Opinión

Agregar valor a nuestra energía

El miércoles pasado se informó que se cancelaba el proyecto de construir una nueva refinaría en Hidalgo, lo que significa el desperdicio de tres mil 435 millones de pesos de nuestros impuestos. Varias preguntas saltan a la mente: ¿quiénes son responsables?, ¿quedará impune una vez más este desastre?, ¿borrón y cuenta nueva? Y una pregunta clave: ¿que implica esta decisión para el futuro industrial de México, cuando existen grandes expectativas del impacto de la polémica reforma energética sobre el crecimiento industrial, la generación de empleos y la promoción de un desarrollo sustentable e incluyente?

Durante cinco décadas nuestro país construyó una gran red industrial pública y privada de valor agregado nacional a partir del petróleo. Desde la primera refinería y la primera planta petroquímica, México avanzó orgullosamente hasta convertirse en un importante refinador de petróleo y productor petroquímico, satisfaciendo la demanda nacional y generando excedentes para exportar. Como cualquier país petrolero importó los productos que no se justificaba producir localmente. Pero el saldo de balanza comercial fue crecientemente positivo para México hasta fines de los 80.

Recuerdo bien la admiración que nuestra planta refinadora y petroquímica causó en visitas que realicé primewro con la ONU en 1980 a China y luego en una misión financiera encabezada por Jesús Silva Herzog Flores, entonces subsecretario de Hacienda, por China, Japón, Corea del Sur y Singapur en 1981. México había decidido apostarle al petróleo pero también a su papel como detonador de la industria nacional proveedora y de equipos y procesadora de energía, y tuvo la capacidad de construir con alto contenido nacional un aparato manufacturero nacional.

La apuesta no cumplió con las expectativas, entre otras cosas, por errores macroeconómicos -como el excesivo endeudamiento y el mantenimiento de un tipo de cambio sobrevaluado-, por la caída inesperada de los precios del petróleo, el alza en las tasas internacionales de interés y la falta de una política industrial. El resto de la historia trágica la conocemos, con todos sus impactos y ajustes.

Pero las plantas existentes, incluyendo las comisionadas hasta 1980
--muchas de la cuales entraron en operación hasta 1985-86-- constituyeron la base crucial de nuestra fuerza industrial y estímulo para la planta petroquímica secundaria privada y las industrias derivadas que entrarían en operación en los 80, sobre todo en los puertos industriales de Coatzacoalcos y Altamira.

La crisis del 81-82 y sus secuelas frenaron la promoción de nuevas instalaciones durante los primeros cuatro años de la presidencia de Miguel de la Madrid. Sin embargo, durante 86-87 la Semip, la Secofi y Pemex elaboramos un plan petroquímico nacional público-privado (a partir de dos nuevas refinerías), frustrado por la segunda caída de los precios del petróleo y las presiones estabilizadoras.

La decisión de no invertir más en refinerías y en la petroquímica básica prevaleció durante el periodo 1988-2010. Triunfaron los que opinaron que Pemex debía concentrarse en exportar crudo y alejarse de la tentación de invertir en refinación e industrias petroquímicas básicas. Se argumentó que el exceso de oferta de refinados en América del Norte hacía más barato comprar refinerías usadas --aunque la compra de plantas viejas no es por lo general la mejor inversión a largo plazo--. Se optó por la reconfiguración de dos plantas existentes.

La desindustrialización energética de México fue in crescendo, al grado de que hoy –a pesar de los aun altos precios del petróleo– importamos ya la mitad de los refinados que consumimos y tenemos una balanza petroquímica deficitaria. Mientras tanto, países como Corea del Sur, Singapur, India y China han fortalecido su planta de refinados y petroquímicos y desarrollado tecnologías propias a partir de petróleo importado.

La decisión de construir una refinería en Hidalgo hace cinco años fue polémica y nació muerta. Nunca hubo voluntad de ir adelante. Lo increíble es que después de 300 millones de dólares de inversión lenta, a contra corriente, que benefició a proveedores, ahora se cancele el proyecto sin mayor explicación respecto al destino de esos activos.

Las preguntas hoy siguen siendo las mismas: ¿cómo traduciremos las reformas energéticas en beneficios palpables para la nación, en términos de maximización de renta petrolera, inversiones productivas, generación de empleos y bienestar nacional?, ¿recuperaremos la capacidad de gestión para la construcción de grandes complejos petroquímicos y desarrollar proveedores locales pequeños, medianos y grandes con niveles competitivos de contenido, productividad e innovación nacional?, ¿o descansaremos en las empresas extranjeras y las importaciones?

Dos luces en el horizonte son la decisión de la Secretaría de Economía de lanzar un programa para el desarrollo de Pymes proveedoras y la iniciativa de la Sener para celebrar mañana miércoles una reunión dirigida a aprovechar la exitosa experiencia noruega en materia de desarrollo de clusters regionales industria-energía. Ojala y las empresas mexicanas y la banca de desarrollo capitalicen estas oportunidades. Sería el inicio de lo mucho que hay por hacer.