Opinión

Animales no tan fantásticos y dónde encontrarlos

 
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Fantastic Beasts and Where to Find Them. (SanDiegoRed.Com)

Vale la pena tener un buen motivo, más allá del dinero, para volver a un mundo que ya ha sido abordado en cine ocho veces. James Bond será pura fórmula, pero al menos ha cambiado de director –y, por lo tanto, de estética y tono– cada cierto número de secuelas. Con Fantastic Beasts and Where to Find Them, David Yates se apunta su quinta película ambientada en el universo creado por J.K. Rowling. El cambio de década y continente, de Inglaterra a Nueva York, no le ha dado nuevos bríos a su estilo. Fantastic Beasts narra una historia distinta de Harry Potter, pero no más ágil ni mejor. Nunca ha habido más magia en pantalla y, sin embargo, esta novena entrega, escrita por la propia Rowling, es por millas la menos mágica del grupo (a excepción, quizás, de las dos planísimas adaptaciones a cargo de Chris Columbus).

La premisa sonaba atractiva por disparatada: en la década de los 20, años antes de que Voldemort aterrorice a magos y muggles por igual, Newt Scamander (Eddie Redmayne), un joven tímido y sensible, atraca en Nueva York con un maletín lleno de criaturas fantásticas.

Inevitablemente, sus bichos escapan y sólo podrá recuperarlos con ayuda de Porpentina Goldstein (Katherine Waterston), una bruja venida a menos, y Kowalski (Dan Fogler), un muggle aspirante a panadero. En paralelo a la búsqueda de Scamander, Nueva York es arrasada por ataques súbitos de un ser que puede o no estar relacionado con el misterioso Percival Graves (Colin Farrell), un auror que trabaja para el Congreso Mágico de Estados Unidos.

El guion, sin embargo, nunca se esmera en trenzar ambos hilos; a la película le urge a gritos un villano o una amenaza palpable. El resultado es una serie de secuencias en las que Scamander va de un lado a otro de Nueva York atrapando a sus animales, en un muy elaborado juego de Pokémon. La película no avanza tanto como se repite.

La trama de Fantastic Beasts parece tan desinteresada en la urgencia de su conflicto, que rápidamente nos contagia ese desinterés. El tiempo apremia para que Scamander encuentre a un rinoceronte en celo cuyo cuerno convierte en cenizas lo que toca, pero antes de salir a atraparlo no tiene empacho en darle un tour a Kowalski para mostrarle todos sus animalitos con la paciencia de un documentalista de National Geographic. No cabe duda de que Rowling es una autora imaginativa.

Sin embargo, hasta los trucos más ingeniosos cansan si no están al servicio de una historia cautivadora o apenas envolvente. Fantastic Beasts se siente episódica; sus bestias, más un pretexto para asombrar que criaturas con una función narrativa.

El final, con un giro de tuerca de veras risible, hace poco para remediar el brete. Tampoco ayuda que Rowling y Yates nos sometan a un epílogo cuya longitud y cursilería le compite al de una película de Peter Jackson. A estas alturas, los productores podrían filmar los apuntes de matemáticas que Rowling tomó en primaria y aún así ganarían toneladas de dinero. De ahí a que cualquier galimatías de la autora resulte en una buena película hay un gran trecho. Para muestra, vaya a buscar a estos animales. De fantásticos, me temo, tienen poco.

​Twitter: @dkrauze156

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