Opinión

Ayotzinapa, dos años después

   
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Marcha por los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa en Cancún. (cuartoscuro)

La investigación sobre la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa en septiembre de 2014 está enfocada en la actividad criminal del grupo Guerreros Unidos. Podría pensarse que no hay nada novedoso en esta investigación, dado que se ha señalado a ese grupo como responsable del crimen. Sin embargo, es todo lo contrario. La detención de más de 130 personas, no todos relacionados directamente con la desaparición de los estudiantes, pero todos vinculados a esa organización criminal, está iluminando lo que es el gran misterio sin resolver: el móvil del crimen. ¿Qué fue lo que llevó esa noche a Sidronio Casarrubias, en ese entonces jefe de Guerreros Unidos, a ordenar a sus sicarios asesinar a los normalistas, “hacerlos polvo y tirarlos al río”?

El testimonio de Felipe Rodríguez Salgado, apodado El Cepillo, acusado por la PGR de matar a los normalistas en el basurero de Cocula, aportó el prólogo de la conclusión a la que han llegado extraoficialmente algunos investigadores, en su declaración ministerial donde narró la dinámica de conflicto entre los grupos criminales enfrentados en Tierra Caliente. Rodríguez Salgado dijo que La Familia Michoacana le arrebató Cocula a Guerreros Unidos, en 2012, y se replegó a Iguala. Para recuperar ese municipio, puerta de salida de 50 por ciento de la amapola que se vende en el mercado estadounidense, Casarrubias le ordenó armar una célula de sicarios e infiltrarse en Cocula.

La noche del 26 de septiembre de 2014, como parte de lo que estaba siendo una pelea a muerte contra las otras bandas criminales, Rodríguez Salgado y su célula privaron de la libertad a decenas de normalistas, algunos de los cuales acusaron a El Cochiloco, Bernardo Flores Alcaraz, uno de los jóvenes desaparecidos, de haberlos llevado a Iguala, pero él no era responsable de la acción. Su jefe era Omar Vázquez Arellano, quien daba las órdenes desde Tixtla, donde se encuentra la normal de Ayotzinapa, esa noche llena de sombras y hechos sin sentido, como el que pese a ser hostigados, agredidos y atacados casi desde que llegaron a Iguala, no fuera sino hasta después de las 11 de la noche, luego de dos horas de haber llegado a Iguala, cuando se selló su destino.

Investigadores del caso hicieron notar que la orden de “contenerlos” y obligarlos a dejar Iguala dada por el entonces alcalde, José Luis Abarca, cambió a detenerlos y entregarlos a los criminales, luego de que El Cepillo detectó a Vázquez Arellano, que había llegado a esa ciudad como refuerzo de los normalistas atacados. Según los funcionarios, Rodríguez Salgado lo identificó como miembro de Los Rojos, que está en la disputa por la amapola en esa zona de Tierra Caliente, y le informó a su jefe inmediato, Gildardo López Astudillo, El Gil, que en el grupo de normalistas –en ese momento no sabían que eran estudiantes– iba una célula de sus enemigos.

Para varios de los investigadores, Vázquez Arellano es clave para entender el móvil del crimen, al probablemente haber cambiado con su presencia en Iguala la suerte de los estudiantes. Una primera conclusión es que el crimen se dio por la confusión de Guerreros Unidos, que pensó que eran sicarios de Los Rojos. La reacción tenía antecedentes. Semanas antes se enfrentaron a una célula de Los Rojos en Carrizalillo, en el municipio de Eduardo Neri, al que pertenece Mezcala, donde fue uno de los ataques a los estudiantes el 26 de septiembre, y donde también se vio involucrado el equipo de futbol Los Avispones de Chilpancingo. En ese enfrentamiento murió El Narciso, como apodaban a Narciso Vázquez Arellano, hermano de Omar. En paralelo, días antes de la desaparición de los normalistas había llegado una célula de Los Rojos a Cocula, que fue detectada por El Cepillo, quien asesinó a sus tres miembros. La información de El Cepillo, respaldada por el jefe de los sicarios en la zona, Víctor Hugo Benítez Palacios, apodado El Tilo y que en los expedientes se le llama El Caminante, hizo que Casarrubias ordenara el asesinato.

Lo que estaba en juego era el control del territorio de la amapola, que pensaban consolidar con posiciones políticas. La noche en que llegaron los normalistas a Iguala era el mismo día en que María de los Ángeles Pineda Villa, esposa de Abarca, rendía su informe de labores en el DIF, aunque su ingreso a Iguala coincidió con la celebración del evento. No iba a ser una fiesta más. Según la investigación, la pareja iba a anunciar que Pineda Villa iba a lanzarse como candidata del PRD a la alcaldía de Iguala, desde donde, con el respaldo legal del partido, extenderían el control sobre Tierra Caliente. La llegada de los normalistas a Iguala y la presencia de Vázquez Arellano fueron vistas en ese contexto como un desafío.

La organización criminal, dijeron los investigadores, respondió asesinándolos. En juego estaban ocho mil hectáreas cultivadas de amapola en Iguala, Huitzuco y Eduardo Neri, las zonas de operaciones contra los normalistas noche, y Cuetzala, Teloloapan, Chilapa y Cocula, que generaron en 2015 38 mil millones de pesos, según la DEA. El botín era enorme. La noche del 26 los criminales actuaron con crueldad. Los Abarca pasaron la noche al teléfono, al tanto de lo que sucedía, sobretodo Pineda Villa, considerada por las autoridades como la jefa de la estructura criminal de Guerreros Unidos, que no descansó hasta las cuatro de la mañana cuando, piensan los investigadores, los normalistas ya ardían en Cocula.

Twitter: @rivapa

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