Opinión

Bala perdida vs. la chueca Hillary

 
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Hillary Clinton (Reuters)

El tono de la campaña presidencial en Estados Unidos ya está definido: Trump presentará a Hillary Clinton como el ejemplo perfecto de la deshonestidad e incapacidad de la clase política (the crocked Hillary).

Empero la gran pregunta es si mantendrá los ejes centrales de su campaña (contra migrantes ilegales, libre comercio, política exterior y por la construcción del muro) o moderará su discurso corriéndose al centro.

Hillary Clinton, por su parte, lo definirá como alguien inestable y poco confiable (lost bullet) para asumir las responsabilidades de la presidencia de Estados Unidos, al mismo tiempo que se presentará como la defensora de las minorías (particularmente los latinos y los afroamericanos) y las mujeres. La candidata demócrata retomará argumentos y tesis que han utilizado los propios republicanos que se oponen a Trump.

El desenlace de ese enfrentamiento es incierto. Pero el arranque favorece a Trump por tres razones: la campaña no ha iniciado, oficialmente, pero la mayoría las encuestas registran que la distancia entre ambos candidatos se ha cerrado o están técnicamente empatados.

Este hecho, por sí sólo, es un punto a favor de Trump. Porque ha echado por tierra uno de los principales argumentos del establishment republicano que afirmaba que él sería el peor de los precandidatos para enfrentar a Clinton, y llevaría al Partido Republicano a una derrota sin precedente.

En segundo lugar, contra todo pronóstico, Hillary Clinton sigue sufriendo derrotas frente a Bernie Sanders. Y aunque es matemáticamente imposible que pierda la nominación, la resistencia y persistencia de Sanders muestra que HC, a diferencia de Trump, no ha conseguido imponer su liderazgo en la base demócrata.

De lo que deriva un corolario relevante: Sanders es un outsider que está congregando el voto demócrata irritado con la clase política y que, en ciertos temas, como la oposición al libre comercio, coincide con el candidato republicano.

No es probable que Sanders vaya a desconocer el triunfo de Clinton ni que rehúse apoyarla. Pero cabe preguntarse qué pasará con los sanderistas una vez que concluyan las primarias: ¿seguirán a Clinton o coquetearán con Trump, dado que será el candidato que mejor encarne la irritación y exigencia de cambio?

A final de cuentas, en materia económica el mundo está al revés: históricamente los defensores y promotores del libre comercio siempre habían sido los republicanos. El primero en proponer un tratado de libre comercio para América del Norte fue Ronald Reagan y su principal impulsor fue George Bush senior.

La victoria -contra todo pronóstico- de Bill Clinton en 1992 puso en cuestión las negociaciones del TLC y fue necesario añadir nuevos capítulos para que los demócratas lo aprobaran. Entre los principales opositores estaban, obviamente, los sindicatos que tienen filiación demócrata.

No sería, por lo tanto, un giro inexplicable que los electores demócratas irritados, como el resto de la población agraviada, se pudieran sentir atraídos por Donald Trump, que de republicano y conservador, como denuncian los propios líderes republicanos, tiene poco o nada.

Trump ya logró conectar y modificar las coordenadas de la campaña. Su estridencia, que al inicio de las primarias fue ampliamente condenada, se ha vuelto si no un lugar común, sí algo aceptado que ha permeado en la mayoría de los votantes republicanos.

Hillary Clinton no tendrá una tarea fácil. Jeb Bush, John Kasich y Mitt Romney, entre otros líderes republicanos, no lograron golpear ni debilitar el discurso y la campaña de Trump. Tal como él mismo declaró, podría salir a la calle a disparar y la gente seguiría votando por mí.

Y hay que agregar que es un maestro en el manejo de los medios electrónicos. Su desparpajo y estridencia irritan, pero atraen y seducen. Eso pasó en las primarias y no parece haber ninguna razón para que no se repita en la campaña por la presidencia.

Por último, vale recodar el viejo dicho: caballo que alcanza, gana. Así que, tal como afirma Bill Emmott, jefe de redacción de The Economist, hay que esperar lo mejor, pero prepararse para lo peor.

Twitter: @sanchezsusarrey

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