Opinión

Arte de postguerra, expresionismo abstracto y política (segunda parte)

 

Al término de la Segunda Guerra Mundial, el mapa geopolítico había cambiado radicalmente. El núcleo de la cultura occidental, Europa, se encontraba desarticulada, y el poder político, militar, ideológico y financiero se concentró en dos polos extremos: Estados Unidos con un capitalismo triunfante y la URSS con su sistema comunista.

Hacía falta ganar sólo un frente más para consolidar la hegemonía del nuevo imperio americano, y el arte, la cultura, el mundo intelectual, el life style serían las armas perfectas. Como mencionamos la semana pasada, el expresionismo abstracto fue clave para apuntalar a Estados Unidos como una potencia cultural, no sólo política.

Las características formales de esta corriente, como el rechazo a la objetividad y orden geométrico para dar libertad a la expresividad humana, convertían a la pintura en un documento de la acción del artista: el llamado action painting –que podemos ver en los drippings laberínticos de Jackson Pollock o en Willem de Kooning.

Pero estas propiedades de la nueva pintura no sólo rompían con la idea europea de representación, sino que también eran un golpe duramente crítico al arte ruso y su tradición geométrica de principios del siglo XX, encabezada por Vasili Kandinsky. Incluso los campos de color de Mark Rothko o Barnett Newman y su visión mística de la pintura reaccionan contra los suprematistas con Kazimir Malévich y el Constructivismo, que tanto influenciaron a artistas europeos como Mondrian o los cubistas tardíos.

Tan importante era para Estados Unidos asirse del bastión cultural y hacer del expresionismo abstracto un movimiento puramente americano, que la misma CIA financió y lo promovió de manera internacional, organizando las primeras exposiciones europeas como Modern Art in the United States (1955) y Masterpieces of the Twentieth Century (1952), según menciona Frances Stonor Sanders en su libro La Guerra Fría Cultural. La CIA en el mundo de las artes y las letras. Sin olvidar el apoyo brindado a este nuevo arte por parte de las familias más poderosas de Estados Unidos en esa época, Rockefeller y Guggenheim.

El apoyo institucional al expresionismo abstracto provocó un efecto bola de nieve: Nueva York, ya convertida en la capital mundial del arte, comenzó a generar una actividad sin igual. Galerías, exposiciones, publicaciones, escuelas, teoría y crítica, hasta movimientos artísticos que reaccionaban contra aquél. Este ambiente bullicioso dio lugar a una pluralidad de manifestaciones artísticas, al tiempo que el expresionismo abstracto se agotaba, viéndose superado por sus detractores que incluso llevaron sus premisas hasta las últimas consecuencias, como el performance o el arte del cuerpo que derivaron del action painting.

Un nuevo arte se estaba gestando ya para finales de los años 50 y principios de los 60. Un arte que volvía a la figuración, menos místico y existencialista, que proyectaba más contundentemente el triunfo de la nación americana: el pop art.