Opinión

Adiós, Raquel Tibol;
el problema de la crítica de arte, hoy

   
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Raquel Tibol dejó en claro que no quería servicios funerarios. Este lunes sus restos serán cremados. (Cuartoscuro)

Nos ha dejado una de las críticas de arte más importantes de nuestro país, Raquel Tibol, a los 91 años. Ella fue testigo del empoderamiento del muralismo mexicano, su ocaso, el surgimiento de la Ruptura, en breve, de todos los movimientos artísticos de México de la segunda mitad del siglo XX.

Argentina de nacimiento, Tibol llegó a México en 1953 con el sueño de ser escritora. Comenzó como asistente de Diego Rivera y fue así como entró en contacto con la cultura e intelectualidad del país. Logró ser la autoridad más importante en crítica de arte, su legendaria columna en la revista Proceso tenía el poder de desacreditar la carrera de un artista. Ese dominio ha sido cuestionado por ciertos grupos, pero lo importante a resaltar es el compromiso que Tibol construyó con la crítica de arte, sin amiguismos, clientelismos o favoritismos que no le permitiesen escribir con independencia y libertad; sí, muy dura en su pluma, pero con esa dureza que a veces empleamos con lo que amamos. Es innegable el compromiso de Tibol con la producción artística de México.

“La crítica de arte que se hace hoy día debería de ser más aguda, menos mafiosa. Muchos de los críticos escriben de sus amigos o de las corrientes que privilegian. Un verdadero crítico, hoy por hoy, en un panorama tan plural como el que estamos viviendo, debe girar 180 grados su mirada y abarcarlo todo, cosa que no está ocurriendo”. Estas palabras fueron parte del discurso de Raquel Tibol al aceptar el honor de la Medalla Bellas Artes en 2008, y la situación de la crítica contemporánea no ha cambiado.

La crítica del arte ha tenido un giro extraño en las últimas décadas, se ha dejado atrás esa época dorada que encarnaba Tibol, cuando el crítico estaba en la cima de la pirámide del mundo artístico nacional e internacional. Ahora la crítica de arte como actividad se ha transformado en una suerte de underdog a la sombra del vertiginoso mercado del arte y sus exorbitantes cifras. Esto ha generado, por un lado, la proliferación de pseudo-críticos que tratan de emular esa dureza de palabras, confundiendo un espíritu crítico con la descalificación a destajo, en la que el lector peligrosamente puede crearse prejuicios, y no lo invita a pensar y experimentar –la obra, la expo, el artista, etc…– por sí mismo. Y por el otro lado, la nueva escritura auspiciada por el poder económico de la o las galerías más opulentas, que bajo el nombre de “crítica de arte” sólo se vuelven un instrumento más de validación y encomio de sus artistas para sobrevaluar y mantener los precios de mercado.

Quizás es ingenuo de mi parte seguir creyendo en la tesis de Oscar Wilde en El crítico como artista, escrito en 1891. La crítica no es sumar juicios a favor o en contra, sino crear, generar un pensamiento contingente e independiente de la obra de arte, pero gestado a partir de ella.

Lo importante de la crítica es el pensamiento que el arte puede producir, no la opinión personal y lapidaria del crítico. La crítica de arte puede provocar debates, diálogos, tiene la función de nutrir una escena con pensamientos e ideas nuevas, para que otras acciones sucedan; genera movimiento. Y creer que es un recurso para mantener un status quo ya sea individual o económico, va justamente en contra de un espíritu crítico.

Te extrañaremos, Raquel.


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