Opinión

Autoconfianza y liderazgo: la brecha de género en la cima

Claire Shipman y Katty Kay acaban de publicar un libro –The Confidence Code: The Science and Art of Self-Assurance-What Women Should Know– que ha causado sensación. Su tesis es que las mujeres solemos tener menor confianza en nostras mismas que los hombres y que ello ayuda a explicar por qué, a pesar de los crecientes niveles de desempeño escolar y profesional, las mujeres seguimos ocupando un porcentaje minúsculo de las posiciones de liderazgo en casi todos los campos.

El libro se basa en numerosas entrevistas a mujeres líderes (en su inmensa mayoría norteamericanas) en diversos sectores. También resume de forma clara y amena los hallazgos más importantes de la investigación científica reciente en cognición, género, genética y conducta con respecto a los determinantes de la autoconfianza, así como sobre sus efectos sobre el desempeño y el éxito profesional.

Las entrevistas y la investigación académica les aportan a Kay y Shipman datos muy abundantes para sustentar sus intuiciones originales sobre la tendencia de las mujeres –incluso las más exitosas profesionalmente– a experimentar, regularmente, fuertes dudas sobre su valor y sus capacidades. Valga como ejemplo el caso de Sheryl Sandberg, directora ejecutiva de Facebook, quien en entrevista con las autores un año antes de la publicación de su super bestseller "Lean In", les confesó: “todavía hay días en que me despierto sintiéndome un fraude y no sabiendo bien si debería estar donde estoy”.

Entre los hallazgos recientes de la literatura científica en estos temas, las autoras destacan los siguientes: primero, la autoconfianza no sólo incide mucho sobre el éxito profesional, sino que incide más que la capacidad intelectual y profesional en éste; segundo, por razones genéticas, los hombres parecen desarrollar más autoconfianza que las mujeres; tercero, investigaciones de frontera sobre la plasticidad del cerebro indican que, a pesar de condicionamientos genéticos, los individuos pueden desarrollar autoconfianza; cuarto, las normas sociales dominantes le envían a las mujeres mensajes muy contradictorios: por un lado “se asertiva para avanzar”, pero por otro, “calladita te ves más bonita”.

El libro concluye con un conjunto de recomendaciones para permitirles a las mujeres incrementar su confianza en sí mismas y facilitar su acceso a posiciones de liderazgo. Los dos mensajes centrales al respecto son: la capacidad importa mucho, pero la autoconfianza importa más para tener éxito profesional; y a través de nuevas prácticas –arriesgarnos más, dudar menos y darnos menos tiempos para rebotar tras un fracaso, por ejemplo– la confianza en uno/a-mismo/a puede fortalecerse.

A las sugerencias de las autoras, me gustaría añadir una más, enfocada a las niñas y jovencitas: la investigación especializada muestra claramente que la autopercepción sobre la competencia matemática de un chico y, en especial, de una chica de secundaria, influye poderosamente sobre el desarrollo de su capacidad y su desempeño en esa materia. Tal desempeño, a su vez, termina incidiendo mucho sobre las probabilidades de concluir el bachillerato, así como sobre el campo de estudio elegido a nivel universitario, sobre la conclusión exitosa de la educación superior y sobre el nivel de éxito profesional.

Dada la fuerte asociación observada entre autoconfianza en matemáticas y las trayectorias escolares y profesionales subsecuentes de los alumnos -en especial, alumnas- de secundaria, convendría mucho instrumentar estrategias orientadas a lograr que menos jovencitas mexicanas piensen que sencillamente “no son buenas en matemáticas”, más allá de lo que muestren hasta el momento sus calificaciones.

Importa hacerlo, pues esas creencias van a terminar impactando no sólo sus habilidades matemáticas, sino buena partes de sus oportunidades de vida.