Opinión

Aurelio, 'El Magnífico'

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Aurelio Nuño

Apenas habían pasado las ocho de la mañana cuando el secretario de Educación, Aurelio Nuño, cantó victoria contra la disidencia magisterial. La mayoría de los maestros están dando clases, proclamó, al sugerir que el paro convocado por los rebeldes había fracasado. La realidad decía otra cosa. Miles de niños no tuvieron clases en los bastiones de la Coordinadora magisterial en Guerrero, Michoacán y el Distrito Federal. En Oaxaca, 54 mil maestros de una plantilla de 83 mil, desoyeron a las autoridades. Moisés Robles, director del Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca, admitió que dos de cada tres escuelas en el estado, acataron las órdenes de sus líderes.

La realidad se antepuso a la retórica del secretario, pero Nuño no necesariamente mintió, sino jugó a la propaganda, que es la manipulación de las verdades para apuntalar una idea. Apoyado por los medios amplificadores acríticos de sus dichos, Nuño pudo reclamar el triunfo en el discurso, aunque los hechos no lo apoyaran. En todo caso, lo que ayuda a mostrar las escaramuzas entre las dos partes es algo que va más allá de la dinámica de conflicto entre la verdad y lo verosímil que se puso en juego este lunes, entre una disidencia magisterial con oficio y experiencia, y un secretario que está lleno de aire.

Lo que está haciendo el secretario Nuño es comunicación política y la construcción de su futuro. A través de ella ha venido incubando en la sociedad la idea de que es un funcionario activo, que atiende sus temas y se preocupa por la educación. Frasea muy bien las cosas, presentándolas en forma y tono como material original. Este lunes dijo que el bien de los niños y su educación está por encima de todo, que fue el argumento de la Suprema Corte de Justicia para rechazar el amparo de la disidencia magisterial sobre la evaluación de los maestros. Previamente afirmó que no se pagaría a los maestros que dejaran de dar clases, lo que está contemplado en la reforma educativa. Nada nuevo, salvo el empaquetado.

Nuño está aprovechando el momento para consolidarse. Desde que llegó a la Secretaría, estableció como prioridad ir cada lunes a la ceremonia de izamiento de bandera en una primaria en el país, donde haría un pronunciamiento que le permitiera meterse en la agenda de los medios de comunicación. La estrategia ha tenido éxito, porque los medios registran todos sus dichos y están ayudándolo a que adquiera conocimiento nacional y lo coloquen frente la opinión pública, en la primera línea del gabinete.

Sus ambiciones sólo se comparan con su imprudencia y afán de protagonismo, dos de los principales defectos de los políticos. Hace apenas una semana anunció que convocaría a los gobernadores para definir la conformación de las cinco regiones donde se implementará la reforma educativa, olvidando que él no es más que el encargado de despacho que no tiene atribuciones para convocar a nadie, salvo a su equipo. Nuño parece haber olvidado el enfrentamiento verbal que tuvo antes de dejar la jefatura de la Oficina de la Presidencia, cuando un gobernador lo increpó en una reunión donde varios de ellos comían con el presidente, y le dijo que él “sólo era un empleado” del Ejecutivo, y que no se le olvidara que los gobernadores eran resultado de un proceso de elección popular.

No es secreto que a lo largo del tiempo, Nuño ha lastimado a muchos de sus interlocutores. En el inicio de la administración, amenazó a empresarios con meterlos a la cárcel. Fue quien mayormente encapsuló al presidente Enrique Peña Nieto en Los Pinos y autor de algunas de las decisiones que aún le cuestan, como decidir que fuera la primera dama, Angélica Rivera, la que respondiera en televisión las acusaciones de corrupción por la casa blanca, o sostenerle que el crimen de los normalistas de Ayotzinapa era un tema municipal en el que no debía involucrarse. También es quien insistió que el mensaje presidencial utilizara la palabra “reformas”, pese a que las encuestas muestran que esa palabra está contaminada y sólo genera negativos. Nuño se convirtió en el alter ego del presidente, en una simbiosis extraña que le llevó a decir, cuando se analizaban los ajustes del gabinete, frases como “no lo hemos decidido” o “no lo vamos a hacer”, como si la presidencia fuera un cargo compartido.

Al llegar a la Secretaría purgó sin miramientos a los mexiquenses, algunos de ellos viejos amigos y colaboradores de Peña Nieto, lo que lleva a preguntar no qué pretende el secretario, sino qué está pensando el presidente. ¿Está construyendo sucesor para 2018? Le dio programa –la reforma educativa–; plataforma –la Secretaría de Educación Pública–; y equipo. Igual hizo el expresidente Carlos Salinas con Luis Donaldo Colosio tres años antes de la elección presidencial. ¿Lo está probando?

El conflicto que comenzó este lunes con la dirigencia magisterial es el primer obstáculo a vencer. Si el fondo no es lo central, porque el fondo está legalmente resuelto, es la forma lo sustantivo. Esto es lo que define a Peña Nieto desde el Estado de México. Lo cosmético por encima de la sustancia, fue la fórmula replicada por Nuño en Los Pinos, que ahora debe demostrar si, como Colosio, puede operar fuera del mando presidencial en la misma línea estratégica, y si está a la altura de lo que espera su promotor.

Twitter: @rivapa

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