Opinión

Acapulco, esa Ciudad
Juárez abandonada

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Acapulco seguridad

El hoy candidato priista a la gubernatura de Chihuahua, Enrique Serrano, fue presidente municipal de Ciudad Juárez. Le tocó suceder en el cargo a Héctor Teto Murguía, quien por cierto en las venideras elecciones intentará convertirse en alcalde juarense; de ganar sería su tercera vez.

Serrano es un tipo muy distinto, al menos en trato, al Teto, un hombre de esos que llaman entrón y que más bien debería ser calificado de abrasivo, político que por cierto desestima al polígrafo como mecanismo para evaluar a policías, según me lo dijo en una entrevista hace años.

Frente a esa personalidad desbordada de Murguía, Serrano parecía casi tímido. Pero la seriedad en el trato no excluía intentos por generar una sensación de cercanía con sus gobernados. A la primera provocación, el entonces alcalde repartía su tarjeta con número celular incluido, que él mismo contestaba.

Claro que a Serrano no le tocó vivir lo peor de los tiempos en la alcaldía de Juárez, ya que asumió en 2013, cuando la ciudad fronteriza había dejado atrás la noche de la violencia sin par.

Cuestionado ayer sobre qué fue lo que hizo posible el cambio entre la Juárez hiperviolenta y lo que él llama hoy una de las ciudades más seguras de México, Serrano desestima la versión del supuesto acuerdo entre bandas rivales del narcotráfico.

Elegido diputado local en 2010, Serrano enlista diversas medidas tomadas en el Congreso estatal chihuahuense que según él incidieron en la baja de la delincuencia: asesorados por jueces, cambiaron el Código Penal para dificultar que los criminales fueran liberados a los pocos días de haber sido detenidos; aumentaron penas; limpiaron cárceles –“en uno de ellos no sólo había peleas de gallos, sino un carril para carreras de caballos; y más que visitas conyugales, había auténticos table dances”, contó ayer de visita en la Ciudad de México–, capacitaron policías ministeriales y, sobre todo, pusieron la estrategia en manos de la Mesa de Juárez, ese mecanismo ciudadano impulsado luego de la matanza de jóvenes en Salvárcar. “Había que sentarse ahí y aguantar sin rajarse lo que dijeran los ciudadanos”.

Verdad o propaganda de alguien a punto de iniciar una campaña electoral, lo que es cierto de la relatoría de Serrano es que no fueron ni la presencia del Ejército ni la de la Policía Federal las que por sí solas salvaron a Juárez de su desgracia. Pudieron haber contribuido
–algunos creen que de hecho llegaron a empeorar la situación–, pero soldados y federales no fueron la solución en la frontera. Esa vino de un racimo de medidas que hoy no se ven por ningún lado en el caso Guerrero, medidas que no dan resultados de la noche a la mañana, y que no se pueden articular sin una participación ciudadana que hoy no se aprecia ni en Acapulco ni en Chilpancingo ni en lugar alguno de la entidad guerrerense.

Lo más fuerte del periodo vacacional en Guerrero contó con la vigilancia de cuatro mil 500 elementos federales, que no fueron suficientes, porque no pueden serlo, para evitar decenas de asesinatos ocurridos por igual en Semana Santa en restaurantes tradicionales, centros nocturnos, colonias populares y playas de Acapulco.

El puerto acapulquense hoy es como la Juárez de 2010, una ciudad en el infierno. De esa pesadilla no se saldrá con un jefe de la Policía Federal que dice que él mide su éxito en números de ocupación hotelera y que esos van bien (Reforma 25/03/16). De esa no saldrá hasta que haya algo parecido a una Mesa Acapulco. Cosa que no se ve por ningún lado.

Twitter: @SalCamarena

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