Opinión

Anaya, ese vendedor
de espejitos

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Ricardo Anaya

Los partidos políticos viven una incesante competencia interna. Muchos militantes pretenden ocupar cargos directivos, cuyo número es limitado por definición, o en su momento ser designados como candidatos a puestos populares, universo finito y por lo mismo igualmente
disputado.

Esa dinámica hace que de manera permanente, en un día a día que no conoce descanso dominical o días de guardar, muchos políticos trabajen por un lado en avanzar, y por otro lado en que ni sus compañeros de partido, ni los eventuales contrincantes pertenecientes a otras organizaciones, avancen en el territorio que ellos quieren para sí.

Cada movimiento de un político es auditado e interpretado, en ocasiones con una obsesión que a los que no se dedican a eso pudiera parecer delirante, por otros políticos.

Por todo lo anterior, no es cierto que para un dirigente nacional de un partido sea una tarea difícil, mucho menos monumental, el saber santo y seña de sus legisladores locales y federales, de sus presidentes municipales, de sus gobernadores, etcétera.

Hablen con cualquier exdirigente nacional de un partido político, pregunten por un correligionario en Chetumal y prepárense por la cascada de nombres, datos y anécdotas que obtendrán como respuesta. Recitar detalles de las Casas de Game of Thrones resulta un juego de niños frente al dominio que tienen de la grilla en todo el país. En todo el país.

Es medianamente entendible que Agustín Basave, reincorporado hace poco a la política y circunstancial jefe del Partido de la Revolución Democrática, exprese simpatía por la peregrina idea de convertir a la Procuraduría General de la República en una oficina expedidora de cartas de buena conducta de candidatos.

Lo que resulta inaceptable es que Ricardo Anaya, líder nacional del PAN, pida el auxilio de la PGR en su intento por escurrir la responsabilidad que tiene Acción Nacional por haber seleccionado a una candidata, ahora diputada, a la que hoy se acusa de presuntos nexos con Joaquín Guzmán Loera, El Chapo.

Anaya vuelve a las andadas. Pone otra vez su astucia al servicio de tácticas baratas. No puede alegar ignorancia en este caso. De una forma u otra ha formado parte del grupo que decide los destinos de Acción Nacional desde 2012. Gustavo Madero lo tuvo de mano derecha al punto de llegar a intercambiarse dos veces la presidencia del partido.

Llamar a que sean las autoridades del Estado las que digan si tal o cual candidato o político anda en malos pasos supone una renuncia al deber elemental como líder de una organización. Más cuando el PAN no se distingue, precisamente, por ser una organización de puertas abiertas.
Es entendible que Anaya busque construir una cortina de humo con respecto al caso de la diputada sinaloense. Eso es mejor a arriesgarse a jalar el hilo sobre cómo se dio esa candidatura: tendría que publicar quién sabía qué, y seguro no fueron pocos ni de menor rango los que tuvieron información.

Anaya pretende que le creamos que su idea es fantástica, que es una vacuna que impedirá nuevos bochornos a la clase política.

Pero lo que intenta vender es un placebo. El verdadero remedio fue inventado hace mucho. La ambición de un político por un cargo le hace averiguar todo sobre sus contrincantes. No se precisa de la PGR o el CISEN para saber quién anda en malos pasos. Se requiere que los líderes nacionales no evadan su responsabilidad, que escuchen a sus correligionarios y que, sobre todo, asuman que si los Abarca llegan y se mantienen en el poder, es porque las dirigencias decidieron hacer como que no sabían.

Twitter: @SalCamarena

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