Opinión

Andrew Dominik y Blier: ultimando


 
I. LA DULZURA LIQUIDADORA. En Mátalos suavemente (EU, 2012), tenso tercer filme del treme- bundo neozelandés explorador-explotador de mentes asesinas de 45 años Andrew Dominik (Chopper 00, El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford 07), con guión suyo basado en la novela El trato de Cogan de George V. Higgin, el gordo seboso miembro de la mafia Johnny Amato (Vincent Curatola) se pasa traidoramente de listo al contratar a regañadientes al lumpen maleante Frankie (Scott McNarry) y al ex sicario drogadicto Russell (Ben Mendelsohn deshecho de antemano) para asaltar a un grupo de jugadores clandestinos y que la culpa recaiga en el atrabiliario organizador local Markie (Ray Liotta socarrón) que se enorgullece de haber cometido un autoatraco semejante...
 
... pero la mafia siente peligrar en serio la seguridad de todo su negocio de juego en serie y encarga al sucedáneo de su infalible ejecutor estrella Dillon (Sam Shephard), un limpísimo profesional Jackie Cogan (Brad Pitt cual crecido alter ego hipercerebral del niño chapliniano Jackie Coogan) que, en vista de no poderle endosar parte del paquete al desquiciado matón obsesoputañero desde New York importado Mickey (James Gandolfini farsesco), resuelve delatar al perdido heroinómano Russell y ultimar limpiamente él mismo al linchado unánime Markie y a Johnny, pero siendo decepcionado por su cobarde contacto el abogángster corporativo (Richard Jenkins viejorronamente calvo) a la hora de cobrar por sus crímenes. La dulzura liquidadora consuma el prodigio de tomar a su vez por traidor asalto al hiperviolento neothriller psicológico actual en una superestilizada cinta de inacción violenta con súbitas acometidas de acción trepidante, en ultraplaticado tono deliberada y alevosamente menor, dentro de sórdidas atmósferas grisocres, propositiva foto- grafía hedionda de Greig Fraser y calculadísima edición-impacto de John Paul Hortmann, donde la observación conductual de los deleznables maleantes ocupa el puesto de mando y se hace del duelo verbal y la autoconfesión barbajana armas de muchos filos: delirio impuesto en frío, sondeo de la mentalidad homicida dominante, revelador de la descomposición del tejido social en época actual, revisión postrera del cine de gangsters modelo siglo XXI (donde ya no campean los ingenuos Scarfaces de antes), emblemática de la irreversible sicarización del mundo capitalista entero, cruel tiroteo-reventón casi gratuito y lo que se junte con la pudrición reportada esta semana. La dulzura liquidadora capta, ostenta y enarbola en todo momento cual obsedente fondo sonoro de discusiones y discursos de Barak Obama en torno al costoso rescate financiero de Estados Unidos que, como nuestro Fobaproa, se cargó a la cuenta eterna de los ciudadanos inocentes, al igual que el atraco ficcional se le achaca por igual a las víctimas y a sus verdugos, en pos de un ejecutor gigante como Obama-Cogan (seudobaluartes de la izquierda dentro de la derecha) que acabará con todos, siendo ellos mismos traicionados, creando momentos de salvaje ironía sociopolítica (ese baldío arranque-presentación deambulatoria por devastadas calles bostonianas con lumpen hampones como encarnaciones vivientes de las promesas democrático-neoliberales), trozos de alucine antológico (ese asalto entre angostos pasadizos subterráneos, ese pasón de Russell a base de jump cuts interminables), brutales homicidios de auto a auto (tipo Mabuse de Fritz Lang tardío) o en torno a cristalerías de auto estalladas al ritmo de algún añorante blues espurio (de Petula Clark o Lou Reed). Y la dulzura liquidadora culmina asertivamente en una frase desde hoy célebre que es a la vez insidioso remate lógico en punto negro, sarcástica desembocadura megalomaniaca, coronación de la gigantesca metáfora histórico-ficcional, impotente final generosamente abierto en su malignidad y suculento vómito conclusivo-incisivo: "Págame, aquí estás solo, no hay comunidad; Estados Unidos no es un país, es un negocio".
 
II. LA MOFA CANCEROSA. En Una visita inoportuna (Le bruit des glaçons, Francia, 2010), heteróclito filme 17 del siempre provocador ultramisógino-misántropo francés de 71 años Bertrand Blier (Les valseuses 74, Mi hombre 96), el novelista en decadencia alcohólica de siete u ocho botellas diarias Charles Faulque (el ex divo del cine mudo Jean Dujardin de El artista) recibe cierta funesta mañana la visita de su cínico Cáncer personificado (el ex golpeador Albert Dupontel de Irreversible), el cual, como si se le hubiese declarado amorosamente, se instala de manera descarada y promiscua en el palacete rural provisto de piscina que ha adquirido, incluyendo a la vieja ama de llaves devota y esmirriada Louisa (Anne Alvaro), a quien él desearía ver acompañándolo cariñosamente en sus últimos dolorosos días, pero ella también se ha enamorado en secreto de él, pese a estar siendo visitada también por su Cáncer femenino de tercera (Myriam Boyer), pese a deber iniciar en el sexo al hijo tímido de su amado patrón Stanislas (Émile Berling) y pese a sentir celos de la linda joven rusa Evguenia (Christa Théret) que pronto abandonará a su rival, pudiendo unirse por fin sin trabas y luego aliándose urdir un ardid para engañar a sus respectivos cánceres inextirpables. La mofa cancerosa hace oír el ruido de los témpanos, según el título original, a modo de comedia dramática loca o tragicomedia con ribetes de fantasía mágica y desahogo de humor negro, más allá de toda sofisticación, cual tentativa de farsa límite y sátira siniestra a la enfermedad-flagelo de nuestro tiempo, con deliberada maldad burlona excedida (esa colindancia de los cuerpos indistintos, esa constante voyeurización mórbida de las difíciles proezas sexuales del aún vivo, esas irrupciones-flash de un paparazzo fotografiando al famoso) y crueldad vuelta autoirrisión incólume al dolor (esas risotadas del Cáncer al comenzar las migrañas aniquiladoras, esa venganza provocando metástasis como último recurso de control absoluto), a veces del peor gusto (ese noqueador topetazo del cancerólogo para someter al paciente en sus garras). La mofa cancerosa sitúa sus flashbacks-viñeta vitalista (ese primer encuentro con la primero repelente luego tan deseada Louisa al contratar la mansión), sus escenas platicadas-reactuadas a cámara en tumulto (cual orgía potencial) y sus planos desplazados (la madre rusa) en las antípodas de los auspicios balsámicos de la peluquera calva de Todo lo que necesitas es amor (Bier 12), pero en un terreno simbólico muy semejante, hasta culminar en esa descomunal cópula interminable de varios días, sin importar mirones o nuevos clientes de la voraz agente inmobiliaria. Y la mofa cancerosa alía, detonante y sincrética, desde la nueva música francesa más dura (Pascal Dusapin) hasta la cancioncita musitada por Jacques Brel ("No me dejes"), para conjurar a ese Cáncer cual langiana Muerte cansada de matar y largarse con champaña en velero idílico hacia la libre salud.