Opinión

Aprender de la historia

Escucho por aquí y por allá referencias diversas a las analogías que se presentan entre la situación actual de México y la que se vivió en 1994.

Una de las alusiones –a mi parecer– más inteligentes, es la que escribió Moisés Naím el pasado 15 de noviembre en El País, y que tituló: “México bueno, México malo”.

En pocas palabras, Naím refiere que hace poco más de 20 años el presidente Carlos Salinas de Gortari había emprendido un ambicioso proyecto de reformas que culminó con la firma del Tratado de Libre Comercio cuyo saldo, al paso de los años, resulta espectacular.

Agrega Naím:

“Sin embargo, quizá lo que más afectó a México hace dos décadas, y que hoy está volviendo a pasar, es que las reformas que el país necesita desesperadamente se ven diluidas o descarriladas por el México malo. Este es el México asesino y criminal, corrupto y abusador, injusto y bárbaro, donde reina la impunidad y el imperio de la ley sólo existe para quienes pueden pagarlo”.

Y sigue más abajo Naím:

“En cualquier otro país la gente estaría aplaudiendo a un presidente que intente hacer todo esto (las reformas). No en México. Los mexicanos no creen que su presidente esté haciendo esto por el bien del país. De nuevo piensan que las reformas sólo beneficiarán a los políticos y a los ricos”.

Concluye el académico y analista:

“¿Volverán la corrupción y la criminalidad a hacer naufragar las reformas que México necesita? ¿Podrá el México bueno crear los anticuerpos que neutralicen al México malo? Estos son los momentos en que un presidente puede transformarse en un líder histórico. Hay un México bueno, que es mayoría, y que exige que el México malo sea enfrentado en forma implacable, y derrotado. Pulverizado. Está buscando quien lo haga”.

Es cierto que hay grandes diferencias entre las dos circunstancias. La situación de la economía es muy diferente ahora. En parte por los propios efectos de cambios como el TLC, tenemos una mucho mayor solidez financiera que hace muy poco probable una crisis.

Pero no podemos dejar de aprender lecciones como las que refiere Naím.

La irrupción del EZLN y todas las secuelas que trajo en el ambiente, tenía el propósito explícito y declarado de echar para atrás el proyecto de modernización.

Los hechos violentos que se han sucedido en las últimas semanas, ya no tienen que ver con la exigencia de justicia para los normalistas de Ayotzinapa.

Ya hay una carga política explícita que busca echar por tierra el proyecto reformador. Y, como también ya se hizo explícito, también sacudir a la economía.

Las alertas deben estar prendidas, pero un hecho que no puede dejar de verse es que el pasado fin de semana largo, la mayor parte de los ciudadanos de a pie, hicieron su vida normal y salieron a ver o a comprar, si podían, en El Buen Fin.

Sin embargo, no hay que dejarse llevar por las impresiones. Si hay el propósito de sabotear el proyecto modernizador, se van a aprovechar todas las oportunidades, hasta las que la impericia política de los gobiernos federal y locales, les pongan.

Esperemos que las lecciones de dos décadas atrás se hayan aprendido.

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