Opinión

Anderson y Al Mansour: transgrediendo

I. EL EMBALSAMAMIENTO ENCANTADO. En El Gran Hotel Budapest (The Grand Hotel Budapest, EU-Alemania, 2014), inesperadamente vertiginoso opus 8 del estático estético texano de 44 años Wes Anderson (de Rushmore 98 a Un reino bajo la luna 12), con guión suyo y de Hugo Guinness basado en diversos relatos del malogrado escritor austriaco suicida también de culto mundial en su época Stefan Zweig, una joven inspirada por la estatua de un regio Autor del pasado lee uno de los libros donde éste (Jude Law) narra su descubrimiento entreguerras del esplendoroso Gran Hotel Budapest entonces ya prácticamente desierto en el tambaleante reino alpino de Zubrowska y su encuentro en los baños con el misterioso dueño árabe de él, Zero Moustafa (F. Murray Abraham), quien ante una sofisticada cena le contará la historia de cómo vino a caer en sus manos de modesto joven inmigrante bélico (Tony Revolori) el palaciego recinto, tras evocar la legendaria figura protagónica del concierge superrefinado Mr. Gustave (Ralph Finnes), la total dependencia de él primer como simple botones y luego como acompañante de aventuras, su perfecta disciplina hotelera cronométricamente militarizada y sus bellas artes para satisfacer la sensualidad de millonarias ancianas decrépitas, una de las cuales, ophulsianamente llamada Madame D. (Tilda Swinton), le heredaría un invaluable cuadro renacentista llamado “Muchacho con manzana”, veladamente todas sus propiedades y una rocambolesca trama criminal que lo orillaría al robo de su propio legado y le costaría una acusación de asesinato y un involucramiento con personajes tan siniestros como el perverso desheredado consanguíneo resentido Dimitri (Adrian Brody) y el suprimible agente traidor Kovacs en pos del inasible albacea fugitivo Serge X. (Mathieu Amalric), un encarcelamiento brutal, una fuga trepidante, una peregrinación hasta los confines nevados de una montaña inaccesible, varias detenciones castrenses y al final su propia vida cual embalsamamiento encantado, siendo el pequeño Zero su único heredero, cuando lo único que deseaba era disfrutar con su novia repostera con lunar en forma de exótico territorio mexicano Agatha (Saoirse Ronan).

El embalsamamiento encantado se solaza retorciendo los recovecos y vicisitudes malvadas de ese país ficticio de Zubrowska más cerca del risible por agitado país-ficción Freedonia de los Hermanos Marx en Sopa de ganso (McCarey 33) que del libertino país-digest decadente Kronberg de Erich Von Stroheim (La reina Kelly 31), ese repertorio en apariencia inagotable de villanos grotescos cual narcisista egoteca transferida a caricaturescos caracteres peleles, esa intriga cada vez más enredada, esa inextricable sensación de caos pluriagitado y abismal/abismado, esa excéntrica estructura narrativa en abismo heráldico de una historia dentro de otra historia al infinito demencial, esa maniática atención a todos los detalles prepotentes y significativos, esa retórica de alcurnia con recitados de poesía romántica a la menor provocación altisonante, esa red incomparable de majestuosos interiores centroeuropeos en contraste con las mazmorras o los túneles goteantes, esa trama tan laberíntica como esa abrumadora red de peripecias atosigantes, esos controles ferroviarios a punta de culatazo, esos pactos solemnes para la eternidad, esa idealizada interdependencia fáustica entre los héroes que revelará mutuamente salvadora y ese regusto gratuito por la estilización voraz en el vacío. El embalsamamiento encantado lleva el humorista estilo antes tiernísimo de Anderson a extremos de violencia e ironía amarga jamás antes por él frecuentados, donde puede expandirse a sus anchas, también o por vez primera, la pomposidad de espaciotiempos compactados en molto legato, enfoques frontales y de perfil de primitivo u oriental en exclusiva, elegantes travellings lateral de recorrido en ida y vuelta, feroces giros a 90 grados, veloces tracks hacia adelante en despoblado, relampagueantes monocromías artificiales a rabiar, o acezantes acordes percutivos inauditos del músico Alexandre Desplat reemplazados de súbito por insistentes attaca de un concierto de Vivaldi para mandolina y por incallables arpegios de balalaikas ad nauseam, ritmando escenas tan insólitas como un cambios de canastilla a mitad del vuelo en teleférico. Y el embalsamamiento encantado hace desembocar su insaciable saga de la comicidad y su delirante sucesión de tableaux barrocos en una múltiple afirmación de la saña por el daño ajeno, al unísono malsano de una íntima tristeza reaccionaria y un autónomo/autárquico placer de narrar por narrar, ambos incapaces de resucitar los nostálgicos afectos añorantes, exquisitamente apestando antes de que su tiempo hubiese siquiera transcurrido, exánimes pero resplandecientes y perennes como un inaccesible pastel de marca.

II. EL DERECHO DESEANTE. En La bicicleta verde (Wadjda, Arabia Saudita-Alemania, 2012), valeroso y conmovedor debut de la autora total saudiárabe en Egipto y Australia formada de 38 años Haifaa Al Mansour (cotos previos: La única salida 05, Mujeres sin sombras 05), la encantadora niñita empecinada de 10 años Wadyda (Wad Mohammed de mirada hipersensitiva) trabaja con tenacidad fabricando pulseritas, llevando recados para clandestinas citas amorosas o participando en un concurso de memorizados suras canoros del Corán, con tal de adquirir una bicicleta ya apartada en la tienda barrial, una bicicleta emblemáticamente verde, tan verde como la del amiguito de ella enamorado Abdullah (Abdullah Rahman Al Johani) en la que nuestra pequeña practica y tan verde como los colores nacionales de un país donde las mujeres con abaya obligatoria no pueden ni deben montar en bicicleta, donde no existe el derecho a desear nada, sobre todo aquellos derechos deseantes femeninos que se consideran transgresores y son puntualmente reprimidos por la ascética profesora Hussa (Ahd) a la hora de triunfar en el concurso, y donde la madre maestra de la niña (Reem Abdullah) se esfuerza en vano para valorarse de cara al severo padre distante (Sultan Al Assaf) con el objeto de que la dignifique desposándola, aunque éste acabe repudiándola para optar por una boda familiarmente concertada.

El derecho deseante surge como rara avis de varias maneras subversiva en una Arabia Saudita donde, por motivos tradicionalistas y religiosas, las salas de cine están prohibidas y, en consecuencia, jamás se había producido película alguna de ficción, pero que se ha conseguido gracias a un equipo técnico de documentalistas fundamentalmente germanos encabezados por el avezado cinefotógrafo Lutz Reitmeier y hermanados a la temeridad de la talentosa realizadora oculta para dar órdenes por walkie-talkie (al estar también prohibido mostrarse o mezclarse con varones en sitios abiertos) y a un despliegue de ayudantes locales capaces de arrostrar las interdicciones y repeler los señalamientos o agresiones de vigilantes y ciudadanos en los extendidos barrios antiguos de la ciudad de Riad, donde cualquier ser anónimo puede cuestionar e impedir cualquier acto público que por razones fundamentalistas le moleste.

El derecho deseante delira un relato-fábula liso, sin estridencias, tranquilo y equilibrado cuya aparente sencillez misma, que refleja y duplica a contrario y disfraza la profunda insensatez de las heroínas (tener una bicicleta, casarse con su propio marido), a través de una inteligente puesta en irrisión de cierto bombardeo de consignas aberrantes (“La voz de las mujeres es desnudez”, “Házme padre de un hijo varón y me tendrás”, “No dejes el Corán abierto: el diablo podría escupirlo”) y una emotiva sucesión de turbadoras escenas de varios filos significativos: las provocadoras agujetas liláceas del arranque, el castigo sudando al sol por no hacer oír lo suficiente la sacra voz cantante, el fatigoso cruce materno hasta el fin del mundo cotidiano, la altanería machista hasta de parte de un chofer incontestable, el desafío del lóbulo doblemente perforado y una piedrecilla volcánica en la mano, el juego de arrebatar el velo islámico desde el vehículo inalcanzable, la tentación de la bici con guirnaldas multicolores en el manubrio, el papelito con el nombre propio femenino que a la brava se añade al árbol genealógico masculino en exclusiva, la irónica mnemotécnica de versos musulmanes particularmente discriminadores antimujeriles, un irreverente vestido rojo, manjares depositados a la puerta del tartufesco marido agradecido en sesión impenetrable para su pareja esclavizada, esa intimidación política con abultados bigotes cretenses y guías de luces ornamentales, o la forzada hipocresía de una cesión del premio en efectivo a ciertos Hermanos Palestinos.

Y el derecho deseante acaba por imponerse como tema feliz, cuando la simbólica bici sea al fin adquirida por la madre deleznada, recurriendo a la solidaridad en la ignominia (“Eres lo único que me queda”), para que la niñita salga corriendo hacia su primera liberación inocentemente consumada (“Alcánzame si puedes”).