Opinión

Anderson y Zeitlin: guiando


I. EL MATERIALISMO DIANÉTICO. En The Master (EU, 2012), vibrante sexto opus del macroautor total californiano de 42 años Paul Thomas Anderson (Magnolia 99, Petróleo sangriento 07), el tronado ex infante de marina alcohólico y obsexo Freddie Quell (Joaquin Phoenix genial) que sufre de síndrome traumático posbélico y ha intentado hacerla como fotógrafo de tienda (pero madrea sin motivo a un cliente) y cosechador de coles (pero envenena a un peón paternal con los brebajes a base de solventes que prepara), se refugia en un yate de lujo donde cae parado en las manos del seudocientífico líder místico de una secta-terapia omnicurativa de traumas removiendo tus vidas pasadas Lancaster Dodd (Phillip Seymour Hoffman cual supercarismático megalómano) que disfruta sus pócimas atroces y lo convierte en su protegido favorito y en conejillo de Indias modélico de sus arduos ejercicios psicoexasperantes...
 
... durante una triunfal gira por la Costa Este, ambos acompañándose incluso en un paso por la cárcel, pero provocando la grilla por envidia de la esposa archimanipuladora en frío medio sádica Peggy (Amy Adams), del maldito hijo castrado Val (Jesse Plemons) y de la calumniosa hija rubita eroprovocadora Elizabeth (Ambyr Childers) que integran la comitiva, hasta el deterioro de la relación magnífica, la huida sin término del cobayo humano Freddie por el desierto en el transcurso de un ejercicio y una fracasada tentativa de reencuentro en Inglaterra con el ahora demasiado célebre charlatán millonario.
 
El materialismo dianético delinea el retrato del perfecto héroe primermundista de nuestro tiempo en la efigie de un perfecto bribón desintegrado, su desarraigo, su fascinación por el primer Guía hitleriano que encuentra (inspirado en la figura del mediocre cineguionista fundador de la cienciología L. Ron Hubbard), su espontánea vocación de compulsivo guarura golpeador de todo cuestionante escéptico o editor hipercrítico, su descomposición crispada/crispante a flor de piel y rictus con acentuadísimo labio leporino, su autorrepresión instintiva que imaginariamente desnuda por completo a toda fan-hieródula del patrón pícnico vuelto grácil bailarín dionisiaco, su furia melancólica y su tristona añoranza del amor puro al nivel de un cacique rulfiano cualquiera y encarnado por la ingenua rubita pueblerina Doris.
 
El materialismo dianético despliega su carga expresivo-narrativa con brioso vigor sin adjetivos, pero con demasiado objetivos, dentro de un personalísimo cine de personajes y brillantes hechos contundentes en torno a volátiles ideas sobre la marcha y aberrantes creencias apabullantemente idiosincrásico-religiosas, con un retorcido Dios tonante en la dolarizada Tierra, oblicuamente visto desde la devota perspectiva de su criatura predilecta, y con alcance social inédito desde El ciudadano Kane (Welles 41) o Elmer Gentry (Brooks 60) o El apóstol (Duvall 97): totalizador totalitario en el neoscurantismo bienhechor de su gajo épico.
 
Y el materialismo dianético replantea la dialéctica poshegeliana del amo y el esclavo como una férrea interdependencia enferma del alter ego inasumible, un amor/odio siempre a punto de estallar para hacer pedazos la litera y el inodoro de la celda en la escena más intensa, una irrenunciable necesidad de carismático guía hitleriano y sumiso discípulo innombrable, una búsqueda del padre igual de abominable que la búsqueda del hijo, una inconsciente condescendencia mutua que va más allá de la comprensión instintiva de lo mejor y lo peor en la otredad, una perversión que provoca placer y dolor indeslindables, una complicidad ideal en el eufórico frenesí autodestructivo y un ridículo intento final por emular al Master con una ebria idiota ocasionalmente levantada en algún pub.
 
II. EL PANTANO RADIOSO. En Una niña maravillosa (Beasts of the Southern Wild, EU, 2012), atronadora rara avis del cine independiente estadounidense que marca el debut del cortometrajista neoyorquino de 30 años Benh Zeitlin (Huevo 05, Gloria en el mar 08), con guión suyo basado en la excéntrica pieza teatral Suculento y delicioso de Lucy Alibar, la superencantadora niña afroamericana de seis años con botitas blancas y perenne mirada atónita Hushpuppy (Quvenzhané Wallis omnipresente) mora entre nidos de pájaro en la cama, animales de corral, perros y un horizonte de llantas y rieles infestados de cizaña, al lado de su padre ermitaño Wink (Dwight Henry casi incidental) en los confines de un cayo de Louisiana denominado La Bañera, lejos del mundo seco que la fascina con sus carnavalescas vacaciones perpetuas, y demasiado cerca de las fábulas alucinantes de la entrañable Miss Bathsheba (Gina Montana), siempre bajo la amenaza de una próxima inundación, que en efecto sobrevendrá, pero a consecuencia de un deliberado/indeliberado incendio infantil del remolque abandonado donde vive, para poder bogar a bordo de una balsa-bote improvisada, con toda la comunidad sobreviviente, sin rumbo ni término.
 
El pantano radioso fusiona por sorpresa, entre el drama realista y la fantasía con criaturas del bayou, a la niña Django transfigurada por chisporroteantes resplandores pirotécnicos, a la aislada pareja dispareja de Robinson Crusoe (Buñuel 52) reinventando la civilización desde la prehistoria hirviendo en la cocina, la selva primigenia al occidental gusto de Tarzán, la terquedad aventurera de otro Mundo acuático (Reynolds 95), el horror historietístico-cine-TVserial de El monstruo del pantano (Craven 82), la sublimación sexual/asexuada del primordial incesto padre-hija del Nunca te dejaré / The Ballad of Jack and Rose (Rebecca Miller 05), la añoranza del universo posapocalíptico de Los niños del hombre (Cuarón 06), el exilio dentro del éxodo y el éxodo al interior del exilio sin posibilidad de reino alguno, la metáfora del Diluvio Universal, el 'En verdad vivo en tiempos terminales' y el 'Vengo hacia los tiempos del desorden' del Brecht poeta, y así hasta el infinito, cual dulcefebril premonición o lamentosa protesta contra el extremo cambio climático por venir.
 
El pantano radioso desafía alegre y descaradamente toda verosimilitud en primera instancia, mediante la ilustración casi siempre por montaje, de un incontenible e irrepresentable delirio literario-poético ('Si papá me mata, el mundo no me olvidará'), vueltas atracciones eisensteinianas, o más bien las sensaciones puras de una subjetividad lírica y su inconsciente precozmente adulto, ambos al fin sin ataduras. Y el pantano radioso se consuma como una interminable búsqueda de la abandonadora madre imposible pero acaso aún todoamparadora, con la que dialoga imaginariamente la niña y se confunde con una hiperseductora afropiruja de burdel, hasta el deshielo de los polos, la acometida cada vez más feroz de una manada de imaginarios jabalíes gigantes llamados uros, la deleznable agonía del tiránico padre aquejado de una misteriosa enfermedad y la itinerante navegación anecdótica, rumbo a la huida perdurable, amén.