Opinión

Álvaro Matute Aguirre 

15 septiembre 2017 5:0
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Álvaro Matute

Uno. Estuve con Álvaro, en su cubículo del Instituto de Investigaciones Históricas, unas dos semanas antes de su repentino fallecimiento. Amistad de larga duración, no pocas crisis universitarias y no pocos empeños compartimos.

Dos. Uno de mis introductores en los campos de batalla revolucionarios. Los otros: de “léidas”, don Jesús Silva Herzog; también en vivo, Eugenia Meyer, Javier Garciadiego, Gloria Villegas. Oportunidad tuve de cursar, con él como profesor, la materia de la Revolución Mexicana, en el doctorado.

Tres. Y cuando a un grupo nos dio por los encuentros binacionales de mexicanistas en la crítica e historia literarias, encuentros en la Ciudad de México y en Texas, contamos con su puntual, sapiente contribución. Diálogo transfronterizo que, de haber continuado, no poco tendría que decir hoy que azota Bóreas Trump, turbulento viento del Norte.
Cuatro. Lo buscaba en su terreno, para proponerle un nuevo proyecto, mismo que generoso, no sin enriquecerlo, aceptó. Me extrañó la ausencia de un aviso de su invención “Se lee ajeno”. Me placía su reír para adentro, como si la carcajada abierta (la de un Bonfaz Nuño, la de un Carpizo, la mía propia), faltara a alguna norma de etiqueta social.

Cinco. Sobre su escritorio lucía una lujosa edición (Segob), de su autoría, sobre la constitución mexicana de 1917.

Seis. Suelo imaginar, con mis amigos de la misma “rodada” puma, una agenda para conversaciones futuras. Cómodas e incómodas, prospectivas y traumáticas.

Siete. Se me impuso una: ¿por qué, si el único premio internacional, en español, a la UNAM, el Príncipe de Asturias, reconoció a las Humanidades, éstas llevan rato de capa caída, borrosa su identidad social, empeñadas en mono-disciplinas que cierran sus fronteras?

Ocho. Deploro que ya no pueda abordar esta cuestión urgente con Álvaro Matute. No sería primera vez que tocábamos el tema, y una de sus raíces evidentes.

Nueve. La imposición de criterios en las estancias evaluadoras, internas y externas, del “modo” de producción científica. El artículo, normalmente en colaboración, frente al libro. El tiempo de elaboración, en constante validación en la ciencia, moroso en las Humanidades.

Diez. Y el tipo de verdad en juego. Apodíctica en la ciencia, por aproximación en las Humanidades. Se miden a estas últimas con un rasero que no les corresponde. Asunto de cambiar las relaciones de poder académico.

Once. Hombre de vena literaria en lo particular (no sin razón cultivó la Historiografía, escritura de la historia), y artística en lo general, no pocas ocasiones añoramos los tiempos antiguos en los que la vocación humanista (la del ser humano como tal, sus figuraciones luminosas y fracasos, grandezas y bajezas), respondían a su solo fuego.

Doce. Vocación del todo ajena a la burocracia certificadora y a la “informitis” (forma de poder) que, por ejemplo, en las Universidades Españolas, ha llevado a la jubilación anticipada de profesores eminentes.

Trece. Homo academicus: hechura ajena, de los demás. Evaluadores, consejos internos y técnicos; la Espada de Damocles de los grados, una “productividad” más frenética que trascendental.

Catorce. Ya no habrá oportunidad de que su formidable antología de textos sobre el siglo XIX, incuestionable en los temas de la política, la sociedad, la economía, las relaciones internacionales, incorpore los relativos a la producción simbólica. Literatura, artes, pensamiento, ideas e instituciones educativas. Historia Intelectual.

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