El señor de los mercados
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El señor de los mercados

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El señor de los mercados

05/11/2018
Actualización 05/11/2018 - 8:48

A la cuarta transformación y a su precursor, el presidente electo, le debo muchas cosas.

Entre ellas le debo haber terminado con el grave problema de bipolaridad en el que estaba viviendo.

Yo creía que el mundo seguía siendo previsible, serio. Creía, entre otras cosas, que cuando uno convocaba una consulta debería tener un mínimo de rigor y seriedad, iluso de mí. Creía que había que seguir sacrificando los sueños del espejismo al mandato de la razón.

Él, y no sólo él, sino también la generación que ahora mismo está gobernando o va a gobernar el mundo, me han dado una gran lección: nada es como yo creía.

Por eso, el equivocado no es Trump, el equivocado soy yo. Por eso, no es que Bolsonaro haya ganado para sacar a Brasil de la larga y tenebrosa noche de los tiempos de dictadura militar, de los escuadrones de la muerte. Es que, sencillamente, no logramos entender que las sociedades ya se cansaron de tantas explicaciones teóricas.

Desde ese punto de vista, es AMLO –el señor de los mercados–, Bolsonaro, Trump, Duterte, Orbán o Morawiecki los que anuncian los nuevos tiempos que estamos viviendo. Tiempos en los que lo único que no encaja es que todas estas revoluciones sociopolíticas tuvieron su ariete desde el Internet, pero ahora se caracterizan por lo mismo, todas olvidan que las redes sociales continúan.

En ese sentido, estamos entrando en una nueva era y ellos no son los que están equivocados. No, somos nosotros, los hijos de un pasado superado por el fracaso de las instituciones, los que estamos equivocados.

Estamos siendo invitados a la posibilidad de gobernar, simplemente, mas no en medio de la sinfonía de los proyectos, sino en medio del coro de los aullidos.

Pensamos que la lógica económica, social y política seguiría teniendo vigencia en esta era, estábamos en lo incorrecto. Seguimos creyendo que la democracia, por sí misma y sin consecuencias, arreglará las cosas. Pero la realidad es que la democracia está en crisis. Y ésta se debe, sencillamente, a que la gente, los pueblos del mundo, no solamente se han unido como sociedad internacional, sino que además han visto que los ejercicios democráticos lo único que han arreglado son los bolsillos de algunos cuantos, incrementando, consigo, el insulto intelectual y moral a esos mismos pueblos que son la razón de su existencia.

Los pueblos no son los culpables porque a fin de cuentas las instituciones están hechas para servirles a ellos y no ellos a las instituciones. Además, los pueblos no tienen la obligación de sacrificar su sentimiento por la vigencia de Montesquieu.

El pensador francés fue ideal en sus días y su teoría, precursora de la división de poderes, fue algo que hizo el mundo mejor. Pero, trescientos años más tarde, el mundo es mucho peor y lo que es peor es que las democracias representativas actualmente sí sirven a las estructuras políticas, pero sirven también a la ambición de poder de los políticos y, además, no arreglan nada.

Pero cuando uno tiene treinta millones de votos detrás de sí y una mayoría tan aplastante en el Senado, en el Congreso y en la mayoría de los congresos estatales, no tiene margen de actuación política, porque entonces, lo que dice y lo que piensa, se convierte en ley.

Y es que cuando Andrés Manuel López Obrador busca mandar un mensaje, que ni siquiera Lenin se atrevió a dar en sus primeros momentos, los mercados reaccionan motu proprio, no por la lógica del poder político. Lenin, para poder mantenerse en el poder, tuvo que hacer un acuerdo: instaurar la Nueva Política Económica y gobernar durante una serie de años con los burgueses. Años después, Stalin dio su merecido a los burgueses por haber abusado del pueblo.

Por eso, cuando el otro día vi al presidente electo mirar a la cámara fijamente y explicar que llegó la hora de saber de verdad quién manda, comprendí que se estaba levantando un muro. Comprendí que se trataba de un muro verdadero, no como los que usan en los bancos y que se saltan continuamente, sino un muro moral entre el poder político y el poder económico.

Comprendí que, para López Obrador, los mercados que pretenden limitar la soberanía política y mandar en los países, han dejado de ser una condicionante en la toma de decisiones.

Al fin entendí. Estamos inaugurando una era donde el hombre, su razón, su moral y, espero también que su seriedad, le hacen estar por encima de las esclavitudes conceptuales teóricas que nos atan a los demás.

Dicho esto: ¿quiénes son los mercados? ¿Quién es su padre, su madre, a quién obedecen o quién los elige? ¿Dónde está su razón moral para pretender meterse a dirigir la vida, nada menos económica, de las naciones?

El 1 de julio lo que llegó a México fue una revolución –pacífica y emotiva hasta ahora–. En cuanto a los resultados de esta primera afirmación de su presidencia y de su poder, sólo hay que saber cuánto le costará a México el hecho de que él sea el señor de los mercados.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.