Opinión

Antes de Trump

 
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petróleo

El destacado economista e historiador económico de Berkeley, Bradford Delong (“Missing the Economic Big Picture”, Project Syndicate, 28/11/16), nos informa de un proverbio budista de inmediata actualidad: “cuando el filósofo apunta a la luna, el tonto mira al dedo”. Y añade: “Al enfocarnos en los tratados de comercio individuales o en el cierre de la frontera a los inmigrantes, en vez de preocuparnos por el manejo del capitalismo de mercado, estamos mirando al dedo y perdiendo la luna”.

Esto dicho y referido para la dirigencia de su país, pero sin duda también para la nuestra.

Seguimos insistiendo en valorar sin mediaciones la actual manera de conectarnos con el resto del mundo mediante tratados de libre comercio y soslayamos una y otra vez la dinámica menguante y corrosiva del conjunto económico y social que le da sostén a la vida en sociedad, a la política y el ejercicio del poder. El resultado: la quema progresiva de nuestro potencial productivo, de por sí mermado por décadas de lento crecimiento; el desaprovechamiento irresponsable del mal llamado bono demográfico, lo que significa quemar el futuro y, como grand finale, una estructura y un carácter sociales al borde del despeñadero de la anomia y la violencia cotidiana y cruel, siempre a punto de apoderarse de la vida diaria de todos.

Hace unas semanas el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional presentaron sus desalentadoras proyecciones de la economía mundial y de la nuestra; ahora la OCDE se une a esta deprimente penumbra. Como lo hemos podido revisar en sendas reuniones del Grupo Nuevo Curso de Desarrollo, inspiradas por inteligentes presentaciones de Juan Carlos Moreno, Enrique Provencio y el embajador Jorge Eduardo Navarrete, la economía mundial seguirá presa de la “trampa de lento crecimiento” que porta las ominosas tendencias al estancamiento secular del que hablan los economistas estadounidenses tanto de la derecha como de la izquierda. En nuestro caso, la economía verá decrecer su ritmo de avance tanto en este año como en el siguiente para reproducir su propia trampa de estancamiento relativo, que tan bien ha disecado Jaime Ros en sus dos “libritos” así como en el espléndido Anuario sobre la Economía Mexicana que dirige para la Facultad de Economía de la UNAM.

Según la OCDE este año la economía crecerá 2.2 en vez de 2.6 como se había pronosticado y en 2017 lo hará en 2.3 en vez del 3; conforme este organismo, la reforma tributaria de 2014 sostuvo las finanzas públicas ante la caída de los petroprecios, pero no ha impedido que, desde el año pasado, el Estado recorte gasto hasta dañar áreas sensibles de la existencia colectiva en salud, educación e investigación científica, así como en apoyos destinados a los grupos étnicos donde privan los índices más altos de pobreza y pobreza extrema. Por cierto, no deja de intrigar la coletilla que sigue esperando algún análisis.

Frente al adormecimiento de las exportaciones, fruto del decaimiento en la actividad económica mundial; de cara al bajo ritmo de la inversión bruta fija, se insiste en que el desempeño económico general depende del mercado interno sin sacar las conclusiones obligadas del caso. En abuso de la aritmética se dice: si las exportaciones y la inversión no aumentan, el crecimiento depende de la evolución del mercado interno en especial del consumo privado pero, al quedarse aquí, se sacrifican el álgebra y hasta el cálculo diferencial: no se registra que el desempeño es socialmente insatisfactorio; que el empleo tiende a ser precario y mal pagado y que, si se quiere o se asume que no hay de otra que depender de este mercado interno para sustentar un desarrollo social mínimamente aceptable, tiene que incrementarse el salario y rehabilitar la formación de capital, empezando con la inversión pública que está en los niveles más bajos de su historia.

Depender del mercado interno sin invertir más y negándose a incrementar los salarios, para empezar los mínimos, es resignarse a vivir en el “estancamiento estabilizador” hasta que desaparezca el último de estos neoliberales estalinistas que se empeñan en implantar el neoliberalismo en un solo país. Para eso, no se necesita de las majaderías de Mr. Trump. Nos bastan y sobran los valedores de este nefasto presente continuo que no lleva a ninguna parte.

Antes de Trump y después del fiasco del “presupuesto base cero” se impone montar un momento de “deliberación base cero” que permita conocer y reconocer dónde nos hemos parado, para luego retomar las venerables prácticas de debatir el futuro para empezar a (re) construirlo (Cfr., El futuro a debate. Coordinado por Tomás Miklos y Margarita Arroyo, Limusa, México, 2016).

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