Opinión

Alianza para la educación superior entre las universidades latinoamericanas y las europeas

Los días 11 y 12 de junio, en el marco del Parlamento Europeo, habrán de reunirse los Jefes de Estado y de Gobierno de América Latina y el Caribe con sus pares Europeos. Uno de los temas a conversar será la posibilidad de establecer un Espacio Común de Educación Superior para América Latina y la Unión Europea. ¿Es esto posible? ¿Qué obstáculos habrá que vencer para lograrlo?

Las realidades académiccas del mundo europeo vis a vis el mundo latinoamericano son extremadamente diferentes. En primer lugar, las universidades europeas, en su mayoría públicas, tienen niveles académicos similares, y si no lo tenían cuando inició el proceso de Bolonia hace 25 años, las diferencias existentes se han ido cerrando logrando una suerte de benchmark paramétrico.

Además, las universidades europeas guardan un nivel de relación con sus gobiernos que bien podría ser juzgado como de gran colaboración y armonía o, en un tono diferente, de gran subordinación a los poderes públicos. En Europa, la autonomía universitaria es una pieza teórica que solo vive en los libros. A cambio, los gobiernos, de diferentes niveles, son importantes proveedores de recursos que, entre otras cosas, han financiado la movilidad estudiantil, aunque no solo, que ya hoy alcanza la considerable cifra de 20 millones de personas movilizadas.

Para el caso latinoamericano, incluyendo el Caribe, las realidades son muy contrastantes con las arriba descritas. En los últimos 25 años, el crecimiento exponencial de la educación privada ha introducido un factor de heterogeneidad muy importante que ha afectado, principalmente, la calidad académica. En América Latina y el Caribe existen universidades de gran calidad hasta otras que deberían ser, de inmediato, clausuradas. Y esta realidad es transversal a todo el mundo universitario, público y privado.

En el marco de esta heterogeneidad la posibilidad de establecer un espacio común resulta harto complicado, si no imposible. No hay que olvidar que establecer un espacio común significa, en principio, garantizarle a los usuarios, los estudiantes, niveles homogéneos de calidad en su proceso de formación que les garantice, por ejemplo, su empleabilidad futura. La heterogeneidad impone, entonces, la necesidad de seleccionar a quienes no cumplen con un nivel de calidad y conformar un grupo, lo más amplio posible, que reduzca la heterogeneidad lo más posible.

Otro obstáculo importante es la relación universidades-gobiernos. Las universidades latinoamericanas, particularmente las públicas, son celosas defensoras de la autonomía. En aquellos casos en los que los gobiernos han intentado imponer criterios a las universidades, crisis políticas han emergido que, en muchos casos, ha llevado a cancelar o posponer propuestas de reformas provenientes de los gobiernos. La autonomía como es concebida por muchas universidades es, en los hechos, un obstáculo a vencer para establecer espacios comunes de trabajo.

Este tema de la autonomía afecta también a otros asuntos relacionados con los espacios comunes, por ejemplo, el de la movilidad. Para los estudiantes que hacen movilidad, el costo de oportunidad de no poder acreditar a su regreso los estudios realizados en la universidad donde hizo la estancia es muy alto. Con frecuencia los estudiantes tienen que repetir semestres que, de existir criterios homogéneos de reconocimineto de estudios, no sería necesario.

Otro asunto que priva entre las universidades latinoamericanas y que se convierte en una barrera importante para los propósitos de trabajo conjunto es la enorme dificultad para el reconocimiento de grados y títulos académicos. Resulta prácticamente imposible encontrar un caso en donde una universidad latinoamericana comparte con otra de la región reconocimiento de títulos académicos de manera conjunta. Es mucho más frecuente encontrar casos de universidades latinoamericanas en acuerdo con universidades europeas o norteamericanas para titulaciones conjuntas.

Se intenta entonces poner en sincronía mundos universitarios que tienen niveles de desarrollo disímbolos y experiencias que pudiéramos calificar como de opuestas a lo que impone una empresa como la de formar un espacio común de educación superior.

La próxima reunión en Bruselas enfrenta, entonces, dificultades que no podrán resolver los jefes de estado si no cuentan con el apoyo de sus universidades, o por lo menos de aquellas que tienen mayores posibilidades de coaligarse con sus pares europeos.

Previa a la reunión de jefes de estado, las organizaciones universitarias se reunirán, también en Bruselas, los días 8 y 9 de junio, con el propósito de lograr algunos consensos para ser propuestosa los jefes de estado.

Hay que ser medianamente optimista. Probablemente lo más que se logrará es que un grupo selecto de universidades latinoamericanas institucionalicen su relación con sus pares académicos europeos. Eso, en sí mismo, tendrá un componente de exclusión que no es fácil vencer.

Habría que decir que el espacio latinoamericano-europeo de la educación superior será una realidad acotada en el corto plazo y tendrá que hacer esfuerzos importantes para iterativamente incoporar a actores que hoy, desde la perspectiva latinoamericana, no reúnen las características para ser incluidos.