Opinión

Adicción deficitaria
y chacoteo presupuestal

Peña Nieto descubrió la dulzura del déficit, ese enorme placer de gastar sin ingresar. Pocas cosas como construir obras o entregar subsidios sin el arduo problema de encontrar el dinero necesario. El presidente simplemente usa el poder de su firma con una tarjeta platino cuyo límite de crédito determina él mismo, y que ha ido incrementando con gusto.

Es políticamente maravilloso: la popularidad la recibe uno y la cuenta por pagar otro, a ser electo en 2018. No es un camino nuevo; se puede preguntar al profesor Moreira de Coahuila y a su hermano.

Como todo adicto, el gobierno promete que se enmendará. Rompe el compromiso y, además, se autoengaña y trata de engañar. Al cabo, aduce, puede dejar el déficit cuando quiera, sólo que no es el momento adecuado, además de que el boquete presupuestal no es tan grande.

Peña tomó posesión anunciando decisiones. La décima segunda era un “cero” déficit presupuestal. La siguiente anunciaba austeridad y disciplina presupuestal. La fuerte desaceleración de 2013 lo hizo olvidarse de ambas, y arrancó la adicción, que prometió de corta duración. El Programa Nacional de Financiamiento del Desarrollo, anunciado apenas hace nueve meses, prometía un déficit claramente decreciente a partir de 2015. Llegó el momento de presentar el presupuesto para ese año, y se volvió a romper el compromiso.

Peor, el autoengaño gubernamental se amplía. Desde hace algunos años se hacen dos mediciones del déficit, una incluyendo todo gasto e ingreso, otra excluyendo la masiva inversión de Pemex. La reforma peñista a la Ley Federal de Presupuesto y Responsabilidad Hacendaria era la oportunidad de borrar ese chacoteo presupuestal. Pero al contrario, lo amplió. Ahora se excluye la inversión de Pemex, de CFE y, faltaba más, “proyectos de inversión con alto impacto social o con fuentes de ingresos propios”. ¿Qué es “alto impacto social”? Básicamente, cualquier cosa aderezada con el bonito adjetivo de “social”. El adicto se autoengaña: define lo que es droga y no es, y consume en cantidades crecientes lo que clasificó como inofensivo.

Y viene el intento de engaño. ¿Cuál será el déficit fiscal programado para 2015? Sin contar a Pemex, CFE y aquello socialmente impactante, 1.0 por ciento del PIB. El gobierno puede entonces presumir, y lo hace, que este se reducirá con respecto al 1.5 por ciento que se espera este año. El detalle es que esa inversión que no se cuenta sube de 2.1 a 2.5 puntos del PIB. Listo, lo que se bajó por un lado se subió por el otro.

Nada como tener definiciones elásticas de déficit. A este paso, Peña bien podrá presumir de que su gobierno alcanzará el “cero” déficit o incluso (ya entrados en inversiones impactantes) hasta un superávit presupuestal. Mientras tanto, ese acumulado de la adicción, la deuda pública, sigue subiendo. Todavía es relativamente baja. También lo era en 1972, 1979 o 1993. Esa película ya la vimos, y el final distó de ser feliz. El primer paso del adicto es reconocerse como tal. La herencia de la pasión por el déficit puede ser extremadamente grave.

Twitter: @econokafka