Opinión

A propósito de tiranos y dictadores

 
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Maten al león. (http://www.gandhi.com.mx/maten-al-leon-3)

Uno tras otro pasaban los primeros ministros, los jefes de Estado, los presidentes. Acumularon más de cuatro horas frente al micrófono.

Hablaban de un hombre al que colmaron de elogios y adjetivos. Un festín sin límites. Casi sin darme cuenta releí una cita de José Emilio Pacheco: –Ya somos libres. Se acabó la opresión. Desmantelamos este oscuro palacio. En esta tierra no volverá a haber tiranos–. Todo eso se dijo y a continuación se quedó con el manto y la corona, aun manchados de sangre del rey depuesto.

Desdoblé el libro de Luis Ernesto Pi Orozco a quien conocí años atrás.

El título era de lo más apetecible, El dictador latinoamericano en la narrativa, y el autor nos lleva a textos icónicos que estudian, analizan y desentrañan la formación y la arquitectura mental de universo del autócrata en nuestras tierras. Con lupa en mano, Faustino Sarmiento analiza el régimen de terror que impuso Rosas en Argentina y encontramos que la instauración de un régimen tiránico atiende a condiciones históricas precisas. “Hay un momento fatal en la historia en que, cansados de luchar los partidos políticos, necesitan el descanso del que durante años han carecido y este es el momento en que surgen los caudillos: Las dictaduras se presentan entonces como las autoras del orden, de la nacionalidad, de la prosperidad y hasta de una futura democracia. Es de este modo que el pueblo estará en la disposición para aceptar al dictador, quien enajenará el poder en forma absoluta y no lo restituirá jamás por medios pacíficos. Ya dueño del mismo, ¿quién se atreverá a pedirle cuentas; alguien le exigirá modere la represión? Una verdadera dictadura no aceptará ningún tipo de oposición, requerirá la aceptación total. Quien no esté con el caudillo será visto como su opositor y esto significará que atenta contra los supremos designios de un hombre que tiene el sueño de engrandecer a la patria. Tratar de impedirlo es traición y eso se paga con severidad.

El cabecilla repite constantemente que al país le urge el progreso. ¿Y cómo se obtiene? Con estabilidad y esto requiere tiempo. El desarrollo y la distribución de la riqueza sólo pueden venir de la permanencia en el puesto del gobernante e impuesta una y otra vez en supuestas elecciones y reelecciones señalan Valle-Inclán, Enrique Lafourcade y Vargas Llosa.

La presencia del dictador no se mide por años, se atiende por espacios que escapan al entendimiento humano. De ahí que cuando termina una dictadura se dice que ha terminado una época, una era.

Joseph Conrad escribe en su novela Nostromo cómo un periodo corto de tiempo no es suficiente para imponer las condiciones de un ser supremo, ellos requieren de lustros y décadas para asegurar descendencia y la continuidad de propósitos. Se da por sentado que el ejercicio de la mano dura es imprescindible. Al diablo libertades humanas de participación y expresión. La masa no sabe qué hacer con esos atributos.

Alejo Carpentier en El recurso del método presenta una síntesis del arquetipo del dictador latinoamericano; y presenta un listado de las mayores iniquidades que han cometido estos gobernantes siendo parte de la realidad cotidiana de nuestros pueblos.

El perfil del caudillo alcanza sus notas más agudas cuando de retórica y demagogia emplean en sus apariciones públicas y discurre sobre el sostenimiento de su régimen. Miguel Ángel Asturias (El señor presidente); Jorge Ibargüengoitia (Maten al león); Vargas Llosa (La fiesta del chivo); Augusto Roa Bastos (Yo el supremo) narran cómo el servilismo y el miedo son elementos básicos que deben tener quienes rodean al dictador; son ellos sus brazos de extensión para ampliar esos mismos elementos a toda la población. De ahí las cárceles llenas y los ajusticiamientos cuando la ocasión lo propicia. A la orden imperante no escapa nadie: miembros del gobierno, militares, ciudadanos comunes, mujeres y hasta menores de edad.

El dictador se ciñe la corona de laureles cuando finalmente quita a los hombres el atributo sagrado del libre albedrío.

Twitter: @RaulCremoux

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