Opinión

Ángel Aguirre, hora de que ese viejo México muera

La renuncia del gobernador Ángel Aguirre no va a solucionar la violencia en Guerrero, pero supondría la indispensable ruptura del statu quo que permitió que esa entidad fuera capturada por el crimen organizado.

Con el hallazgo la tarde del sábado de al menos 28 cuerpos en fosas en Iguala, se ha llegado a un punto sin retorno, uno donde lo de menos sería la permanencia o no de Aguirre. Lo verdaderamente crucial es que resulta impostergable el rescate de Guerrero, en el que deben participar todas las fuerzas políticas y económicas de la nación.

Se requiere de un nuevo inicio, uno que supere fórmulas agotadas que, entre otras cosas, posibilitaron la permanencia en el poder de políticos de vieja escuela que eran tolerados porque se suponía que ellos, cuña del mismo palo, sabrían capotear con algo de éxito a ese convulsionado estado. Esa cultura, que alojaba la idea de que un cachorro de caciques representa una buena idea para una entidad bronca, no se ha cansado de fracasar. Los que sí están agotados, en cambio, son los ciudadanos de esa entidad, que han puesto, una y otra vez, los muertos de este fallido experimento.

Y como parece que tener de nueva cuenta en una morgue decenas de restos no basta para sacudirnos de arriba abajo, hay que repetir que esta es, tan solo, la más reciente muestra del fracaso de los gobiernos en Guerrero.

Aguirre es el autor de un desgobierno que ya ha matado a dos estudiantes de Ayotzinapa, en aquella trágica tarde del 12 de diciembre de 2011, cuando agentes estatales y federales dispararon a quienes pretendían bloquear la autopista a Acapulco. Ese día también perdió la vida un civil en una gasolinera. Esos crímenes están impunes.

Aguirre es también el que compitió con el alcalde Luis Walton a la hora de dar las más inverosímiles “explicaciones” de la violación en Acapulco de seis turistas españolas en febrero de 2013.

Aguirre es el gobernador (es un decir) que tiene el dudoso honor de haber logrado cansar a dos inquilinos de Los Pinos. Cómo estarán las cosas que alguien tan cuidadoso de las formas como el presidente Enrique Peña Nieto, que nunca se ha confrontado en público con político alguno, de plano la semana pasada pidió a ese mandatario estatal que se hiciera cargo de su responsabilidad.

Y Aguirre es, como ya se publicó aquí, el político que, al menos por omisión, permitió que Iguala fuera desde hace años una fábrica del crimen. Pero no sólo Iguala, sino todo Guerrero es una fábrica del crimen, no por nada es hoy la entidad más violenta de México.

Todo lo anterior sin mencionar pasajes tan ilustrativos de la negligencia de Aguirre como cuando en vez de preparar a sus gobernados para el embate de la tormenta Manuel en 2013, el mandatario se tomaba fotografías en un patriótico brindis.

En la hora del rescate de Guerrero no vale aplicar el ajedrez de la grilla nacional. No son aceptables las resistencias de los perredistas: sería una irresponsabilidad de la mayor organización de la izquierda el no contribuir a la salida inmediata de Aguirre. El nuevo presidente del PRD, Carlos Navarrete, tiene su primer gran tarea en la mesa. Ojalá no falle, pues Aguirre se tiene que ir para que la izquierda pueda ser parte de una solución para Guerrero, y no como hoy que el PRD es parte esencial del problema.

Es tiempo de que ese viejo México muera.

Twitter: @SalCamarena