Opinión

Agenda pública

  
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Medios impresos (Bloomberg)

¿Quién fija la agenda que discutimos? No me refiero a México, sino al mundo entero. ¿Hay alguien que defina los temas? Creo que no debe haber duda de que algunos medios de comunicación tienen una gran fuerza. Por ejemplo, una opinión publicada en The Economist, Wall Street Journal, Financial Times o New York Times tiene un peso mucho mayor que si aparece en cualquier otro impreso. Una noticia transmitida a través de la BBC o CNN tiene más impacto que en muchos otros medios. Pero esa mayor influencia no es abrumadora, como sí lo era todavía hace un par de décadas. En el transcurso de esos años, han crecido (y desaparecido) opciones diferentes, que pueden ser conocidas en todo el mundo gracias a las tecnologías de información y comunicaciones. Su éxito global depende esencialmente del uso del inglés, que es hasta el momento la lingua franca de las redes (y no parece que eso vaya a cambiar).

Pero es más importante otro fenómeno. Personas con intereses poco comunes en su entorno han podido encontrar otras que los comparten en lugares lejanos, y han logrado constituir grupos, que elevan demandas que antes eran marginales, en el mejor de los casos. Y, sin calificar en absoluto la legitimidad de las mismas, se han transformado en lo que todos discutimos: matrimonio igualitario, legalización de las drogas, derechos de los animales (incluyendo prohibición de la fiesta taurina), opciones alimentarias extremas, propuestas de movilidad y muchos temas más. Algunos de ellos pueden subsumirse en los temas finales del viejo ciclo, colonizados en parte por remanentes de la izquierda derrotada: derechos humanos, cambio climático, pueblos originarios, pero otros ni siquiera pueden conectarse claramente a esa ola, son netamente intereses que surgen de la población que puede hacerse oír a través de las redes.

Puesto que durante el siglo XX nos dedicamos a destruir la legitimidad de la razón (como antes lo habíamos hecho con la idea de dios), ante esta andanada de temas e intereses no tenemos cómo ordenar su importancia relativa, o incluso si merecen o no considerarse, de forma que la agenda pública se satura sin ninguna priorización posible, y el sistema político no tiene cómo procesarla.

Cada grupo considera su asunto como el de mayor importancia, y se desespera de no recibir respuesta. El enojo contra los políticos crece, y sus defectos (ya muy conocidos) se exacerban. Quien venga de fuera del sistema lleva ventaja, y con un poco de habilidad puede prometer solución a cada grupo por separado. Algunos demagogos, más capaces y con menos escrúpulos, pueden hacerlo de manera casi simultánea y sumar votos. En caso de ganar, serán igual de incapaces (o peores) que los políticos profesionales. El problema no es de personas, sino de un sistema hecho para trabajar en dos polos, izquierda y derecha, que tiene que enfrentar una realidad muy diferente: multipolar, contradictoria e impaciente.

Nunca habíamos enfrentado algo así los seres humanos. Por miles de años construimos sistemas concentrados en una única opción aglutinante: Dios. Luego, por medio millar, intentamos sustituirla por otra parecida, el pueblo como asamblea de ciudadanos guiados por la razón. El último siglo optamos por la bipolaridad. Ahora estamos siendo forzados a la pluralidad. Como ocurrió en los dos últimos ciclos, será la tecnología la que nos ayude a encontrar la salida. Eso hizo la letra impresa en la construcción del mundo moderno, y eso hicieron los medios masivos en el siglo XX.

Las mismas tecnologías nos permitirán transformar este aparente caos. No sé aún si antes de ello, como ocurrió en los dos ciclos mencionados, intentaremos destruirnos para evitar avanzar.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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