Opinión

Adulación y crítica excesivas, dos caras
de la misma moneda

 
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Enrique Peña Nieto

Winston Churchill decía que “la crítica no agrada pero es necesaria, pues funciona como el dolor en el cuerpo humano, alertando sobre males que resultan fatales si se les ignora”. Pero, en mi opinión, para que cumpla esa función es importante que ésta sea tanto objetiva como constructiva.

No me cabe duda de que uno de los grandes problemas en México proviene del hecho de que a esta administración se le ataca por todo.

Cuando se critica en forma indiscriminada, el criticado simplemente se bloquea. Si Enrique Peña Nieto caminara sobre el agua, habría violentos ataques en redes sociales, y en algunos diarios, criticándolo por no saber nadar. La naturaleza instantánea de esos medios lleva a que haya montones de ataques gratuitos y acusaciones totalmente carentes de fundamento. A veces, un cierto morbo lleva al público a ignorar la diferencia entre crítica constructiva e insulto demoledor. Hay demasiados de estos últimos que en nada contribuyen al diálogo, pues obstruyen el medio y provocan ira, a veces justificada.

Pedirle al gobierno que “regrese” a los 43 desaparecidos de Ayotzinapa es tan absurdo como lo es culpar al presidente por su desaparición. Pero Enrique Peña Nieto no es la primera víctima de ataques excesivos. En la administración pasada, Felipe Calderón resultó ser un “asesino”, de acuerdo a buena parte de la opinión pública. Pero, nunca he entendido cuál hubiera sido la alternativa. Pudo haberse organizado mucho mejor la estrategia para combatir al crimen organizado, pero no veo mucha opción a enfrentarlos, más que entregarles el país en bandeja de plata. Hay demasiada crítica excesiva e irresponsable que le quita el reflector a la que es seria y constructiva, que merecería atención y respeto.

La semana pasada tuve oportunidad de preguntarle a Claudia Ruiz Massieu, secretaria de Relaciones Exteriores, por el nombramiento de Fidel Herrera como cónsul en Barcelona. Corrigió mi error por pensar que el consulado de esa ciudad perdió su estatus de “general” para este nombramiento, y me especificó que todos los consulados europeos lo perdieron hace cuatro años, en otra administración, por fines presupuestales. Es muy válida su aclaración. Sin embargo, la justificación del infortunado nombramiento sigue sin serlo.

Me sorprende que en los eventos en los que funcionarios públicos de México hacen presentaciones a ejecutivos o funcionarios neoyorquinos, en todo tipo de foro, el público los trata con pinzas. Se desviven en elogios hacia ellos y más que preguntas tienden a ponerles un flan sobre la mesa para que se luzcan con la respuesta. El resultado es que el funcionario en cuestión va de regreso a casa feliz y conmovido por la incondicional admiración y cariño recibidos. Pero, cuando uno hace una pregunta menos “amigable”, muchos de los “admiradores” se acercan en cortito y expresan felicitaciones porque uno hizo la pregunta que ellos quisieran haber hecho.

Entiendo por qué evitan la pregunta incómoda. En muchos casos, corren el riesgo de que parezca que hablan por organizaciones o empresas a las que representan. En otros, simplemente rehúyen al conflicto y eso es respetable, siempre y cuando no sucumban ante la tentación de la adulación gratuita.

Estoy seguro de que lo mismo pasa en México. Siempre hay alguna razón para esa “amabilidad”, o descarada lisonja, hacia el poderoso.

Éstas van desde el miedo hasta la esperanza de obtener la venia del loado. Siempre es más fácil halagar. Como decía Norman Peale: “la mayoría de nosotros preferimos ser arruinados por el elogio que salvados por la crítica”.

Sin embargo, es significativo el daño que proviene del elogio inmerecido. Estoy seguro de que una buena parte de la justificación de arbitrariedades potenciales, como la de la llamada 'ley cibermordaza', impulsada por el priista Omar Fayad, presidente de la Comisión de Seguridad Pública del Senado, proviene de la indignación e incómoda sorpresa que provoca la crítica en quienes están acostumbrados a ser permanentemente adulados.

Cuando la alabanza no cuenta con el sano contrapeso de la crítica inteligente, se vuelve atractivo reprimir o amordazar; es tentador ser un bully, pues el crítico se vuelve una incómoda alusión a la consciencia, ese crítico interno que ni el más cínico logra acallar para dormir en paz.

Es extremadamente peligroso reprimir al crítico responsable, pues se le cede ese espacio al crítico demoledor que nada tiene qué perder.

Hace tanto daño a la sociedad quien critica por todo, como quien adula con ligereza. Sirva esta columna como homenaje a críticos honestos y responsables como Juan Pardinas o Jesús Silva Herzog Márquez, y a otros capaces de crítica inteligente y constructiva. Particularmente porque asumen riesgo al criticar, porque lo hacen sin buscar su propio beneficio, porque sinceramente quieren dejarle un país mejor a sus hijos.

Critiquemos, critiquemos con inteligencia y sin insulto. Pero, sobre todo, guardemos el elogio para quien lo merezca.

Twitter: @jorgesuarezv

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