Opinión

Así mi jueves

 
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performance

A Enrique Peña Nieto y a Felipe Calderón.

Me levanto. Me estoy tomando un café frente a una imagen de un exmilitar bosnio-croata tomándose una copa de veneno en el tribunal de La Haya, después de que un juez confirmara la sentencia de 20 años de cárcel por sus crímenes contra los musulmanes bosnios, durante el conflicto yugoslavo de los años 90. Le doy vuelta al periódico.

Veintinueve militares argentinos fueron condenados a cadena perpetua, en un juicio que documentó la práctica generalizada durante la última dictadura militar, entre 1976 y 1983, de matar civiles arrojándolos de aviones en pleno vuelo.

Acabo mi café, me subo al coche. En la radio escucho que en Guadalajara encontraron una hielera con dos cabezas y una cartulina que delata la complicidad de un jefe de la Policía de ese estado.

Después escucho que, con 248 votos a favor, 115 en contra y 48 abstenciones, nuestra honorable Cámara de Diputados aprobó la Ley de Seguridad Interior, que regula la actuación de las fuerzas armadas en labores de seguridad pública y que permite que se normalice la participación militar en labores policiales, lo que constituye una violación a los derechos humanos.

Trato de pensar en una obra de arte que se pueda equiparar con las sensaciones que llevo experimentando esta mañana. Me acuerdo que justo después de que se cayeran las Torres Gemelas leí que ningún monumento podía rivalizar con el impacto –para el cuerpo y la memoria– de ver los aviones penetrar y hacer colapsar a estos gigantes que Joseph Beuys (Krefeld, 1921-1986) llamó Cosmos y Damián en una pieza en honor a los nombres de los gemelos que practicaron la medicina alrededor de los años 250 antes de Cristo, y que fueron decapitados por profesar la fe cristiana.

En esta pieza, producida en 1974, Beuys escogió una tarjeta postal de las Torres Gemelas que pintó de amarillo y sobre las cuales escribió el nombre de los santos decapitados, que parecían dos barras de mantequilla, prediciendo su futuro derrumbe. Desde esa época, el artista manifestaba que para él el WTC y las Torres eran ya una zona de muerte, un monumento dedicado a la acumulación del dinero, y a la dominación del mundo por el capital.

Pienso también en el performance de Regina Galindo (Ciudad de Guatemala, 1974) intitulado ¿Quién puede borrar las huellas? (2003), cuando la artista guatemalteca caminó descalza desde el Palacio Nacional de la Cultura hasta la Corte de la Constitucionalidad, cargando un recipiente lleno de sangre humana, en el cual metía los pies regularmente. Las huellas que dejaba en las calles eran una reacción a la noticia que Efraín Rios Montt, un militar retirado, responsable del golpe de Estado y de varias matanzas de indígenas (más de un millón) durante la dictadura, fue autorizado a lanzarse como candidato a la presidencia.

Recuerdo los Retratos (2007) de Oscar Muñoz (Popayán, 1951), donde podemos ver en un video de siete minutos la ejecución de retratos a partir de fotos sacadas del periódico, de gente desaparecida en Colombia. Los rostros de estas víctimas fueron realizados con agua sobre el pavimento caliente, lo que provocó la rápida evaporación de la imagen, como una forma de recordar y de representar, aunque sea momentáneamente, a estas personas y denunciar la falta de justicia.

Estas obras de arte buscaron sublimar la violencia que vivimos a diario, hacerla explícita para que no la normalicemos, denunciar la complicidad estatal en estos crímenes, y darnos un poco de esperanza. Sigo intentando buscar alguna imagen, alguna pieza, algún objeto al cual asirse, que sea capaz de sacudirnos el miedo. No existe manifestación estética capaz de generar este impacto de penetrar nuestra psique y nuestro cuerpo al nivel que lo hace la realidad a la que nos han orillado a vivir.

Y el miedo regresa. Pienso en que el Ejército no ha permitido que las comisiones de esclarecimiento y derechos humanos entren a ver sus instalaciones en Iguala, donde desaparecieron 43 jóvenes que querían ser maestros rurales. Pienso, siento y me aterro frente a la pandemia de niñas mutiladas, cercenadas, violadas; en los 100 mil muertos y más de 30 mil desparecidos. Y regresa a mi mente la primera secuencia de Post Tenebras Lux (2012) de Carlos Reygadas (Ciudad de México, 1971), en la que aparece el diablo caminando por un pasillo en la noche y llega al cuarto de los niños que duermen en el interior de su casa.

Son las dos de la tarde, mis hijos llegan de la escuela y nos sentamos a comer, yo con el estómago revuelto intentando sonreír, aquí no pasa nada, es sólo otro día en el infierno.

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