Opinión

Arne y el orden público

   
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Arne aus den Ruthen Haag, City Manager de la Delegación Miguel Hidalgo. (Tomda de @arnemx)

Leo en los portales que detuvieron a Arne aus den Ruthen en la delegación Venustiano Carranza. Leo que es la segunda ocasión en que ocurre en las últimas semanas. Leo que la vez pasada no supieron de qué acusarlo. Leo que ahora lo acusan de alterar el orden, y entonces ya no leo, porque resulta obvio que en efecto Arne altera el 'orden público', ese del que diario medran delegados panistas, perredistas, priistas y morenos, y no pocas de sus clientelas y otros entes poderosos.

El 24 de junio publiqué aquí que los esfuerzos de Arne eran estériles y equívocos (http://bit.ly/2bGtcGg). Que desde la posición de city manager que tuvo en la Miguel Hidalgo, Arne se haya afanado en imponer un orden vertical, voluntarioso, rigorista, protagónico y hasta rijoso, me parecía y me parece, reitero, un camino errado. De ahí que lo calificara, en aquel texto, de calderonista, por querer imponer antes que convocar, por no preocuparse por construir consensos, cultura y a final de cuentas acompañamiento para su labor y privilegiar –toda proporción guardada– el uso de la fuerza, el peso del cargo en su intento de limpiar las calles de la Miguel Hidalgo.

Me sorprendió la cantidad de personas que defendieron, muchos vehementemente, a Arne de lo que habían leído como una descalificación.

Cierto es que dije que del esfuerzo de Arne nada, sino ruido mediático quedaría. No me cuesta trabajo decir que pude haberme equivocado al decretar, precipitadamente quizá, que Arne quedaría en anécdota.

Diez semanas después el exdelegado sigue dando de qué hablar. Ya sin el puesto, su cruzada se ha convertido en algo más interesante, amplio –va a cualquier delegación– y acaso relevante, pues aunque sea expanista, exdelegado y exfuncionario, como ciudadano su cuestionamiento en contra de la apropiación indebida del espacio público pudiera adquirir la legitimidad que desde el puesto no pudo/quiso construir.

Lo que en la Ciudad de México algunos llaman orden público es todo menos orden y mucho menos es público.

En la capital, las reglas de la convivencia, las del uso del espacio público entre otras, obedecen no a las normas o las leyes, sino al peso que cada quien pueda imponerle a los demás, o a la agenda particular que persiga algún grupo político, empresarial, sindical, clientelar, etcétera.

Así, en términos generales, los ciudadanos que no están inscritos en ninguna de esas cúpulas, terminarán padeciendo el rigor de unas reglas de las que permanecerán exentos otros.

La evidente tentación de Arne de asumirse como ¿un vigilante?, como un ¿cruzado del orden público?, ¿un vengador?, todo ello delicado, no debería hacer menos notable el hecho de que desde distintas delegaciones otros ciudadanos convocan al hoy autoempleado Arne para que les ayude a emprender labores para limpiar las calles.

Cuando la Ciudad de México está a punto de entrar en ese frenesí de la llamada Asamblea Constituyente, es evidente que los ciudadanos recurren a Arne, hartos del desdén y abandono de sus respectivas autoridades delegacionales y de las del gobierno de la ciudad.

Hartos de ese orden que ricos y políticos se garantizan en las calles, en las banquetas, en las plazas; ese orden donde el gandalla se impone, ese orden donde clientelas como los ambulantes son incluidos, pues de lo contrario pondrían en riesgo el habitual relleno de urnas, ese orden que no es parejo ni legal.

Sin cargo, Arne no puede ser acusado de calderonismo, y acaso valga la pena ver cómo pone en riesgo ese orden que tanto le reditúa a delegados que sólo piensan en clientelas, amigos poderosos y elecciones.

Twitter: @SalCamarena

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