Opinión

A seis años del derrumbe

Hace seis años, un 15 de septiembre como hoy, detonó la peor crisis financiera que ha vivido el mundo desde la Gran Depresión del siglo pasado.

Fueron infructuosos los esfuerzos realizados por Hank Paulson, entonces secretario del Tesoro, y Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal, para evitar la bancarrota de Lehman Brothers, y el 16 de septiembre comenzó el derrumbe.

Como en todas las crisis financieras, la desconfianza se desató. Los préstamos interbancarios se paralizaron y los grandes bancos fueron cayendo en crisis y en algunos casos desaparecieron.

Fue necesaria una acción generalizada de gobiernos y autoridades financieras rescatando instituciones e inyectando liquidez para evitar que el sistema financiero internacional fuera arrasado en su totalidad, lo que hubiera originado quizá la mayor crisis económica de la historia de la humanidad.

Se logró evitar el desastre, pero no la crisis. Y hoy, a seis años de aquellos acontecimientos, el mundo sigue bajo la sombra del derrumbe de Lehman.

Europa, que en conjunto es la mayor zona económica del mundo, se encuentra en recesión. La zona del euro apenas crecerá este año y varias naciones tendrán registros negativos.

Las economías de las naciones industrializadas tendrán –de acuerdo a las previsiones del PIB– un ritmo de crecimiento promedio de 0.9 por ciento al año entre 2007 y 2014, lo que implica siete años de virtual estancamiento.

Quizás la economía norteamericana es la que está hoy en mejor condición. Sin embargo, persisten enormes incertidumbres respecto al efecto que pueda tener en el mundo el proceso de retiro de la liquidez que se ha inyectado en estos años.

Es decir, la economía mundial no ha regresado a un estado estable, sino que se mantiene en una circunstancia de riesgos e incertidumbre.

La recurrencia de las crisis en la historia muestra que es relativamente fácil olvidar las lecciones que dejan. El boom de los mercados accionarios que hemos visto en los últimos meses –de persistir– podría crear nuevamente burbujas que eventualmente reventarían con secuelas que no se pueden prever plenamente.

Es natural que se quiera poner un gran énfasis hoy en el crecimiento luego de tantos años de virtual estancamiento, pero no hay que perder de vista que si nuevamente nos enfrentamos a sacudidas financieras, como va a ocurrir tarde o temprano, será mucho más importante estar con cimientos muy bien establecidos.

En nuestro caso, hay que atemperar la justificada presión de crecer rápido y pronto para asegurar que ese crecimiento ocurra sobre bases muy sólidas y con sistemas de alerta confiables que permitan detectar las señales tempranas de problemas financieros.

En el caso mexicano, la clave es que las reformas en curso se ejecuten correctamente, con pulcritud, transparencia y orden.

Estamos lejos de ser aún el imán de inversiones que a veces se cree. Pero sí tenemos el potencial para que la base productiva del país crezca fuertemente. Esa será la mejor defensa cuando llegue la próxima crisis.

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