en el papel de algún arcaico Clint Eastwood sin carisma) haciendo de venturoso e instintivo salvador heroico atrabiliario, más que de estoico justiciero sucio, atrapado en las fauces de una ciudad vuelta desalmado thriller westernista donde por encima de las vesanias toda salvación está prohibida, pero a su vez salvado a balazos por el odiado criminal a quien por elipsis le había perdonado la vida, para que nuestro nuevo héroe el innombrable salvador salvado lo sea también en lo afectivo y en lo espiritual por las santas afrohembrazas sanas y salvas, mientras todas las banderas patrias del presente por venir yacen ignominiosamente inmundas y ensangrentadas.