Opinión

Allen y Coira: satirizando


 
I. LA DEGRADACIÓN FEMENINA. En Jazmín azul (Blue Jasmine, EU, 2012), dramático opus 43 del ex comediante autor total de 77 años Woody Allen (tras sus encantadoras fantasías inocuas Conocerás al hombre de tus sueños 10 y Medianoche en París 11), la aún bella dama otrora opulenta socialité pero hoy terriblemente inepta para la vida práctica Jeannette, autobautizada Jazmín (Cate Blanchett rugosamente sublime), ha debido huir de sus deudas en NY, del suicidio de su estafador marido mujeriego Hal (Alec Baldwin) y de un colapso nervioso, para refugiarse, como vil recepcionista de un consultorio dental, acosada por el jefe acomplejado e ilusa tardoestudiante de computación, en el humillante depto suburbial en San Francisco de su flacucha hermana por adopción Ginger (Sally Hawkins tan chisporroteante como en La dulce vida), madre divorciada de dos bodoques, dependienta de supermercado y jodida amante del tosco macho llorón ya mudándose a su estrecho espacio Chili (Bobby Cannavale), con quien la mujer en fuga, considerando que ese tipo encarna la vulgaridad absoluta, entrará en inevitable conflicto violento, no sin antes haber conocido, tanto ella como su hermanastra, la gloria de efímeros romances salvadores con el barbilindo Gran Gatsby viudo Dwight (Peter Sarsgaard) y con el hipócrita sexoadicto casado Al (Louis C. K.), respectivamente, hasta que la infeliz Jazmín deba verse también autoexpulsada de ese mundo enrarecido y más degradada que nunca.
 
 
La degradación femenina se inspira de manera a un tiempo solapada y abierta, pero siempre contundente y definitiva, en el paradigmático drama psicológico-sociopático moderno Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams, cuyo rol protagónico de la pavorosa histérica Blanche Dubois acababa de encarnar mil veces triunfalmente la misma Blanchett en Broadway, hasta hacer obligado el chistorete de Un tranvía llamado Cate, algo que con el mayor genio y descaro del mundo retoma el noble Woody, a la aviesa caza de la inolvidable versión clásica de Elia Kazan 51 con Vivian Leigh contraponiéndose a Marlon Brando, para convertir otra vez a su patética heroína en un remedo y un prototipo up to date de la mujer fracasada y sin remedio deshecha y desechable, desmembrada entre el delirio autoidealizante y la imposibilidad de aceptación, entre el frenesí creciente y los embates de lo cotidiano intolerable, entre su imaginación y la realidad brutal.
 
 
La degradación femenina se estructura como una despiadada sátira a fuego lento, con base en un cruel vaivén contrastante entre escenas en tiempo pretérito articuladas sobre las cuatro S rutilantes (sol, suntuosidad, sofisticación, snobismo) y secuencias en presente sostenidas sobre las cuatro V de todos tan temidas (vulgaridad, violencia, villanía, vituperación), sólo para descubrir de golpe que Jazmín de nada y para nada era inocente, que sabía de las fechorías de su marido y acabó denunciándolo, orillándolo a la autodestrucción, cómplice, víctima y verdugo de los demás, entre ellos su rencorosísimo ex cuñado polaco Augie (Andrew Dice Clay), siendo sin duda, ella misma, la única y verdadera causante malvada de su propia decadencia. Y la degradación femenina arranca como comedia sociofóbica con un narcisista parloteo confidencial ante cierta apabullada compañera anónima de vuelo y culmina como tragedia íntima con un narcisista parloteo divagante de la misma Jazmín en una banca a media calle, en el desamparo, con los sueños rotos y a punto de romperse ella misma, como siempre en el cenit de una fractura expiatoria sin término.
 
 
II. LA GASTRONOMÍA ABSORBENTE. En 18 comidas (España-Argentina, 2010), microsegmentario opus 3 del TVserialista gallego de 39 años Jorge Coira (Entre bateas 02, El año de la garrapata 04), sobre un trabajadísimo guión suyo con Araceli Gonda y Diego Amexeiras, ensarta un incontable haz de episodios al hilo sobre preparaciones y degustados de comida, en donde habrán de agitarse y absorberse el ex trotamundos músico callejero ya calvo Edu (Luis Tosar) que es invitado a comer por la otrora amor de su vida vuelta aburrida esposa de nuevo embarazada Sol (Esperanza Pedreño) que por calientachiles lo mete en un conflicto existencial del que sólo podrá sacarlo el alegre consuelo solidario de un macedonio ladronzuelo de chorizos, el abuelo patriarcal (José María Pérez) con abuela esclavizada en la cocina (María del Reugio Pereveira Pena), que pasan todo el día juntos sin apenas dirigirse la palabra, el actor bonito Vladi (Pedro Alonso) que se afana aderezándole manjares a una ligue soñada que lo plantará por teléfono en cada comida mientras es invadido por los gorrones colegas crudelios con quienes acabará reuniéndose en una fiesta descomunal, el profe de gimnasia Víctor (Víctor Clavijo) que oculta al irascible hermano conservador su condición como gay de clóset con tarzanesco novio hacendoso (Sergio Pérez-Mancheta) hasta que su ridículo engaño salga a la catastrófica luz, la ingenua cantante obesita en busca de horizontes Rosario (Nuncy Valcárcel) que es forzada a participar en el desgarrador drama de un viejo restaurantero infartado, y muchos bípedos abismados más.
 
 
La gastronomía absorbente apenas entrecruza o entrelaza tangencialmente estas historias cuya estructura dramática, si bien multifragmentada y entreverada, va creando un mural costumbrista de excentricidades postsaineteras, escrúpulos ya absurdos, cobardías cotidianas y crueldades por hipocresía consigo mismas cuya primera víctima será quien las cometa, un corpus sinfónico de satíricas situaciones antitelenoveleras, erizantes por embarazosas e irritadas sin término y burlonas a rabiar, trátese del trovador pobrediablesco asumiendo su fracaso vital, de los viejillos tragones ya sin nada que decirse, de los dionisiacos derrotados por su oralidad, o así.
 
 
La gastronomía absorbente hace comparecer al añorado virtuosismo coral clásico tipo Berlanga, para escalonar sus historias, distribuyéndolas entre el desayuno, la comida propiamente dicha y la cena, que corresponden al planteamiento, nudo y desenlace de cada una, más alguna sorpresiva e instantánea, e ir cambiando de tono al filme globalizador, alternativamente desenfadado, jubiloso y melancólico inconsolable, siempre ostentando como homenajeables telones de fondo tanto a la populosa ciudad mágica de Santiago de Compostela como a la lengua de Galicia en sí, cual chispeantes paisajes y verba distintiva, inigualablemente jocundas porque siempre "están de coña", pese a una falsa impresión de aspereza. Y la gastronomía absorbente se hace un profundo y gozoso eco de quienes generalizan abusivamente que los españoles son criaturas elementales que no comen para vivir, sino viven para comer, obsedidos, fascinados y abatidos por los abundantes platillos que ellos mismos, con malsano esmero y entusiasmo cuidadoso, gozan en preparar y de los que nunca pararán de hablar, aunque la arrepentida convidada en ausencia siga tocando a la puerta del depto vacío en busca de alguna comida deleznada.