Opinión

Ayotzinapa, la tormenta del Príncipe

En el equipo íntimo del presidente Enrique Peña Nieto piensan que la crisis social, política y económica por la que atraviesan, es una tormenta perfecta, que no deja de ser tormenta y que, por lo tanto, pasará. Aurelio Nuño, jefe de la Oficina de la Presidencia, confirmó al diario El País esa lógica y aseguró que la opinión pública no les modificará el rumbo escogido. “Vamos a tener paciencia en este ciclo nuevo de reformas”, dijo. “No vamos a ceder aunque la plaza pública pida sangre y espectáculo, ni a saciar el gusto de los articulistas. Serán las instituciones las que nos saquen de la crisis, no las bravuconadas”.

Habló el Príncipe que le susurra al oído al presidente y que es el arquitecto de su aislamiento. Pero la plaza pública no pide sangre ni espectáculo, como descalifica; exige que el gobierno gobierne y que asuma sus responsabilidades, a las que claudicó durante casi dos semanas tras la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa porque el diagnóstico que presentaron al presidente era equivocado. Por la boca de Nuño se anticipan las acciones del presidente. No habrá cambios, está claro. “La segunda agenda del sexenio es acelerar las reformas de la primera agenda”, promete.

Beligerancia discursiva desestructurada de los hechos. La realidad es que están en marcha las contrarreformas. La educativa, donde la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación quiere que se le cree un estado de excepción en Oaxaca, Guerrero y Chiapas, donde se abrogue la reforma constitucional. La financiera, donde los empresarios, a los que desdeñaron y maltrataron durante el primer tercio del sexenio, los han doblado, y se prepara una reducción de impuestos. Las energéticas y de telecomunicaciones, envueltas en conflictos de interés –que no reconocen en la Presidencia– donde el compadrazgo ha sido recurrente entre los ganadores de las licitaciones, ya bajaron el costo para los inversionistas, que harán el favor de salvarlas del desastre.

En el fondo sí hay cambio. Inclusive en las libertades conquistadas, porque lo que no les gusta es que se señalen sus inconsistencias. Nuño garantizó en El País que no habría represión, pero ésta viene en camino. Cuando menos dos periodistas críticos de las políticas del gobierno están siendo hostigados. Fotografías de los hijos en sobres anónimos llegan como amenaza explícita. Investigaciones federales para buscar elementos de desacreditación personal, han sido ordenadas. Vigilancia con empresas de seguridad privadas, son un recordatorio de que los ojos están puestos sobre los que piensan diferente. Es una regresión en las garantías individuales.

Altos funcionarios federales aseguran que no es una política de gobierno. Si es así, ¿hay grupos ultras dentro del gobierno que actúan de manera libre para conculcar las libertades? Así parece. Desde el 1 de diciembre de 2012, la Policía Federal utilizó halcones para enfrentar a los grupos radicales que protestaban contra Peña Nieto, cuyas acciones quedaron registradas en YouTube. También existen testimonios videograbados de su empleo en las últimas manifestaciones en la ciudad de México. Provocadores hay en todos lados, y ninguna de las partes en conflicto tiene el patrimonio sobre la violencia inducida.

Las palabras de Nuño sugieren que en Los Pinos siguen sin darse cuenta que no se han dado cuenta. Lo que detonó Ayotzinapa no es una tormenta perfecta. Es un proceso que no desaparecerá. Como botones de muestra: la Comisión de Estado que iba a proponer el presidente, encabezada por el rector de la UNAM, José Narro, fue saboteada cuando entraron policías del Distrito Federal a ciudad Universitaria y se produjo un zafarrancho; y el conflicto en el Politécnico se detonó cuando los grupos radicales se lanzaron a la movilización y al paro por una reforma propuesta por su exdirectora, Yoloxóchitl Bustamante, que había sido aprobada por el consejero presidencial.

Ayotzinapa fue un mero pretexto. El presidente dijo hace unas semanas que México enfrentaba intentos de desestabilización, lo que contradice la tesis de la tormenta perfecta. La desestabilización tiene como objetivo su renuncia. Hay grupos violentos para quienes su salida forma parte de su agenda de largo plazo, pero también hay resistencias, como admitió Nuño, “de grupos económicos, mejor organizados, contrarios a la competencia”. El mensaje es al jefe del Grupo Carso, Carlos Slim, a quienes no pocos dentro del gobierno peñista señalan como el autor de la inestabilidad. Sus análisis, sin embargo, requieren mayor profundidad.

El proceso que se vive sintetizó la indignación nacional en Ayotzinapa, pero no es producto sólo del crimen de los normalistas. Hay mucho más atrás que no se ha resuelto. Un informe del Instituto de Estudios para la Transición Democrática difundido en noviembre, México: las ruinas del futuro, aporta claves para el humor imperante: “los cuerpos policiacos, el Ejército, los partidos políticos, las procuradurías de Justicia, los aparatos de inteligencia, los gobiernos locales y federal, tienen una grave e inocultable responsabilidad, y su actuación, por omisión o comisión, configura un fracaso mayúsculo del Estado mexicano”.

El Príncipe tendría que escuchar a la calle y a quienes piensan distinto a la burbuja presidencial. No es el coro fácil de la gradería que les pide seriedad y responsabilidad, inclusión y visión. Las instituciones, como están, no sacarán a México de la crisis en la que se encuentra -como dice el presidente, están débiles y hay que fortalecerlas-, mucho menos aún las bravuconadas del Príncipe, de las que tanto se queja.

Twitter: @rivapa