Opinión

Actos imperdonables

Rodaron las cabezas. Gil abandonó el mullido sillón y caminó sobre la duela de cedro blanco con su periódico Reforma entre las manos: “la dirigencia estatal del PRI en San Luis Potosí reprobó la doble moral del diputado panista Alejandro Zapata Perogordo, quien aparece en el video de la fiesta con escorts en Puerto Vallarta: ‘es un acto imperdonable, un episodio degradante de excesos, lujuria y doble moral’". Caracho, la tía Eduviges de Gamés habría sido mucho más liberal que estos priistas potosinos.

Resulta entonces que irse de parranda es imperdonable y que la lujuria es sinónimo de degradación. Miren ustedes, señores, lo único imperdonable es que los diputados panistas hayan permitido en su enorme borrachera que los grabaran dándole a la matraca y que un acto de la vida privada, o secreta, se convirtiera en una acto de la vida pública. ¿Un episodio degradante de excesos y lujuria?

No manchen

¿Nos hemos vuelto locos? Con esta idea de párroco de pueblo es muy fácil iniciar una purga y repartir castigos. Gil se disfraza de Savater y pregunta: ¿cuál es la falta, la gran falta que han cometido estos diputados? Hasta donde Gil puede colegir, ninguna. Simple y llanamente han exhibido, ilegalmente, la intimidad de un grupo de políticos, y al ser públicos, el asunto se ha convertido en pasto del escándalo. Pero en honor a la verdad (originales palabras que casi nadie ha tallado contra la piedra del lugar común), las personas pueden elegir la intimidad que les de su gana y las prácticas sexuales que su vida así decida. ¿Sí o no? La intimidad es la sede de la libertad.

Con la novedad de que el de los bigotes, un señor que acompañaba a los panistas borrachos, era un criminal, un narco que les llevó a las muchachas. ¿Lo saben, o lo suponen? De pronto, todo pertenece al mundo oscuro del delito. Puede ser, nomás faltaba; pero sin pruebas, todo es una sombra, una noche. Gil entiende, los actos privados que se vuelven públicos ocasionan despeñaderos. Clinton estuvo en el borde, imaginen. Agora mal, oigan esto sin afanes pontificios: la señora Mamá Rosa tiene defensores aquí y allá siendo una probada maltratadora de niños; en cambio, unos diputados panistas arman la chesta y los crucificamos en la televisión, el radio y los periódicos. Cuidado, podríamos volvernos el Santo Oficio. Defendemos a una señora loca que pone a unos niños a chapotear en mierda y condenamos a unos señores que se van de putas sin ocasionar un daño real a nadie, como no sea sus reputaciones, caracho. ¿Así va la cosa? ¿Seguro?

Se sube la leche

Hermana Engracia, hermana Engracia, que se sube la leche (y no empiecen). Oigan el tono doctoral de Gamés: bien, ¿tenemos que felicitar a los panistas por irse de putas? Cómo ustedes quieran, lo que no debe ocurrir es que los pongamos en la prensa como si fueran unos proxenetas (gran palabra). En el espacio público, según Gil, los asuntos deben tener un peso específico. Algunos comentaristas enloquecieron porque en los estadios brasileños los mexicanos le gritaban puto al portero rival. Bien, no se diga más. Pero no han dicho nada, por cierto, o muy poco, sobre Mamá Rosa, y mucho menos sobre unos señores a los cuales se les ha violentado la intimidad. No manchen, no es poca cosa. Gil, con un dedo flamígero, afirma: ¿les gustaría a la lectora y al lector que se les grabara en la más reciente comida familiar del domingo? Piensen. Hay un acto ilegal, y muy pocos se detienen a pensar ante ese acto ilegal.

Guión: Gil camina por un corredor y baila con su hija unos pasos salidos de la música de la Arrolladora Banda Limón. Pasito tun-tun, pasito tun-tun. Luego, en un vuelco, Gamés llora. ¿Por qué llora Gil?, porque le da su regalada gana, carajo. Si fuera el caso, esos minutos se transmiten en las redes. Vemos a Gilga borracho y llorando. Pregunta: ¿Gil es un sicótico?, quizá, pero no por eso la exhibición de su intimidad debería condenarlo, salvo que dañe a terceros, o ¿qué va mal Gilga en su ruta?

Gilga está muy molesto y por esa razón se cierra el ático de las frases célebres.

Gil s’en va.