Opinión

Autocrítica destructiva

    
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Autocritica (Shutterstock)

Silenciar la discusión, es asumir infalibilidad

John Stuart Mill


Freud consideró a la ambivalencia como uno de los rasgos que mejor describen la vida afectiva. Emociones contradictorias que atraviesan todas circunstancias, porque no existen sentimientos puros: donde hay devoción, también hay protesta; se confía y se sospecha; la culpa, que es odio por el sí mismo, coexiste con el amor propio.

Lacan afirmó que la gente se odiaba a sí misma y quizá no estaba tan lejos de la experiencia interna de algunas personas.

Es patente el discurso de devaluación, odio, culpa, reproche y maltrato con el que los pacientes hablan de sí mismos. He podido observar al personaje acusatorio, hipercrítico, aburrido, repetitivo y cruel que es el superyó, en las palabras de muchos. Los pacientes se odian porque nunca llegan a ser tan buenos como deberían pero tampoco quienes los rodean. En un mundo en el que el juicio es la forma dominante de descripción, queda poco espacio para el conocimiento más simple de uno y de los otros, sin observarlo todo con lentes que aumentan los errores.

La vida sin crítica y autocrítica parecería una vida insípida, al margen de “la violencia de nuestras preferencias y gustos”, dice Alan Phillips, que también se pregunta si podemos estar seguros de que encontraríamos el sinsentido si criticáramos menos y viviéramos más.

En su libro más reciente “Placeres no prohibidos”, Phillips afirma con tranquilidad que nuestra insuficiencia es evidente pero que sentirse no suficientemente bueno también es haber aceptado el estándar con el que somos juzgados.

Así que en una suerte de espirales infinitas, este autor pregunta sobre sus preguntas y no se atreve jamás a hacer afirmaciones categóricas, porque está lejos del esencialismo que vive de unas cuantas certezas que jamás pueden cuestionarse.

Escucho pacientes que no se atreven a tomar algunas decisiones por miedo a la culpa que después experimentarán. Lo prohibido siempre será el objeto del deseo, pero la moral que surge de la intimidación, es inmoral. “No hacer algo para no sentirse culpable después, no es necesariamente una buena razón para no hacerlo”.

Nos culpamos siempre de las mismas dos o tres cosas que no nos dejan vivir en paz, pero quizá deberíamos preguntarnos de qué clase de conciencia surge tal culpa. La idea de lo bueno y lo malo, suele ser una síntesis de muchas otras mentes a las que hemos estado expuestos y que han configurado nuestra ética: Los padres, la escuela, la iglesia, los pares, la costumbres locales, los libros leídos, todas las influencias que han dado lugar a una forma de pensar la vida.

Los discursos del superyó freudiano pueden observarse en el consultorio y son limitados en contenido y vocabulario: “Parece que no aprendo de mis errores, tengo miedo de engordar, soy mala persona, soy egoísta, a veces quisiera que algunas personas que odio desaparecieran del planeta, voy a perder, me abandonarán, siempre me equivoco, me quedaré solo porque nadie me soporta”. Juicios que parecen infinitos, que se repiten, que oscurecen la posibilidad de hacerse más preguntas y cuyo único efecto es sentirse disminuido y culpable.

En mi experiencia, las personas anhelan sentir el placer de la convicción: hacer lo que hacen porque les gusta, porque les parece hermoso, vital, placentero. Muchos desean dejar de preocuparse en exceso por la opinión que los otros tienen sobre ellos. La idea de proteger a las personas de sus propios deseos no ha generado más que restricciones que intensifican los deseos. La prohibición vuelve deseables las cosas.

Hay un tirano interno que es especialmente protagónico en ciertas personas, que jamás están en paz con sus logros, que parecen incapaces de tratarse bien y cuyo grado de autocrítica define excesivamente los límites de su ser. No pueden ser como quieren porque temen equivocarse.

La moral que solo está basada en la prohibición y no en la introspección es una que tal vez debería ser cuestionada. Sin convicción solo queda la obediencia ciega, que tarde o temprano, tendrá que transgredirse.


Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Se dedica a la consulta privada y a dar conferencias sobre bienestar emocional.

Twitter: @valevillag

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