Opinión

Almodóvar y Pons: saineteando


 
I. EL CONFESIONARIO SEXOAÉREO. En Los amantes pasajeros (España, 2013), autoconsciente filme 19 y jaladísimo retorno a sus orígenes cómicos del ya tan alivianado cuan hipercomplaciente autor total manchego de 61 años Pedro Almodóvar (tan cerca de Mujeres al borde de un ataque de nervios 88), el comandante aviador bisexual Álex Acero (Antonio de la Torre) y su copiloto gay de armario Benito (Hugo Silva) se percatan a la mitad de un vuelo comercial que va dañado su tren de aterrizaje, debiendo dar eternas vueltas en busca de un aeropuerto de emergencia...
 
 
... pero, por más que tripulantes como el líder de un trío danzarín de azafatos jotos Joserra (Javier Cámara) se esfuercen por administrar sedantes y revoltura Agua de Valencia con mezcalina para entretener ("Tenemos algunos problemillas") a los pasajeros, algunos de éstos pronto se dan cuenta de la peligrosa situación, con irrupción en la cabina y subsiguientes pánico asfixiado, plurisexuales desenfrenos y catárticas confesiones de vergüenzas y secretos. El confesionario sexoaéreo parece agotarse en su desemejante semejanza de escopetazo con la hilarante serie de cintas ¿Y dónde está el piloto? (a partir de Abrahms/Zucker 80), que a su vez era una sátira declarada a las secuelas de Aeropuerto (a partir del filme de Seaton 65) descaradamente calcadas del modelo hollywoodesco clásico con cruce de pintorescos destinos a lo Grand Hotel (Goulding 32), y en la verbosa de su tipología farsesca, una de las más prolijas y excedidas del cine español desde las desternillantes épocas gloriosas (entre Bienvenido Mr. Marshall 52 y Todos a la cárcel 93) de un Berlanga aquí vuelto Verganga, por lo que ahí están los novios mayorcitos (Miguel Ángel Silvestre y Laya Martí) que narcofornican a lo bestia, la entrometida vidente cuarentona abusiva (Lola Dueñas) que se genitoinicia con un tipo anónimo por completo sedado de la clase turista, el acartonado asesino a sueldo mexicano (José María Yázpik) que se enamora de la ex dominatrix chantajista (Cecilia Roth) a quien debía liquidar, el defraudador empresario calvo (José Luis Torrija) que telefonea conciliatoriamente a su hija antes de entregarse a la justicia, el aspirante a bígamo irresponsable (Guillermo Toledo) que provoca a distancia el sacrificio heroico de su noviecita linda (Blanca Suárez) en favor de una guapísima sexopsicótica de manicomio (Paz Vega), y así hasta el salvamento-redención final.
 
 
El confesionario sexoaéreo pone en irrisión tanto la imposibilidad de lucidez de los pasajeros como la radical inutilidad de ella, puesto que todos añoran, con íntima tristeza reaccionaria, los inolvidables tiempos en que la jotería escandalizaba a las buenas conciencias y la droga apenas despuntaba alegremente, sobredimensionando detalles chuscos como la maleta-altar hinduista o el descompuesto teléfono con altoparlante para seguir las conversaciones más privadas, o escatimando elegancias formales como el aterrizaje en off desde inhabitadas salas de espera para evidenciar que el Aeropuerto de La Mancha nunca ha prestado ningún servicio por ser producto crítico de la corrupción generalizada en el actual desplome socioeconómico de España. Y el confesionario sexoaéreo tiene la loca manía de soñarse un etéreo jotosainete loco sobre la locura de amor, por imponer alocadamente, sin demasiada gracia ni ritmo ni agilidad, su régimen a tontas y a locas, a tontas locas y a locas tontas, porque cree firmemente en la obsesión colectiva de comerse la polla del vecino de asiento, en la súbita revelación de nuevas orientaciones sexuales propias o ajenas, en la noble renuncia al amor por amor y en cualquier otra forma convencional de relación que no sea la común y corriente, aunque ellas también lo sean a fin de hipócritas cuentas y reconciliadores cuentos verdes con ansias pansexuales, dentro de una renovada Jaula de las Locas con coro griego ("I'm so excited") y llena de avinagrados afectos especiales.
 
 
 
II. EL SOMETIMIENTO PRÓVIDO. En Años de Gracia (España, 2011), desenfadado desenfrenado pero gratuitón filme 23 del precursor almodovariano barcelonés hace poco TVrebautizado tardíamente por EuroChannel como "el catalán provocador" a sus tiernos 67 años Ventura Pons (Ocaña: retrato intermitente 78, Anita no pierde el tren 01), con guión suyo, de Carme Morell y Jaime Cuspinera, el atrabancado pueblerino aprendiz de pintor David (Oriol Pla) se muda a Barcelona, aceptado a regañadientes como estudiante au pair pero en realidad inepto compañero de brisca y sirviente esclavo de la tiránica sexagenaria cascarrabias Gracia (Rosa María Sardà el siempre carismático fetiche alter-ego huraño de Pons en las buenas remotas y en las subsiguientes eternas) cuya verba muerde a todas sus vecinas y sólo platica cariñosamente con un archihumano periquito entrenado para delator, y cargando ese lastre, el chavo intenta salir de su concha, limitándose a establecer una dependiente complicidad creadora con el cantinero de abajo Pere (Santi Millán), a hacerse romper el corazoncito por la complicadísima condiscípula desalmada Noa (Diana Gómez) y a descubrir el casto goce masoquista de tolerar a la vieja, debiendo primero rebelarse contra profe caduco y casera, y tras pasar una noche tirado en la puerta cerrada, someterse ingeniosa y triunfalmente a ellos.
 
 
El sometimiento próvido se sostiene sobre él corriendo para llegar tarde a la emigración muy años cuarenta desde un pueblaco rabón a la gran ciudad tomada por generaciones y sin sitio para los jóvenes, sobre el berrinche destrozando objetos rememorantes por un ridículo padre abandonado conyugal (Lluís Villanueva) que así demuestra la inoperancia de su esterilizada genética sentimental, sobre el festín de brujas entredevoradoras en el salón de belleza ladrante, sobre la idealizada relación paternal-patronal a lo Padre padrone (Taviani 77) y sobre el sedado letal del pinche perico para callarlo. El sometimiento próvido consuma en apodíctico tono festivo que se desea delirantemente sensato el sangrón prodigio de hacer reiterativa referencia a los tautológicos pero aún así muy simbólicos Años de Gracia para vivir con Gracia en el estado de Gracia que concede y se concede una vetarra arisca llamada Gracia en el bravo barrio barcelonés de Gracia y en una ficción que sobre esa gracejada, y otras análogas, se estructura, para arremeter dulcemente y con tesitura light en contra de los gráciles aparatos ideológicos de control representados por la familia desintegrada y sólo resarcible en caricatura gerontofílica (sin igualar al erotanático transgresor ya mítico Enséñame a vivir/Harold y Maude de Ashby 71), el desempleo irremisible o la crisis española sin término. Y el sometimiento próvido sublima su comedia screwball de costumbres jocosamente decrépitas (esos baldes de agua arrojados desde la ventana) mediante un final feliz tan apoteótico cuan conformista que celebra el caos con mota y el aliviane empresarial mientras dure.